• Alejandro Deustua

Los Matones del Medio Oriente

El conflicto en el Medio Oriente es, hace tiempo, una forma de vida que juega con la seguridad de otras regiones y en el que el vacío de un poder superior atrae el posicionamiento ineficaz de nuevas potencias.


Hoy, en el marco de la instalación de un califato extremista que implica la segmentación de Iraq y Siria, la expansión de la guerra religiosa entre sunitas y chiitas, la instalación de nuevas dictaduras (el caso de Egipto), el debilitamiento creciente de Jordania y la espada de Damocles de las inacabadas negociaciones nucleares con Irán, palestinos e israelíes han reanudado su disposición a la mutua agresión.


El motivo esta vez no ha sido la ruptura de un intento negociador más (el liderado por el Secretario de Estado Kerry hasta hace pocos meses) que es un asunto de Estado. Hoy el Hamas de Gaza lanza misiles de cada vez más alcance a Israel y éste bombardea poblaciones del área (además de aprontar 40 mil hombres para nuevas acciones) como resultado de un escalamiento que ha implicado, como si se tratara de bandas neoyorquinas, peleas mortales entre adolescentes de ambos bandos (el secuestro y asesinato de tres jóvenes judíos por palestinos con acné y el linchamiento de un joven palestino por judíos adolescentes).


La irresponsabilidad de estas acciones en un escenario de extremada volatilidad es cada vez más clamoroso. Si bien los asuntos de fondo siguen estando en juego (el reconocimiento de Israel y de su derecho a vivir en fronteras seguras, la devolución de tierras tomadas a palestinos de manera abusiva e irregular y la resolución de la situación de Jerusalem según los acuerdo de Oslo de 1993), el conflicto armado sigue empleándose para resolver cuestiones internas en ambos bandos o para cambiar el rumbo de un status quo o de negociación política inconveniente para alguna de las partes.


Esta dinámica reiterada de conflictividad marginal constituye un verdadero chantaje a la denominada comunidad internacional que, a su vez, es impotente para solucionar el conflicto central.


La solución, por tanto, ya no depende sólo de la voluntad de las partes sino, crecientemente, de alguna forma de imposición de la paz. Esta alternativa, que forma parte del instrumental ad hoc de la ONU, no es, sin embargo, realizable por alguna dependencia de la entidad global tradicionalmente carente de medios.


De otro lado, en plena transición del sistema internacional hacia algún tipo de orden multipolar, la convergencia de intereses de grandes potencias con influencia en la zona que no existió en épocas menos confusas se hace hoy menos viable. Salvo que estas potencias perciban un intolerable riesgo común.


Éste puede ser hoy día el riesgo nuclear complicado por un nuevo tipo jihadismo (al que los palestinos podrían recurrir) más o menos próximo, cómplice o asociado con el que pretende establecer el califato musulmán en el Medio Oriente.


Quizás sea necesario explorar colectivamente algún de intervención externa conjunta de resguardo para que, en ese marco, árabes y palestinos logren un tipo de acuerdo que conduzca a una solución estable.


Lamentablemente, la dinámica de la guerra, que vincula irracionalmente factores externos e internos de las entidades involucradas, se ha apoderado del Medio Oriente (en buena parte como herencia del fracaso de la “primavera árabe” y del retiro apresurado de las fuerzas aliadas de Iraq).


Sin bajar la guardia multilateral, los miembros del sistema internacional deberán seguir agregando a sus políticas exteriores como factor de inestabilidad sistémica el escenario de conflicto del Medio Oriente con márgenes cada vez más estrechos para evitar una guerra regional plena.


Esta realidad es un incentivo adicional para agregar esfuerzos interregionales para crear un clima distinto en el Medio Oriente. Si este esfuerzo necesario requiere de propósito claro, éste debe incluir la coerción hasta donde sea suficiente sin abrigar demasiadas esperanzas de un resultado positivo.


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