Segunda Vuelta
- Alejandro Deustua

- hace 3 días
- 3 min de lectura
9 de junio de 2026
Confirmando un patrón que se inició en 2016, la demora en la proclamación del ganador de la segunda vuelta electoral en el Perú es directamente proporcional a su estrechísimo resultado. Si éste es extraordinario por su microscópico margen, su trayectoria es ya ordinaria en tanto ratifica el ciclo de insignificancia estadística con que un candidato logra obtener la presidencia.
Si el rasero del margen de victoria fuera, digamos, de 1% es bueno recordar que ese mínimo se redujo al 0.2% y 0.3% de diferencia en los casos de Kuczynski y Castillo en 2016 y 2021. Por lo demás, el rasero había sido apenas superado en 2011 por el triunfo de Humala por 2.9%. El margen de legitimidad cuantitativa de esos presidentes fue insignificante.
Si no fuera por las consecuencias de inestabilidad, ingobernabilidad y minimización de los beneficios del libre mercado que genera el triunfo por tan escaso margen algunos dirían que estamos frente a un ejemplo democrático en tanto que, aún así, se reconoce al ganador en condiciones de equilibrio bipolar más propio de los sistemas bipartidistas.
Pero ello es sustancialmente falso porque el Perú no tiene un sistema bipartidista ni polarizado en tanto no existen grandes centros de poder político. Y también porque ha emergido una tendencia aún más destructiva que podríamos denominar como el “partido abstencionista” que, con 25% de universo electoral, ha optado más eficazmente por el antisistema.
La noción de polaridad es también falaz por la carencia de partidos bien constituidos, la proliferación de organizaciones oportunistas y la inmensa cantidad de ciudadanos que entienden que, como iluminados, son llamados a ejercer el liderazgo del Estado. Antes que polarización, las líneas de separación de fuerzas son más bien amorfos linderos de fragmentación que separa pantanos políticos en los que el país puede hundirse.
Por lo demás, la mentada polarización no es siquiera ideológica. En efecto, la denominada izquierda, es más bien un gran amontonamiento de facciones, movimientos populares, personajes que reclaman “superioridad moral” y de un fragmento de gentes con necesidades insatisfechas, defraudadas por sus propios representantes, por la subordinación en la jerarquía del poder, por las inconveniencias de un orden infértil y la falta de oportunidades expresadas en pobreza e inmensa informalidad.
En esa selva hobbesiana, puede triunfar cualquiera capaz de generar una oferta de beneficios materiales sin medios adecuados para realizarla, una esperanza de reivindicación revestida de proclamas multifacéticas o una pluralidad identitaria ligada a entidades vecinas. Si este líder o entidad tiene o no solvente formación profesional o es apenas un populista pragmático puede no importar. Especialmente si a esa masa crítica se van sumando tanto legítimas organizaciones sindicales como gremios de cuestionables atributos (tipo MOVADEF), entidades excéntricas y/o violentistas (el “etnocacerismo”) y hasta aglomeraciones forjadas por el dinero de actividades ilegales.
Y en la denominada derecha, donde la ilustración no manda en un escenario carente también de vigentes partidos enraizados, las facciones reinan tanto como las personalidades con algún patrimonio, personajes súbitamente aparecidos o apenas mediáticos. Allí la representación conservadora o de apariencia liberal también naufraga hasta que aparece un líder tradicional ligado al recuerdo de la eficacia. Sin embargo, ésta, confrontada por la especialísima insularidad de las múltiples personalidades, también fracasa en el intento de forjar un frente orgánico.
Sólo confrontada con su eventual derrota, la denominada derecha da alguna muestra de cohesión mientras la racionalidad de sus votantes, forjada por convicción o por interés, supera de largo a la racionalidad de sus candidatos.




Comentarios