• Alejandro Deustua

Los Primeros Días de un Presidente Electo

El ejercicio inicial del gobierno obliga hoy a la moderación de los excesos verbales o ideológicos cuando se llega a la Jefatura del Estado. En el caso de presidente electo Bolsonaro, esta práctica es menos una realidad que una aspiración brasileña y de la comunidad internacional.


En efecto, el pasado retórico del ultraderechista presidente electo es tan extremo que cuesta advertir cómo podrá retirar los excesos referidos al combate contra el crimen (eliminar a 30 mil forajidos), la calificación de los atributos de la policía (el derecho a matar), el elogio de la tortura, la inhibición de violar según la fealdad de la mujer, la consideración de la oposición socialista como enemiga del Estado, etc.

Sin embargo, la aspiración se basa en que estas expresiones sean presentadas como manifestaciones emocionales provenientes tanto del carácter del ex-Capitán como de la desesperación frente la terrible realidad brasileña antes que como convicciones atávicas del presidente (algo que ha intentado Bolsonaro en alguna entrevista).


Al respecto se podría decir que esas opiniones sólo reflejaron sensibilidad frente la terribles cotas de asesinatos cometidos en Brasil (medio millón en 10 años según el Instituto de Investigación Económica Aplica), las atrocidades perpetradas por la delincuencia (que en Río de Janeiro y en otras localidades ha llegado a niveles tales que las Fuerzas Armadas fueron llamadas para bridar alguna seguridad interna) o la atroz corrupción (que, de práctica local se ha extendido hasta incinerar a la totalidad de la clase política y desestabilizar a los gobiernos vecinos convirtiendo, en el proceso, al Juez Moro y sus colegas en héroes nacionales).


Por lo demás, su reacción podría explicarse, se diría, cuando consta que la recesión del 2015-2016 perdió 7 puntos del PBI sin que el crecimiento actual de 1% la haya compensado ni asegurado la perfomance futura del ciclo económico. Peor aún cuando el PT, causante del gran abatimiento nacional pasando de ser una abanderado de la social-democracia moderna a un monumento a la deshonestidad y la ineficacia, sigue siendo una fuerza poderosa.


Y si de esperanza antifascista se trata, ésta debiera sostenerse en la ausencia de un soporte organizado que favorezca a Bolsonaro y en línea económica reformista que, salvo por algunas empresas públicas, no da señales aún de la existencia de algún nacionalismo corporativo.


Así, el Partido Social Liberal (PSL) de Bolsonaro no sólo no es un partido de masas sino que apenas ha logrado alguna representación desde que fue fundado en 1994 al tiempo que carece de una ideología consistente sólo iluminada por su adhesión a los gobiernos militares brasileños de 1964 a 1985.


Sin embargo, hoy el PSL no sólo pudiera ser el partido más votado sino que el apoyo de un sector no mayoritario de militares (cuyo núcleo son oficiales retirados, incluido su Vicepresidente) pudiera ser la instancia reivindicativa de la imagen de los gobiernos dictatoriales de la 2ª mitad del siglo pasado.


Este es un fenómeno a observar con preocupación a pesar de que esos gobiernos militares, conservadores y nacionalistas todos ellos, transcurrieron a través de sus diferentes gobiernos marcando un primer acercamiento a los Estados Unidos para luego alejarse en la búsqueda de Brasil como potencia.


La alerta al respecto es aún más importante en tanto si los gobiernos militares trajero orden (y no tanto progreso), esos gobiernos terminaron regresando a la democracia menos por convicción que empujados por la enorme crisis económica (la de la “década perdida” de los años 80 latinoamericanos).


En esta oportunidad, esos militares aportarían algo así como media docena de ministros (empezando por el sector de Defensa y de la Presidencia) en base a sus conocimientos del sector antes que de su rol institucional según el propio Bolsonaro. Su apoyo no es corporativo y probablemente sea parte de las promesas de “orden” que, entre otras, llevaron al candidato al poder. Pero aún así, ese apoyo es sensible si el “mindset” del presidente es la referencia.


Tal “orden” pareciera, de momento, bastante más ligado a la experiencia chilena de reconstrucción post-Allende que a un proyecto fascista (salvo por el perfil modélico buscado en el sector educación que parece extraído de los viejos geopolíticos continentales). Ello se deduce del tipo de reformas que pretende realizar Bolsonaro a través de su superministro Paulo Guedes en la búsqueda de un equilibrio fiscal con apertura económica (vs el “Estado socialdemócrata”) con el estilo de los “Chicago boys” que construyeron el “milagro económico chileno” a finales de los 70.


Ella implicará una mayor apertura del comercio exterior y libertad de movimiento de capitales, privatizaciones masivas, reforma del gobierno (fuerte reducción del aparato burocrático), reforma del sistema previsional, rebaja de impuestos, promoción de las AFP, entre otras.


Éstas encontrarán dificultades derivadas del fuerte déficit fiscal de algo más de 7% del PBI que obviamente no requiere de la menor presión tributaria ofrecida ni de rebajas en la edad para acceder a la jubilación cuando el sistema previsional forma parte sustantiva del desequilibrio.


Más allá de ello, la inspiración chilena se acentúa si se tiene en cuenta que el “zar” Guedes no parece muy próximo al imperfecto MERCOSUR, un escenario de integración que, luego de décadas, sigue presentando obstáculos al comercio y que por eventualidad incompatibilidad con el modelo al que aspira Guedes, se parece mucho a la fobia que los Chicago Boys santiagueños desarrollaron en torno al Grupo Andino, lo que culminó con el retiro chileno de ese agrupación.


Y si los viajes presidenciales son una señal de preferencias estratégicas, el que realizará Bolsonaro a Chile (el primero de todos en el nivel oficial) algo dice al respecto.


Por lo demás, la preferencia norteamericana (en la versión de Trump) difícilmente lleve al nuevo presidente, tan poco dado a sutilezas, a buscar acercamientos con sus colegas ruso y chino cuyos países, forman parte de los BRICS, agrupación a la que Brasil ha pertenecido con tanto fervor (y que hoy se encuentra desprestigiado por las tribulaciones surafricanas y brasileñas).


Menos cuando esas potencias euroasiáticas acaban de llevar a cabo las mayores maniobras militares de la post-Guerra Fría (superior en números a las que llevará a cabo la OTAN) luego de haberse convertido en el pilar financiero del gobierno chavista de Maduro, un claro enemigo en la percepción de Bolsonaro.


Como se sabe, la Venezuela de Maduro forma parte del grupo de los “rojos” a los que el presidente electo se ha vuelto a referir como parte del problema que debe resolver el Brasil y la sociedad brasileña. Al respecto, Bolsonaro no se ha referido a Lula ni al funesto PT en particular sino aparentemente al conjunto de militante de algún tipo de izquierda.


Si esa percepción no se refina, es claro que ello no contribuirá a la “potabilización” del presidente electo y sí a la mayor polarización de la sociedad brasileña cuyos métodos de acción política pudieran, en algún momento, escapar a lo previsible.


Ello no ayudará a redemocratizar a América latina y ciertamente tampoco a restaurar el consenso liberal en ella.


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