• Alejandro Deustua

La Gira del Presidente Electo: Primera Fase

La gira conosureña del presidente electo Ollanta Humala ha logrado para el futuro Jefe de Estado una dosis de legitimidad externa que los términos de los comicios presidenciales no aseguraban.


A ese éxito político se ha agregado la confirmación de una prioridad estratégica (la relación con el Brasil), de una ideológica (la aproximación a Lula) y el esclarecimiento inicial del clima de incertidumbre con Chile.


Además, el buen recibimiento del señor Humala en Argentina, Uruguay y Paraguay ha mostrado la buena disposición de los países del MERCOSUR a fijar una amarra de la política exterior peruana a pesar de que el plan de gobierno original del presidente electo no considera como un pilar esa parte del continente. Esta innovación se ha derivado de la amplia discrecionalidad que otorga al futuro gobernante el notorio vacío del capítulo externo en la “hoja de ruta” con la que fue electo. Ello no debe confundirse con arbitrariedad ni justificarse en la inexperiencia.


Pero ésta ya se hizo presente. A pesar de que el señor Humala pareciera haber conseguido un “inicio fresco” en la relación con esa parte sur continente, éste ha rozado la imprudencia. El primer caso se evidencia en la discusión, en el extranjero, de un tema sensible y reservado como es la gestión del proceso de solución de la controversia marítima con Chile. La racionalidad de esa conducta no queda clara cuando la información que al respecto ya posee el señor Humala será completada apenas desee darse un tiempo para recibirla.


El segundo caso es el de la sustitución de un instrumento de trato razonable de esa materia (las “cuerdas separadas” que impiden el transvase de un problema jurídico de interés fundamental al resto de la agenda bilateral) por una disposición vaga: el tratamiento “integral” de la relación con Chile en el que la especificidad de la materia se perdería complicando potencialmente el contexto en que se emitirá la sentencia. Frente a ello, ni foros ni escenarios preventivos y estabilizadores (desde el 2+2 hasta el proyecto del Arco del Pacífico) han merecido el menor interés. A pesar de ello, los activos superan a los pasivos en este primer contacto con los Estados que mejor representan la modernidad en la región. La alerta para no incrementar estos pasivos en la gira que se inicia por los Estados signados por el “socialismo del siglo XXI” es, por tanto, esencial. Lamentablemente, los primeros pasos del presidente electo en Bolivia han seguido el camino étnico, del anacronismo histórico y de la incondicionalidad. Olvidando que el Perú es un país esencialmente mestizo, que la Confederación se definió en el conflicto y que el Perú tiene intereses de jure en Arica, el señor Humala ha elogiado el multiculturalismo político, las proezas de 1836 y el apoyo “total” a la demanda marítima boliviana. El irredentismo no es la causa con la que el presidente electo del Perú debiera iniciar su gira andina ni la integración moderna debe ser confundida con transnacionalismo bolivariano.


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