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Confianza

  • Foto del escritor: Alejandro Deustua
    Alejandro Deustua
  • 27 jul
  • 3 min de lectura

28 de julio de 2026



La presidenta Keiko Fujimori ha asumido la jefatura del Estado con la promesa de generar estabilidad interna (“orden y reconciliación”) en momentos de intensa fragmentación local y externa.


A pesar de que su triunfo no ha quebrado el ciclo de victorias electorales por escasísimos márgenes (menos de 1% desde 2016, un punto de partida poco firme), los requerimientos ciudadanos son tan elementales (atención eficaz de El Niño, seguridad ciudadana, recomposición institucional, preservación de fundamentos económicos, mejora de servicios públicos) y convergentes con su discurso inaugural que, de lograrse avances notorios en esos campos, podría abrir caminos de estabilidad futura aunque no se cumplieran plenamente los objetivos de gobierno.


Y si, en el sector externo, la proyección eficaz estará restringida por la fragmentación internacional, quizás el logro de objetivos con estados cercanos o con intereses convergentes geopolítica o ideológicamente, podría resultar en una plataforma de mejor proyección externa posterior. Ello dependerá del mejoramiento de nuestra personería como Estado interactuante y de que ésta sea así percibida por terceros más allá de las florituras de la imagen.


En ambos escenarios, sin embargo, restaurar esenciales fundamentos de confianza global y local, cuya erosión progresa, es un requerimiento general. En el ámbito interno (el único manejable por nosotros) esa recuperación será fundamental para mantener legitimidad, concretar logros y crear condiciones de progreso futuro.


Especialmente si los niveles de confianza en el gobierno y las instituciones es inferior a los que caracterizan a la gran mayoría de los países de la OCDE (entidad a la que el Perú postula). En efecto, según el registro de esa organización, el nivel de confianza de los ciudadanos peruanos en su gobierno (20% aprox.) sólo supera a Bulgaria y se ubica en la región por debajo no sólo de Brasil y Chile sino de países que albergan gran conflictividad y violencia internas como Colombia (29%) y México (53%).


Ese registro parece consistente con la percepción local de inseguridad ciudadana (84%) mientras que la confianza en las instituciones (3% el Congreso y 11% el Poder Judicial) no alcanza el rasero de su sobrevivencia. La desconfianza en esas entidades fundamentales contrasta con los niveles de aceptación que alcanzan la Iglesia Católica (45.7%) y las Fuerzas Armadas (25.9%) (INEI). La crisis del Estado y de gobernabilidad puede ser aquí la del contrato social.

Como es evidente, esta crisis influye en nuestra proyección externa. En efecto si, por ejemplo, la incorporación del país a la OCDE es una política de Estado, la superación progresiva de requerimientos sectoriales para lograrlo puede tener un filtro paralizante: el promedio del nivel de confianza en los gobiernos de los países que integran esa entidad es de 40% (el doble que nuestro registro) mientras dos tercios de esa ciudadanía expresan satisfacción con los servicios administrativos.


De otro lado, la fuerte pérdida de confianza ciudadana no es una patología política exclusiva del Perú. En efecto, si el 40% es el promedio del nivel de confianza gubernamental en la OCDE, cómo se explica entonces el descontento ciudadano en Estados Unidos y Europa al margen de los requerimientos normales de alternancia en el poder? El cambio radical de preferencias políticas en Europa (la eventual opción por la extrema derecha en Francia, una mayor aceptación de ésta en Alemania) puede tener implicancias en un cambio de balance de poder en esa parte del mundo. En su base se encuentra la caída del nivel de confianza gubernamental en Francia a 25%, a 35% en Alemania, a 30% plus en el Reino Unido (OCDE).


Aunque ese desbalance podría compensarse parcialmente en esos países con la mayor confianza en sus instituciones (lo que no ocurre en el Perú), ello no es alivio para Occidente ni para el sistema internacional si se tiene en cuenta que, en Estados Unidos, la desaprobación del presidente Trump ha caído de 47% a 34% en su segundo gobierno (PEW, Forbes) y la del Congreso norteamericano ha descendido de 35% (2020) a 25% hoy. Por lo demás la credibilidad de ese presidente en 36 países ha descendido considerablemente (PEW).


La pérdida de confianza interna en las potencias occidentales agrega inestabilidad a la fricción entre ellas. Esta situación debilita nuestros puntos de anclaje si se considera que el anclaje en los países autoritarios del Asia (que, cómo no, registran altos niveles de “confianza” interna) no es conveniente.


Si la connotación sistémica de esta realidad se agrega a la erosión de la confianza en el gobierno y en las instituciones peruanas el cuadro de situación revela mayor complejidad y vulnerabilidad en nuestra proyección externa. Esat situación no se supera mediante el seguimiento de una agenda externa sin fundamento interno suficiente. La recuperación de la confianza nacional en el gobierno adquiere entonces una mayor urgencia a estos efectos. La presidenta hará bien, como promete, en abocarse a ello desde el primer día.


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