• Alejandro Deustua

Las Prioridades de Seguridad de Estados Unidos

28 de octubre de 2022



En un contexto de guerra en el que el contrincante (Rusia) no es considerado la primera prioridad de seguridad norteamericana, la Casa Blanca ha publicado la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. Siguiendo esos lineamientos el Departamento de Defensa ha publicado la agenda correspondiente aunque sin precisar con detalle los mecanismos de implementación de la estrategia.


Por su generalidad ambos documentos pueden considerarse como instrumentos de referencia pública antes que planteamientos concretos del escenario estratégico y del diseño detallado de los mecanismos para operar en él.


Aunque la selección de prioridades es la misma que la referida por autoridades norteamericanas hace unos meses, llama la atención que la competencia sistémica mantenga para la primera potencia, una prioridad explícita sobre un conflicto bélico que, desafiando también al sistema, ha mostrado ya alarmantes niveles de escalamiento. Especialmente cuando éste ha incorporado el escalón nuclear.


Veamos. China es considerada la primera amenaza en tanto “es el único Estado que puede procurar remodelar el orden internacional e incrementar su poder económico diplomático, militar y tecnológico con ese objetivo” (“is the only country with, both, the intent to reshape the international order and, increasingly, the economic, diplomatic, military and technological power to advance that objective,” -NYT citando al documento de la Casa Blanca). Y también la que puede, en el largo plazo, generar un orden con mayor sesgo autoritario.


La amenaza rusa en cambio es una “amenaza inmediata” al sistema internacional que violenta las normas básicas del orden establecido como lo demuestra su brutal agresión contra Ucrania (“Russia poses an immediate threat to the free and open international system, recklessly flouting the basic laws of the international order today, as its brutal war of aggression against Ukraine has shown.”).


Si lo que hace la diferencia no es la guerra sino la capacidad de remodelar el orden internacional, cabe preguntar si el conflicto con Rusia (que ya no se restringe a Ucrania) no altera el orden cuando esa guerra está produciendo nuevo alineamientos; el poder de Estados no directamente comprometidas (China) va adquiriendo un rol mayor en el escenario con el propósito expreso de lograr paridad o predominio; la alteración de flujos económicos principales cambian de rumbo y de modelo (el retorno de los mercados endógenos y políticamente diseñados); y los Estados liberales recurren a la guerra económica contra el adversario y, en el proceso, agravan el schock a la economía global.


El desconocer estos hechos, con propósitos de divulgación de un disposición de defensa, mediante la consideración de Rusia como una potencia de menor calado (que lo es) pero capaz de producir cambios sistémicos puede ser un error de difícil corrección para Occidente.


En el caso chino, la propuesta norteamericana define una relación de “competencia” y el propósito es triunfar en ella. Esa aproximación parece minimalista y apenas referida con un neologismo (“outcompete”) cunado estamos en medio de un conflicto sistémico cargado de potencial bélico (especialmente en el marco de la racionalización realista planteada por Allyson en la alegoría de la “Trampa de Tucídides).


Ese potencial se refiere a escenarios que, no necesariamente en plazos muy lejanos, pueden devenir en bélicos y cuya precisa identificación está vinculada al mayor o menor compromiso norteamericano con la defensa de “países” (Taiwán), Estados (Japón, Australia, Corea del Sur, Filipinas, Tailandia), alianzas formales (las establecidas con esos Estados), alianzas informales como el AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos) y arreglos de seguridad plurilaterales (el QUAD formado por Estados Unidos, Japón, Australia e India). De ellos no se excluyen los compromisos con los involucrados en la defensa de soberanía de islas en el Mar de China Oriental (las Senkaku según Japón o Diaoyu según China). En estos casos, todas las amenazas se originan en China (y también en Corea del Norte).


Ese escenario tiene además teatros de conflicto en el Mar del Sur de la China -o Mar de la China Meridional- por el que transita dos tercios del comercio marítimo mundial y un cuarto del comercio global que la Flota del Pacífico norteamericana debe proteger en interés propio y de la libre navegación involucrando, en concreto, a su 7ª flota.


Estos escenarios tienen, a su vez, un marco más amplio diseñado ad hoc: el Indo-Pacífico. Éste escenario, de conceptualización más o menos reciente, no implica al área total del “Asia-Pacífico” ni mucho menos a la de plenitud de la cuenca del Pacífico. De manera general abarca el Noreste y Sureste de Asia, Oceanía y las islas del Pacífico.


Es resumen, el conflicto bélico latente con China, y no sólo la adquisición de capacidades e influencia, debiera definir también la dimensión sistémica de la amenaza percibida por Estados Unidos.


Pero no lo hace. El documento se concentra, públicamente, en atender sólo la progresiva acumulación de capacidades económicas, tecnológicas, militares y normativas de esa potencia y su consecuente proyección de poder e influencia global que es necesario subordinar.


Esta aproximación permite definir al contrario como adversario y no como enemigo (como lo hace también la Unión Europea). Con él habrá fricción pero también cooperación en áreas de interés común (p.e. asuntos globales como el cambio climáticos) y negociación mientras las partes se preparan para un conflicto eventual.


Si el conflicto militar es sólo una probabilidad (no una inminencia) que, además, puede prevenirse, el Departamento de Defensa propone confrontarlo mediante la disuasión de ataques a Estados Unidos, aliados y socios preparándose para prevalecer en el conflicto eventual primero en el Indo-Pacífico y luego contra Rusia en Europa. La primera atención es acá, por cierto la defensa de la Patria.


Ello presupone la “construcción” de una Fuerza Conjunta (las tres armas) resiliente mediante la integración de capacidades disuasivas de la agresión, campañas para fortalecer la resistencia a la coerción del competidor y la generación de ventajas de poder.


Y, en lo que toca al Hemisferio Occidental (en el que la prioridad corresponde a Norte América como es usual), la referencia mayor parece la interdependiente en tanto la prosperidad y seguridad en América Latina influye fuertemente en la seguridad estadounidense. Pero no se presentan novedades ni temáticas ni políticas.


Con una excepción: la amenaza externa vuelve a la agenda. En este punto la cooperación para confrontar a “actores malignos” externos que buscan ventajas militares y de inteligencia, forma parte del listado pero no de una manera especialmente singularizada.


Así, la aproximación de “prosperidad compartida” no implica un esfuerzo especial estadounidense en relación a los escenarios principales. Los asuntos medioambientales, de estabilidad democrática, asistencia en la confrontación de organizaciones criminales trasnacionales (las del narcotráfico se presentan como parte de ellas) o la cooperación económica son preocupaciones reiteradas.


En un sistema y orden internacional emergente estas consideraciones no parecen suficientes para el área.


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