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  • Alejandro Deustua

Repercusiones de la Elecciones Alemanas

21 de setiembre de 2005



El empate de hecho en las elecciones parlamentarias alemanas del 18 de setiembre (menos de 1% de diferencia reflejados en 225 curules para la coalición demócratacristiana y 222 para la socialdemócrata) ha resultado en un impasse ejecutivo que pone en cuestión el liderago en la República Federal, genera incertidumbre en la Unión Europea y agrega inestabilidad a la economía mundial.


A mayor abundamiento, resulta paradójico que unas elecciones convocadas por el Canciller Gerhard Schroeder, luego de perder apoyo regional para su programa de reformas (la Agenda 2010), haya contribuido adicionalmente a poner en cuestión el futuro de las mismas cuando los dos contendores -el Canciller y la Dra. Angela Merkel- competían no sólo por extraer a Alemania del estancamiento económico sino por hacerlo a través de diferentes vías reformistas. La baja votación de cada uno (en los alrededores de 35% y 34% respectivamente) indica que el ánimo reformista de la población ciertamente no se mide con la vara del entusiasmo por el cambio. Y menos cuando el sitio perdido por los gandes partidos, el SPD y la CDU/CSU, frente a los partidos chicos (el Partido de los Demócrtas Libres, los Verdes y la “nueva” izquierda –Die Link-) no ha sido precisamente llenado por éstos.


De ello se infiere que la reforma tributaria, de la seguridad social y la reforma laboral no cuentan hoy con legitimidad suficiente para una ejecución rápida e intensa y menos cuando los que la postularon se han acusado mutuamente de irracionalidad e incompetencia para estos efectos. En una economía que ha crecido en términos reales apenas 1.2% entre el 2000 y el 2003 (y que conseguirá 0.5% el 2005), un déficit fiscal que bordeará 4% del PBI en el 2006 y una tasa de desocupación de 12% (que en ciertas regiones del Este alemán ha llegado al 20%), la incertidumbre sobre el empleo es la principal preocupación.


A pesar de que hoy, según The Economist, los cimientos empresariales de una recuperación del crecimiento están ya a la vista, las limitaciones a esa tendencia se encuentran dentro de la propia Alemania (los gremios laborales, que participan de los requerimientos de flexibilidad de la nueva economía, no parecen proclives a todavía mayores sacrificios) y dentro de la Unión Europea (el tope de 3% del pacto de estabilidad europeo ya ha sido vulnerado impidiendo mayor gasto mientras que las altas tasas de interés que impone el Banco Central Europeo no ayudan a la recuperación).


Ello ciertamente no es bueno para la economía mundial que requiere de la pujanza de la hoy deprimida Eurozona y del potencial de Alemania como centro económico europeo cuya dimensión global se expresa en su perfomance exportadora: se trata del primer exportador nacional del mundo que colocó en el mercado US$ 912 mil millones en el 2004. Si el malestar económico ocurre en un país con un per cápita US$ 33238, la dimensión del problema del desempleo puede ser más preocupante por contraste.


Y si ello cuestiona la dinámica reformadora alemana la repercusión de esa desaceleración se sentirá en el proceso de reformas estructurales que la presidencia del Consejo Europeo, hoy ejercida por el Reino Unido, desea impulsar con rapidez. Más aún cuando éste cuenta con el firme apoyo de la Comisión Europea que preside el portugés José Manuel Barroso. De allí que este funcionario reaccionara de inmediato frente al resultado electoral reclamando a los alemanes que eligieran a la brevedad un jefe de gobierno para disminuir la incertidumbre y generar una estabilidad indispensable en Europa. Al hacerlo, el señor Barroso debe haber previsto un escenario en el que la desaceleración reformista se enmarca en la erosión del proyecto constitucional europeo rechazado por Francia y Holanda este año. La complementariedad de estos fenómenos desarticualadores puede contribuir a un mayor deterioro del avance post-expansión europea equivalente al de su estancamiento económico.


En este escenario, el problema principal no consiste en el cuestionamiento de la “idea europea” ni mucho menos sino en su progresiva ejecución y en la frustración circunstancial de Europa como centro de poder poder mundial. Ese mayor rol es buscado por el señor Schroeder desde una perspectiva más continentalista que su contrincante demócratacrisitiana y, por tanto, de manera más vinculada a Francia y más próxima a Rusia. Ello debería poder traducirse, en el futuro en una representación permanente alemana en el Consejo de Seguridad –cuestión hoy postergada- que podría ser reemplazada luego por una representación europea.


Desde una perspectiva más atlanticista y, por tanto, mejor relacionada con Estados Unidos y el Reino Unido, ese rol puede ser algo menos intenso pero no menos real en el caso de que la Dra. Merkel asumiera el gobierno. En este escenario las dos potencias anglófonas esperaban una mejor relación de trabajo con un gobierno demócrtacristiano que disminuyera fuertemente las diferencias desatadas por la guerra de Irak. El contrapeso de esa alternativa, que involucra la relación con los países musulmanes, es la oposción de la Dra. Merkel a la plena incorporación de Turquía a la Unión. A diferencia del Canciller Schroeder, que plantea un diálogo orientado a la incorporación turca (que empieza el 3 de octubre), la Dra. Mekel sólo propone una “asociación privilegiada” evitando que esa potencia devenga en la frontera europea con Irak.


En relación a los países en desarrollo, las diferencias entre los liderazgos alternativos del señor Schroeder y la Dra. Merkel es reconocible más allá del impacto global de la economía alemana. Si bien los gobiernos socialdemócrtas alemanes tienen una tradición de mayor relación con estos países y , además, han sido enfáticos en la necesidad de reducir las contribución alemana a los subsidios europeos, el gobierno del señor Schroeder no ha llevado el punto hasta convertirlo en un signo de distinción germana en las negociaciones de la Ronda Doha en el campo agrícola.


De otro lado, aunque, en principio, un gobierno demócratacristiano que contase con la participación de los liberales del Partido de los Demócratas Libres debiera ser más proclive a la supresión de los subsidios agrícolas, es posible que ello ocurra más por razones de política doméstica y europea que para beneficiar a los menos desarrollados o a otros exportadores. El ritmo del desmontaje, en consecuencia, no tendría la rapidez que quisiera el Grupo de los 21.


Finalmente, en lo que hace a los países andinos, el proceso de evaluación de la CAN por la Unión Europea continuará independientemente de quién gobierne Alemania. Si ese proceso deviene en el acuerdo de asociación que se espera, y éste en un acuerdo de libre comercio, es asunto que depende hoy quizás más de los andinos que de los europeos.

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