• Alejandro Deustua

Brasil es Hoy un Escenario Interno y Externo de Intereses en Conflicto

La gran polarización que vive la sociedad brasileña no es un hecho que describa bien el escenario electoral que enfrenta la mayor potencia suramericana. Menos cuando la convivencia polarizada entre un sector semidesarrollado y uno extremadamente pobre podía, hace décadas, resumirse en la denominación “Belindia” (una referencia a Bélgica e India) según proponía Helio Jaguaribe.


Por lo demás, decir que Brasil atraviesa una crisis compleja y multisectorial tampoco dice nada útil sobre la transformación radicalizada de un electorado que no encuentra alternativas equilibradas para acudir a las urnas el próximo 28 de octubre en un marco en el que quizás, de momento, Brasil haya perdido su condición de potencia emergente (la primera letra de los BRICS podrían hoy desaparecido de esa denominación).


Es que en el zarandeo entre la ultraderecha desmesurada que representa el candidato Bolsonaro y el izquierdismo corrupto del PT que desea la restauración caudillesca de Lula, (consolidando así una tendencia que, bajo las denominaciones fachista o populista, se expande perversamente por Occidente) la población brasileña afronta un período de odios y de intereses en conflicto.


Para amortiguarlo ya no están dispuestos Fernando Henrique Cardoso cuya brillantez no quedó sin mancha mientras su partido, el PSDB, despareció bajo del piso enfangado de Aecio Neves y sus socios. Y tampoco está presente el “balanceador” PMDB cuya influencia solía servir de efectivo contrafuerte de algún partido no muy poderoso pero potencialmente ganador hasta lograr su triunfo.


Más aún, Brasil no parece ser hoy tampoco el “nuevo Occidente” mestizo, limpio y virtuoso elogiado por Celso Lafer: la corrupción que siempre existió en esa mixtura fue extraordinariamente estimulada desde los centros de poder durante los 14 años de gobierno del PT hasta transformar esa característica en el pantano que hoy consume a la mayor potencia suramericana. Y también a la región misma, afectada por las prácticas corporativas de empresas públicas y privadas provenientes del “excepcionalismo brasileño” y que el denominado “caso lava jato” no resume bien.


Peor aún, el desengaño que Lula produjo en la ciudadanía de nuestro vecino amazónico es tan grande que incluye a la opinión pública regional luego de que el aura internacional del gobernante fuera embellecida en Davos y en otros foros globales.


No es para menos: la banda de Lula no sólo engulló a las instituciones estatales que destacados miembros del Poder Judicial y del Ministerio Público brasileños intentan rescatar, sino que contribuyó a la destrucción de una zona de libre comercio hemisférica que había recibido el aval de Fernando Henrique (uno de los autores de la teoría de la dependencia), al enquistamiento regional del chavismo y versiones aún más perversas del peronismo (hoy referencia extraordinaria de podredumbre) y al hundimiento estratégico de Suramérica a manos del ALBA, del UNASUR y del foro de Sao Paulo de cuyos escombros y fragmentación sólo se salvaron algunas potencias del Pacífico hoy también complicadas.


A pesar de ello, sin embargo, por lo menos un tercio de la población brasileña que responde al “lulismo” está dispuesta a recuperar el gobierno (o más bien a restaurar a su caudillo mimetizado ya en un heredero ideológico) frente al desconcierto del resto de su ciudadanía y del Continente.


Es en ese desconcierto, y en el marco de índices extraordinarios de criminalidad, que emerge al mesianismo salvador del ultraderechista Bolsonaro y su abierta opción por la resurrección militarista, el nacionalismo de vieja forja y la intolerancia. Y que de triunfar, cambiará para peor el ya desestabilizado escenario suramericano….salvo que lo que queda de sensatez en el Estado y la sociedad brasileños lo obligue a buscar el centro político y a no arrollar el interés nacional.


Es verdad, de otro lado, que la desestabilización económica regional tan puntualmente deteriorada por la catástrofe venezolana, la reversión de la esperanza argentina, el progresivo deterioro institucional del Perú o el vacío de poder al que se asoma Bolivia no parece tan profundamente agudizado por los problemas brasileños. Al fin y al cabo sólo el MERCOSUR puede reclamar altos índices de interdependencia con el Brasil.


Por lo demás, la depresión económica se ha superado en ese país aunque no de manera concluyente, la inflación ha aumentado levemente, el crecimiento no se estanca aunque su dinámica sea baja (1.4% aprox. a fin de año) y la demanda externa presenta los problemas generales de incertidumbre, volatilidad y riesgo por el conflicto comercial iniciado por Estados Unidos (el déficit comercial brasileño es, en perspectiva, pequeño en el marco de una economía interna grande).


Ello, sin embargo, podría cambiar para mal si el nacionalismo económico también se impone eliminando al equipo liberal que hoy dice tener Bolsonaro. Si ello ocurre Suramérica ingresaría activamente al escenario de conflicto económico que, peligrosamente, va apareciendo en el sistema internacional.


De otro lado, la neutralización del liderazgo político brasileño en el área puede ser sólo un escenario benigno frente a la dimensión confrontacional que el candidato Bolsonaro podría imprimir. Ello cambiaría los roles de estabilizador tradicional del Brasil en el ámbito regional (que Lula ya había subvertido) y de ordenador en el Conos Sur, para dar paso a uno regresivo en un contexto en el que la fuerte fragmentación puede pasar a la anarquía abierta.


Sin embargo, al respecto, sabemos que el equipo de Bolsonaro, al margen del discurso externo apegado al de Estados Unidos (es decir, al del Sr. Trump bajo el lema reconocible de “Brasil primero”) se ha aproximado ya al MERCOSUR con disposición conciliatoria y ánimo “desideologizador” (lo que es un alivio). Si ese camino se asienta, la relación con el resto de la región democrática podría ser, a pesar de las diferencias, complementario…..y bastante más duro con su sección dictatorial y autocrática.


Mientras no lo veamos, la guardia alta debe ser la actitud en los países liberales del área.


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