• Alejandro Deustua

Superpotencia en el Pantano

Los escenarios catastróficos suelen ser referenciales en cualquier tipo de planeamiento. Hoy son una realidad con la pandemia segando vidas globalmente y la economía mundial contrayéndose este año -5.2% (las más avanzadas -7% y -2.5% los emergentes y en desarrollo)(BM).


En ese marco una recuperación rápida el próximo año no deja de ser una esperanza que carece de vigas maestras. Una de aquéllas es la demanda potencial norteamericana (cuya economía caerá -6.1% este año) que se sumaría a la eventual ausencia de una segunda ola de covid 19. Pero a ello hay que restar la incapacidad ordenadora externa del país y su disociación interna.


Si bien Estados Unidos ya no es una potencia hegemónica creadora de gobernanza internacional, sí es una potencia predominante. Hoy su pérdida de liderazgo por erosión de credibilidad gubernamental y su desvinculación progresiva de los escenarios multilaterales que contribuyó a crear y de los vínculos bilaterales que le fueron especiales en el marco europeo, añaden oquedad al agujero.


Su situación no es una contingencia que se resolverá con el simple cambio de gobierno en enero próximo porque su sociedad ha perdido dimensión comunitaria mientras sus instituciones se tornan faccionales y sus fuerzas armadas no confían en su Comandante en Jefe.


En un escenario global que tiende a la anarquía, la erosión de los Estados Unidos implica para los miembros del sistema internacional el peligro de desarticulación por disfunción de uno de sus ejes.


Sin duda las potencias rivales verán en ese riesgo la gran oportunidad para progresar estratégicamente lo que, bajo las actuales condiciones de decaimiento general, no implica la finalidad altruista de configurar un sistema multipolar de mejor equilibrio entre las potencias mayores y mejor inserción de las menores.


Tal escenario se manifestaría luego de superar la enorme crisis que ha absorbido al sistema. Mientras tanto, hoy los alineamientos no se generan en función de realistas o justos vencedores sino de cuál de ellos pierde menos mientras dure la vorágine y hasta que la niebla del desorden se disipe.


En consecuencia, aquellos Estados que han mantenido alineamientos en función de intereses definidos también en torno a su vinculación histórica debieran ponderar mejor esta segunda categoría antes de entregarse al mejor postor. Ello implica saber quiénes somos (es decir aún pequeñas potencias) y dónde estamos (en la periferia de Occidente) antes de derivar a otros escenarios.


Para ello, países como el nuestro necesitan señales ciertas y decentes de nuestros interlocutores prioritarios. Éstas debieran producirse después de las elecciones norteamericanas de noviembre y la toma de posesión de un nuevo gobernante.


Mientras tanto, debemos prepararnos como país y región a lidiar por nuestros propios medios en el sistema teniendo en cuenta que, de golpe, un nuevo líder occidental estará interesado en comprometer gran convergencia de intereses sustantivos con nuestros Estados. Desde antes del gobierno de Obama ésa es la tendencia.


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