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Brasil: Contienda Bipolar

Foto del escritor: Alejandro Deustua
Alejandro Deustua
hace 1 día
3 min de lectura

14 de octubre de 2026



Una confrontación ideológica y faccional de altísima intensidad define la contienda presidencial brasileña que se decidirá este 25 de octubre. Al margen de los programas de gobierno, en ella se juegan dos visiones del país y del mundo radicalmente antagónicas. Ello refleja un nivel de polarización que, en contenido y magnitud, ya distingue a Suramérica.


Si los problemas económicos deciden elecciones, éste podría no ser necesariamente el caso del Brasil si el FMI considera que la perfomance del país muestra “destacable resiliencia”. Con una proyección de crecimiento de 2.2% convergente con el promedio regional ( 2.3% ), la inversión extranjera reubicando a la 10ª economía del mundo como la mayor receptora del área (superando a México, UNCTAD) y términos de intercambio positivos (2.9% mejores que en 2025), la perspectiva no es mala.


Sin embargo, el impacto de una inflación de 5.6% (convergiendo hacia la meta de 3% en 2028), de un alto déficit fiscal (8.6%) y de la deuda externa (79% del PBI, Fitch) es negativo. Aquél se suma a la pobreza (aunque cayendo de 31% a 27.5% desde 2023), al aumento de la desigualdad (de 0.504 a 0.511 en el índice Gini 2025) y al descenso del poder adquisitivo y de la capacidad de endeudamiento ciudadano.


Aunque el nivel de rechazo del gobierno de Lula bordea el 40%, esa desaprobación es menor que la de Trump (64%, Reuters) y, en el ámbito suramericano, también es menor que la de los gobiernos de Argentina, Chile, Uruguay o Paraguay (cbsglobaldata.com). Por lo demás, Latinobarómetro registra que la eficiencia del Estado brasileño es mayor que la del promedio latinoamericano aunque la confianza en el gobierno y el Congreso sea menor que en el resto de la región.


Esa relativa tolerancia no se repite en el ámbito de la seguridad ciudadana. Los carteles Primeiro Comando da Capital (PCC, la mayor organización criminal de América) y Comando Vermelho ha sido declarados organizaciones terroristas por Estados Unidos. El PCC, con un estimado de 30 mil integrantes, forma parte de una red global que cubre Europa, Asia, Australia y “en menor medida” África (InSight Crime). Esa amenaza se expresa en una tasa de homicidios de 19.1 por cada 100 mil habitantes en 2026 (X Anuario Brasileño de Seguridad Pública). Sin embargo, esa tasa es menor en 8.2% a la de 2025 (Folha de Sao Paulo) mientras que México y Ecuador superarían a Brasil como países más peligrosos en la región (ACLED en Semana).


Al respecto Bolsonaro se presenta como el candidato de mano dura y del recurso a la Fuerza Armada mientras Lula plantea un programa de corte de flujos que alimentan al crimen y de encarcelamiento de los “bandidos”.


De otro lado, a pesar de vínculo de este acápite con la corrupción arraigada, Lula se ha resistido a organizar su sucesión. Enfrascado en la contienda por su cuarto mandato presidencial y en la octava campaña desde 1989 su identificación con una izquierda no radical se debilita en un proceso en el que el culto de la personalidad no se escamotea. Esto y el origen familiar de la candidatura de Bolsonaro empañan la calidad de dos visiones del mundo en competencia.


Lula se asocia con el rol universal que el Brasil debiera desempeñar en la emergencia multipolar. El fortalecimiento del multilateralismo, la atención prioritaria a los problemas globales, la participación en foros plurinacionales (p.e BRICS), la prevalencia de principios tradicionales de la ONU y su disposición a la integración regional (que, sin embargo, adquirió con él un tinte ideológico ligado al Socialismo del Siglo XXI) conforman la masa crítica de su visión global. En ese marco, la relación con Estados Unidos guarda distancias permeadas por el afán hegemónico de Trump y por la agresión comercial. Pero es también cooperativa en ciertos acápites como el combate del crimen organizado fuera del Escudo de las Américas.


 Bolsonaro, más estrecho de miras, prioriza relaciones especiales con Estados Unidos (y de cercanía extrema con Trump) y también con selectas potencias medias exógenas (Israel). Al respecto, el combate contra el crimen organizado implica asociación personal con ese presidente y con el Escudo de las Américas mientras que el eventual distanciamiento con China se considera limitado por la realidad económica (ese país es el primer socio comercial de Brasil y fuente importante de inversiones). Por lo demás, Bolsonaro no es afín al multilateralismo (prefiere relaciones bilaterales), devalúa la importancia de los problemas globales (los productores agropecuarios son más importantes) y es contrario a organizaciones como BRICS o CELAC.


En este marco, la relación con América Latina tendrá prioridades ideológicas (p.e. Argentina y Chile) hoy facilitadas por la convergencia derechista en el área. Si Bolsonaro gana no habrá recusación regional del gobierno de la mayor potencia suramericana fuertemente ideologizado y militante de la derecha extrema.


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