• Alejandro Deustua

Una Primavera No Estacional

Si describir la “primavera árabe” es una tarea de difícil resolución, definirla es un emprendimiento aún más incierto. Lo que sabemos es que el Norte de África, el Medio Oriente y la Península Arábiga viven circunstancias revolucionarias que marcan un punto de inflexión histórico en el área. Ésta, sin embargo, está aún condicionada más por lo que ha derrumbado o desea derrumbar que por lo va a construir.


En efecto, lo que se ha derrumbado en esos Estados donde los movimientos de masas han tenido éxito es el Estado totalitario o fuertemente autoritario gobernado por viejos representantes del nacionalismo militar árabe o representantes del “autoritarismo abierto”. Ejemplos de lo primero (en extremos opuestos) son Libia y Egipto y de lo segundo, Túnez. Lo que se ha reformado son monarquías como las establecidas en Marruecos y Jordania Y lo que se desea derrumbar son dictaduras civiles como ocurre en Siria y en Yemen donde la guerra civil está fermentando.


De momento, este proceso de cambio estructural ha sido contenido en Arabia Saudita y sus socios del Consejo de Cooperación del Golfo (Bahrein, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar). La vinculación occidental de estos últimos y su enorme riqueza no garantizan pero sí permite visualizar la permanencia de monarquías anacrónicas pero aún sostenibles en el área. Ello dice bastante del tipo de tradición remanente en el mundo árabe.


Entre estos dos grandes grupos de Estados acechados, la “primavera árabe” ha sido más eficaz en el derrumbe gobiernos que pretendieron para sí la institucionalización del nacionalismo revolucionario panárabe. El nasserismo y de sus herederos extremistas como Gadaffi y moderados como Sadat o Mubarak y el nacionalismo seudo socialista de Assad (padre) han sido los que más rápido han colapsado o que mayor presión reciben hoy (el caso de Yemén es distinto).


Mirado desde el punto de vista sistémico, sería demasiado fácil concluir que el apoyo que prestó a esos Estados la Unión Soviética fue tan determinante que su sostenimiento después del desmoronamiento soviético se ha hecho, recién hoy, imposible. Esa conclusión no es sensata porque, luego de una costosa transición esos países logaron organizar economías que, en los últimos años, merecieron la aprobación de los organismos multilaterales y consolidaron apoyos militares que permitió a sus fuerzas armadas mantener su funciones de control social (el caso de la asistencia norteamericana a Egipto es el más notable).


Pero la transición económica y estratégica en esos países no fue aparejada con la transformación social que las circunstancias reclamaban. El fracaso de esos Estados en lograr ese cambio fue su debilidad fundamental y la fuente de su colapso.


En efecto, el cambio demográfico que incrementó dramáticamente la población joven en esos países no fue canalizado por la movilidad social, la creación de empleo, la satisfacción de expectativas crecientemente estimuladas por la globalización o la representación democrática. Cada elección amañada por el partido de gobierno fue allí un factor de frustración agregado que terminó trayéndose abajo al patronazgo autoritario.


Si en ello hubo, además injerencia externa, su condición detonante antes que determinante es asunto a esclarecer. De manera similar queda por evaluar la influencia de la caída del régimen de Hussein en Irak tanto en la resistencia de los dictadores al cambio como en el estímulo de la efervescencia popular en el área. Nosotros creemos que éste es un factor a contar.


De ello no se puede concluir, sin embargo, que un nuevo orden democrático liberal vaya a reemplazar a la fetidez del viejo régimen en el área. La libertad individual, la propiedad privada, la igualdad ante la ley y la adecuada representación pueden no expresarse en los renacientes países árabes en la centralidad social del individuo, en el respeto de los derechos humanos como prioridad, en el Estado de Derecho, en la economía de mercado y en la democracia representativa que califica a las democracias liberales.


Pero lo que sí se puede esperar en ese escenario es un tipo de organización social que incorpore la institucionalidad de un buen número de estas libertades de manera más o menos adecuada con las condiciones del área y, especialmente, con el rol sus tradiciones religiosas hoy sujetas a debate interno.


Si ello ocurre, la ampliación del núcleo liberal en el mundo será una consecuencia efectiva de la “primavera árabe”. Esa eventualidad, que puede sin embargo involucionar, tendrá al frente otros desafíos. Uno no menor, provendrá del grado de transformación que admita las monarquías que representan en el área el viejo orden. Pero los sustantivos vendrán del nuevo equilibrio de poder en el área y de su permeabilidad externa. El rol regional de Turquía y de las grandes potencias externas no es necesariamente convergente en el área.


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