• Alejandro Deustua

La Gira Suramericana del Presidente Electo

Los viajes de los presidentes electos como ejercicios de toma de contacto y de cierta señalización de prioridades antes de tomar posesión del cargo no son una novedad en el mundo ni tampoco en Perú. En el caso de la relación con Brasil, esta sana práctica fue realizada por el presidente electo Alan García en junio de 2006. Ahora es el turno del señor Ollanta Humala.


En este caso, sin embargo, la visita a Brasil constituye el primer paso de una gira suramericana que indica la dimensión regional de las preferencias del señor Humala. Éstas parecen segmentadas entre la prioridad estratégica (Brasil), la generación de confianza (Chile) y la relación ideológica (Venezuela y Bolivia). Si las primeras dos necesitaban, en efecto, ser destacadas, la tercera agrega un elemento de incertidumbre a la nueva racionalidad que el presidente electo se esmera en reiterar.


Teniendo en cuenta que el Estado peruano ya ha definido la relación con Brasil como una “asociación estratégica” (así lo pactaron los presidentes Alejandro Toledo y Luis Inacio da Silva), la visita del señor Humala confirma esa prioridad en un contexto en el que la proyección externa del Brasil como potencia emergente se ha revaluado notoriamente. Ello y la filiación personal con el gobierno de ese país mostrada por el futuro Jefe de Estado en la campaña electoral sólo agrega sensatez a la reorientación política del presidente electo.


Esta calificación está sujeta, sin embargo, a que esa proximidad no se incline por el sector radical del PT brasileño, por la dependencia de asesores de ese origen que contribuyeron a su triunfo o por la inapropiada influencia que ejerció el asesor presidencial Marco Aurelio García durante la gestión del presidente Lula y sus consecuencias fragmentadotas en la región.


En relación a Chile, el antecedente significativo de la aproximación de un candidato a un vecino es el que registró el actual presidente Sebastián Piñera que fue recibido por el presidente García. En consecuencia, la visita del presidente electo a Santiago no constituye una innovación política (y tampoco es, obviamente, un gesto de reciprocidad). Ésta se explica por la disposición del señor Humala a promover la mejor relación con Chile. Este empeño es especialmente bienvenido a la luz del tratamiento beligerante que el candidato Humala otorgó a las relaciones de peruano-chilenas antes de la segunda vuelta. Una anticipada medida de generación de confianza es, en este caso, un buen indicador.


Pero ese indicador acaba de sufrir una merma en tanto el presidente electo ha anunciado que se alejará de la política establecida por los presidente Toledo y García y Bachelet y Piñera en relación al proceso de solución de la controversia marítima y su relación con el resto de la agenda bilateral.


Lo sensato de esa política establecida (la de “cuerdas separadas”) no consiste en una interpretación extrema del entendimiento peruano-chileno de que la materia en cuestión quede restringida a la sede de la Corte Internacional de Justicia, sino en que ésta no distorsione innecesariamente el resto de la agenda de la que se benefician ambos países. Pretender lo contrario no sirve para adoptar los resguardos lógicos que requiere el momento de la sentencia sino para enrarecer los términos de la interdependencia que los agentes públicos y privados de ambos países vienen construyendo más allá de ese proceso. La relación “integral” con Chile propuesta por el señor Humala, es decir, la que generaliza en lugar especificar, es un camino errado en una relación difícil.


Por lo demás, de ello nos enteramos los peruanos por una cuestionable vía (una entrevista en Telesur, medio preferido de los integrantes del ALBA) en lugar de la comunicación directa que debió establecer el presidente electo. El grado de confianza que él pretende obtener con su visita se demerita así ya no sólo en relación al vecino sin en el vínculo con el ciudadano que participó, a favor o en contra, en el proceso que lo llevó al poder.


Como parte de esa gira por el Cono Sur, el presidente electo podrá recoger además experiencias de gobierno de prosapia económicamente heterodoxa y de radicalismo político. En el primer caso, el señor Humala podrá atestiguar que mejorar los términos de la relación con Argentina no van de la mano con las políticas económicas de ese país ni con sus prácticas más estridentes (la vulneración de la independencia del Banco Central –cuestión de extremada sensibilidad en el Perú- o el manejo político de la estadística económica –factor que el Perú ha sido cancelado en beneficio de la transparencia indispensable para un buena gestión interna y externa-). De otro lado, es deseable que la propensión peronista de algunos de los integrantes de gana Perú sepa diferenciar entre su filiación y los requerimientos de la relación interestatal con Argentina.


En el segundo caso, el señor Humala podrá recoger la experiencia del presidente del Uruguay, quien habiendo sido un guerrillero urbano y padecido cárcel sin renunciar su credo, ha sabido respetar los límites del poder y optado por una moderación que permite al Uruguay reclamar un sitio entre los Estados suramericanos con gestión pública más reconocida en el momento.


Esta lección de moderación cobra especial importancia a la luz de las próximas visitas a Venezuela y Bolivia que estarán marcadas por la intención de los gobernantes de ambos países de obtener provecho de la victoria del señor Humala como se desprende de los propios dichos de esas autoridades. El Perú ha pasado de la confrontación política –bastante cargada de retórica vulgar- a una suerte de distensión con esos países (que, erradamente, el gobierno peruano confunde hoy con normalización procediendo, en consecuencia, a la “profundización” con alguno de ellos obteniendo poco a cambio). Dada la filiación ideológica del señor Humala no se debe esperar precisamente una corrección de ese error. Pero sí debe exigirse un tratamiento diplomático adecuado de esos vínculos en clara oposición a la disposición transnacional con que Venezuela y Bolivia manejan su política exterior.


Al respecto, el presidente electo debe tener en cuenta que, aunque la política exterior la conducirá él, como lo establece la Constitución, los intereses nacionales no pueden ser alterados a voluntad (y menos cuando su victoria se ha logrado bajo condiciones de polarización interna y de un nivel de legitimidad menor al deseable).


Finalmente, si de dar señales se trata, una buena demostración de que el presidente electo no tiene una visión cerrada del regionalismo suramericano consistiría en la aceptación de la invitación de la Secretaria de Estado Hillary Clinton para visitar Estados Unidos. Estamos seguros de que el señor Humala entiende que Suramérica es parte del sistema interamericana y que una buena relación con Estados Unidos es imprescindible. De manera distinta, el presidente electo ya lo ha expresado en la campaña y en consecuencia esa visita sirve al interés nacional. La ocasión podría ser la celebración de la reunión anual de la Asamblea General de la ONU en Nueva York el próximo setiembre. Una vez dado ese paso, la gira de apertura bien podría cerrase con una visita a la sede de la Unión Europea con la que el Perú mantiene tantos intereses convergentes. El plazo para emitir esas señales de interés por el escenario global no parece demasiado extenso.


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