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Los Términos de la Nueva Hegemonía

  • Foto del escritor: Alejandro Deustua
    Alejandro Deustua
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

12 de enero de 2026



Luego de la “extracción” del dictador Maduro, de la confusión creada sobre el “control” el gobierno venezolano y de la cruda reiteración norteamericana de hacerse con Groenlandia, altas autoridades estadounidenses han pretendido clarificar los escandalosos términos del ejercicio de su poder hegemónico.


Desprovisto de toda prudencia, el Sr. Stephen Miller, Subdirector del Gabinete de Políticas del presidente Trump, divulgó su particular percepción de los parámetros condicionantes de la intervención en Venezuela. Para deleite de los aficionados a las políticas de poder sostuvo en entrevista con CNN que si al respecto es posible divagar sobre “preciosismos internacionalistas”, la realidad es que el mundo se gobierna hoy bajo las “leyes de hierro” de “la fuerza y el poder”. En consecuencia, Estados Unidos recurre a su capacidad militar para asegurar, “sin excusas”, sus intereses en el Hemisferio en el marco de la Doctrina Monroe y “se comporta (al respecto) como la superpotencia” que es sin distinguir entre la realidad continental y la global.


Si los “preciosismos” desdeñados por el Sr. Miller son el derecho internacional y, específicamente, los principios de igualdad soberana e integridad territorial, la solución pacífica de las controversias o el propósito de abstención de la amenaza o del uso de la fuerza entre otros, el Sr. Miller olvidó que estas guías de los órdenes internacionales de 1919 y 1945 fueron establecidas con el concurso sustancial de su país. También olvidó destacar que el abandono de esas guías abonó la desmesura imperial previa a la Primera Guerra y el expansionismo en Europa y Asia que causó la segunda. Los límites del uso de la fuerza aludida por Miller serían apenas los de las esferas de influencia que prescinden de las reglas básicas del balance de poder y de las organizaciones internacionales (65 de las cuales dejarán de contar con la membresía norteamericana por “costosas, ineficiente y dañinas” según el Departamento de Estado.)


Entre esas organizaciones podrían encontrarse algunas alianzas y comprometer a la principal (la OTAN), en la que Estados Unidos influye amagando con su alejamiento. El riesgo de que esta calamidad se materialice podría depender hoy de la presión que ejerce el gobierno norteamericano sobre el aliado danés para que éste y la entidad autónoma de Groenlandia depongan su resistencia a la adquisición de ese territorio “de una manera u otra”. Según el Secretario de Estado Rubio, la adquisición se realizaría mediante una operación de compra (rechazada de antemano) mientras el Sr. Miller guarda silencio sobre una opción militar.


Las principales potencias de la OTAN y la UE han suscrito, al respecto, un documento recordando que Dinamarca (“incluyendo Groenlandia”) no sólo es parte de esa alianza fundamental sino que el país nórdico es indispensable para la seguridad en el Ártico y para el mecanismo defensivo que constituye el tratado danés-norteamericano de 1951. Ese tratado permite la mejora de las condiciones de defensa de la isla que la superpotencia puede incrementar. Sin embargo, el Sr. Miller insiste en que la “posición formal de su gobierno” consiste en que Groenlandia “debe ser parte de Estados Unidos”. Al respecto, la Casa Blanca ha anunciado que se trata de una “prioridad de seguridad nacional” (BBC), expresión que el presidente Trump emplea para todo uso.


Al respecto, la Primera Ministra de Dinamarca ha considerado que una agresión norteamericana implicaría el término de la OTAN mientras los demás aliados consideran la obligación de defender al aliado agredido. Sin embargo, al Sr. Miller parece no preocuparle que el baluarte de la defensa de Occidente sea puesto en cuestión al transformar en aspiración territorial una mejor defensa del Ártico a la que los aliados contribuyen.


A tal irresponsabilidad estratégica, el presidente Trump agregó en estos días un despropósito decisorio. A pesar de las limitaciones que impone la Constitución norteamericana al uso externo de la fuerza y del complejo mecanismo de equilibrio interno de poderes, el presidente Trump ha expresado en el New York Times que no reconoce más límites a su poder que el de la “moralidad de su propia conciencia” sin aludir siquiera a la supervivencia nacional. En ese escenario decisorio el derecho internacional renueva su inutilidad salvo como recurso para justificar la arbitrariedad.


Así, a la anarquía del escenario internacional, el presidente agrega la ilusión del soberano absoluto. Ésta, que encontrará sus límites, abarca ya al orden interno de la superpotencia expresada hoy en los excesos de ICE y del Departamento de Justicia que investiga al presidente de la FED, Jerome Powell, alarmando a los mercados y al conjunto de bancos centrales que entienden que el baluarte de su independencia es cuestionado.


Sin dejar de cooperar con Estados Unidos y afirmando su arraigo occidental el Perú debe evaluar bien este escenario antes de comprometerse adicionalmente con los nuevos términos hegemónicos, quizás temporales, del presidente Trump.

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