• Alejandro Deustua

Cumbres Nubladas

4 de julio de 2022


Con el riesgo de una recesión global cada vez más presente y una guerra en los confines del Este de Europa de gran impacto y sin término a la vista, los jefes de Estado y de gobierno que concurrieron a dos recientes reuniones cumbre occidentales prefirieron focalizarse en posicionamientos de largo plazo sin adoptar, salvo en algún caso, medidas económicas y de seguridad que la coyuntura requiere con extrema urgencia. Si esos líderes consideran que tales son las prioridades y los plazos de realización de objetivos es porque el horizonte global está lejos de aclararse.


En efecto de las reuniones cimeras del G7 realizada en Elmau (Alemania) y de la OTAN ocurrida en Madrid a finde de junio surgieron documentos normativos antes que ejecutivos en el marco de la grave inestabilidad económica y de seguridad que afecta al sistema internacional.


Esta posición parece más sensata en el caso de la OTAN en tanto que la alianza atlántica debía presentar una perspectiva estratégica frente al gran desafío que presenta la agresión rusa a Ucrania y el simultáneo reto sistémico que emerge de China implicando intereses divergentes en múltiples escenarios expresados también en el creciente vínculo sino-ruso.


Adicionalmente, la alianza experimentaba el inicio de su novena expansión que incorporará a Suecia, Finlandia y Georgia al seno de la organización para sumar 30 aliados cuando los originales eran apenas 12. Por lo demás, si la frontera física entre la alianza y Rusia se ampliará con la incorporación de Finlandia y Georgia y si los dos países nórdicos han abandonado su política de neutralidad para incorporarse al mecanismo de defensa colectiva de la OTAN (art. 5) desafiando la pretensión rusa de revertir el proceso expansivo transatlántico luego del desmembramiento de la ex-URSS, el requerimiento de una nueva estrategia en un contexto hostil bien valía una cumbre.


En efecto, tal revolución geopolítica, implicando una mayor cohesión militar de Occidente en el marco de una guerra en su periferia inmediata de impacto global, reclamaba una nueva perspectiva de defensa. Más aún, cuando la OTAN considera que Rusia ha pasado a constituir la principal amenaza para sus miembros mientras el apoyo a Ucrania deviene en un compromiso sin plazo en un escenario que puede escalar.


Pero la perspectiva de la nueva estrategia no se limita a reconocer, mediante un compromiso de seguridad colectiva ampliada que implica que el ataque armado a uno es un ataque a todos (art. 5 de la Carta), el cambio el balance de poder entre grandes potencias (que, por ahora, se traducirá en un fortalecimiento efectivo del flaco oriental de la alianza en el marco de un nuevo orden global).


En efecto, la nueva estrategia implica también una alerta de “360º” a amenazas que pueden originarse en una multitud de centros, muchos de ellos impredecibles, comprendiendo escenarios de ciberataques, ofensivo desarrollo tecnológico y espacial, guerras híbridas, asimétricas y de otro tipo. En ella el terrorismo sigue considerándose una amenaza real mientras que intereses primarios, como la defensa de la soberanía y de la integridad territorial, han adquirido un nuevo protagonismo en Europa (realidad que la Unión Europea apenas reconocía para una imprecisa frontera externa).


Frente a ello la Alianza se propone tareas de disuasión, prevención de crisis y de seguridad cooperativa efectiva entre miembros plenos y asociados. En ese contexto se mantiene la política de “puertas abiertas” y la reafirmación de la promoción global de valores democráticos, libertad individual, derechos humanos, supremacía de la ley y derecho internacional.


Sin embargo, si la formalización de este nuevo compromiso estratégico requería una cumbre ello no debió ser obstáculo para intentar delinear roles en el comportamiento aliado, establecer las perspectivas de la guerra y manifestar una predisposición a ponerle término empleando los mecanismos de comunicación que se mantienen con Rusia.


La cumbre del G7, de otro lado, tenía la urgencia de coordinar políticas para confrontar gravísimas y globales crisis yuxtapuestas de carácter financiero, energético y alimentario en un marco de riesgo recesivo mayor. Sin embargo, el Grupo prefirió atender las mayores competencias que éste ha ido agregando dese que fue fundado en 1975 con el propósito de confrontar, en ese momento y con medidas específicas, una crisis financiera y energética. Esta vez, sin embargo, ha priorizado el enfoque normativo antes que el ejecutivo que la circunstancia demanda.


Sin violentar los dominios adquiridos en el tiempo, el G7 se refirió a problemas de medio ambiente, salud, estabilidad económica, relaciones internacionales (confundidos como de política exterior) y de seguridad en un contexto que reconoce la realidad de la fragmentación global. En él optó por priorizar luego el incremento de los “costos económicos” que Rusia afrontaría a la brevedad (p.e. la eliminación del trato de Nación Más Favorecida al conjunto de sus exportaciones mientras Estados Unidos suspendía la compra de oro ruso).


Si bien el G7 produjo un necesario instrumento sobre seguridad alimentaria, la promoción de una alianza global para fortalecerla con la participación de la ONU parece una intención de fuerte contenido burocrático, los compromiso nominales de US$ 4.5 mil millones para aliviarla contrastan con los US$ 22.2 mil millones que requiere el Programa Mundial de Alimentos y la mayor presión a Rusia para que desbloquee los puertos del mar Negro debieron complementarse con la exigencia de un esfuerzo compartido entre Rusia, Ucrania, la ONU y la OTAN para garantizar la exportación segura de esos alimentos que pueden estar pudriéndose en los silos de esos países.


Por lo demás, no hubo en la Declaración mayor referencia a los terceros afectados por la guerra a pesar de que a la cumbre asistieron representantes de Argentina (cuya situación política y económica no constituye fundamento de representación latinoamericana), India, Indonesia, Senegal, Suráfrica (un integrante de los BRICS, entidad, que ha habiendo realizado un reunión cumbre días antes, no fue mencionada). Y si Argentina asistió cabe preguntar cuál fue el comportamiento de los grandes productores americanos de alimentos y de fertilizantes que, mediante operaciones de mercado, pudieran aliviar la crisis hemisférica en ese sensible dominio.


La crisis económica, por lo demás, fue referida sólo en lo que podríamos denominar “su capítulo ruso”: la guerra de agresión que ha generado las crisis colaterales energética y alimentaria, sin hacer demasiada referencia a las características de la frustrada recuperación post-Covid basada en el exceso de liquidez producido ad hoc. En lugar de ello se expresó la visión de una economía global sustentada en un orden económico fortalecido (cuando sus fundamentos están cambiando), equitativo (cuando las asimetrías estructurales no permiten este tipo de afirmaciones imprecisas), mejor ordenada (cuando los regímenes globales se debilitan -como en el caso de la OMC-) y abierta (sin mencionar que varios de los integrante del G7 están incurriendo en medidas restrictivas entre las cuales las sanciones económicas no consultadas con terceros afectados proliferan).


Con el largo plazo como mira, los requerimientos financieros, cambiarios, fiscales, asistenciales, de corto plazo fueron casi completamente ignorados de no ser por la atención a los problemas de la deuda de los países menos desarrollados (50% de los cuales presentan serios inconvenientes definidos como “stress financiero”).


Y en lugar de atender asuntos vitales de logística (como la quiebra de las cadenas de suministro), el G7 se concentró en anunciar la reforma de la OMC (términos de monitoreo, negociaciones y solución de controversias) sin dar mayores explicaciones, referir un “libro de reglas” de comercio para guiar el cambio económico, el crecimiento inclusivo sensible a los “ciudadanos globales” (como si la globalización no estuviera en cuestión) y referir la “vulnerabilidad sistémica” a riesgos y schocks sin explicar qué puntos específicos de este muy antiguo padecimiento serían atendidos.


Luego se presentó el plato fuerte de la “política exterior” en cuyo capítulo la atención central correspondió a la región indo-pacífica concentrada en la contención del expansionismo chino y el rol central que corresponde a los miembros de la ASEAN. Como colofón se listó unas referencias a Irán (que, con razón, no debe desarrollar el arma nuclear), un nuevo equilibrio en el Medio Oriente, los problemas de Afganistán, Libia y Siria entre otros. La lista culminó con una referencia a la necesidad de recomposición de tratado de no proliferación como base del proceso de desnuclearización (cuando la OTAN confirma que Estados Unidos seguirá siendo el protector euroatlántico mayor y Rusia y China desarrollan cada vez mayores capacidades balísticas y nucleares en un marco de quiebre de la cooperación pre-existente).


Ni en la referencia económica ni en la de seguridad hubo alusión a la América Latina que el representante argentino debió tratar de incorporar y no lo hizo quizás a la espera de una cumbre más amplia como el G20.


Si no nos parece que el formato directivo del G7 esté bien encaminado en circunstancias de crisis mucho menos estamos de acuerdo con la marginación de problemáticas regionales mayores. Estos enfoques deben ser corregidos a la brevedad.


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