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La Evolución de la Guerra Iraní

  • Foto del escritor: Alejandro Deustua
    Alejandro Deustua
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

31 de marzo de 2026



No debió ocurrir de manera unilateral y, mucho menos, inconsulta. Pero la guerra estalló y está en pleno escalamiento. Terminarla con una victoria total norteamericana-israelí parece imposible. Pero concluirla sin lograr un sustancial logro de objetivos implicaría mayor riesgo para el Medio Oriente y Estados Unidos.


La ausencia de logros suficientes degradaría, pero no eliminaría, el status de la primera potencia como se demostró en Viet Nam. Los cuestionamientos sobre el planeamiento estratégico norteamericano se incrementarían al haber caído, nuevamente, en lo que Pope denomina la “trampa del escalamiento”. Ésta aparece en guerras en las que predomina el combate y bombardeo aéreos facilitando al agredido la posibilidad de expandir el conflicto.


El proceso es el siguiente. Primero el atacante cree que bombardeos precisos pero incompletos implican éxito total. Luego el adversario expande el escenario del conflicto y el atacante redobla el ataque aéreo. Finalmente, el atacante entiende que no tiene el éxito esperado y despliega tropas en el terreno cayendo en una guerra prolongada. Pape sostiene que la fuerza norteamericana se encuentra en esta última etapa.


En Irán ello no ocurre necesariamente así porque el atacante ya ha logrado objetivos sustantivos aunque con resultados desiguales y otros pendientes.


De otro lado, las amenazas parcialmente neutralizadas indican que las intenciones y la capacidad militar iraní sí constituían una amenaza mayor regional y extrarregional.


Tanto que el planificado bloqueo del estrecho de Ormuz (que constituye una violación del derecho internacional marítimo) ha generado un schock económico global que el régimen explota favoreciendo sólo el tránsito de algunos buques de países afines y/o que pagan peaje.


Si ésta fue una acción predecible y es hoy el problema dominante, la amenaza nuclear iraní es anterior a ella. Ésta no ha sido eliminada. Al respecto la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), ha reiterado que Irán dispone de capacidades nucleares aún no desarrolladas para lograr, eventualmente, el arma atómica. Esas capacidades (400 kgs, de uranio enriquecido al 60% con 90% de aproximación al umbral del desarrollo del arma) es una amenaza que la Operación Martillo Nocturno no logró neutralizar. Ésta destruyó las herramientas necesarias pero que pueden reponerse (centrifugadoras, p.e). El reporte presidencial de esa operación fue sobredimensionado.


Para controlar esa amenaza la AIEA requiere acceder físicamente a los sitios nucleares. Ello ocurrirá sólo con el concurso iraní. Si éste puede ser forzado o no, dependerá de mayor presión armada y de las garantías negociadas que se ofrezcan a Irán. La falta de voluntad iraní al respecto debe, por tanto, inducirse coactivamente.


De otro lado, la amenaza misilera iraní se ha probado tan real como los ataques balísticos y de drones contra sus vecinos con el propósito de expandir el conflicto. A pesar de que esas capacidades operativas (y de producción) han sido reducidas sustancialmente, la “capacidad remanente” (CSIS) puede todavía golpear bases e infraestructura petrolera en los países del Golfo aunque esos ataques hayan disminuido hoy considerablemente.


La amenaza misilera iraní tiene además un inmenso potencial extrarregional. Aunque el ataque balístico a la base angloamericana en la isla Diego García fracasó, éste demostró que Irán puede disponer de misiles de más de 4 mil kms. de alcance capaces de impactar ciudades europeas. Ello ha generado una preocupación adicional.


De otro lado, aunque los ataques iraníes con drones han mermado considerablemente por fuego enemigo, la capacidad iraní de producir y almacenar esos artefactos en grandes cantidades mantiene escala. Su importancia se mide también por su demanda externa. En este rubro el objetivo norteamericano se ha alcanzado parcialmente.


En cambio, la destrucción de la fuerza naval y aérea iraní es casi completa.


De otro lado, la dimensión teocrática de la dictadura ha cambiado de titular y quizás de naturaleza. Aunque se ha designado a un nuevo ayatola al mando, el poder real lo ejerce, para todo efecto, la Guardia Revolucionaria Iraní amparada por el ejército y la fuerza para-militar. Si bien esta enorme fuerza estuvo condicionada por el poder religioso, es natural esperar hoy que del modus operandi militar emerjan líderes con la racionalidad consecuente. Es probable que con ellos se pueda negociar.


Una importante limitación al respecto es la fragmentación del poder operativo de la fuerza iraní que, bajo las actuales condiciones, fortalece la capacidad ofensiva pero debilita el control central y genera facciones internas. Ello oculta hoy a un negociador verosímil.


Estos imponderables serán difíciles de despejar a través de los esfuerzos mediadores de países vecinos como Pakistán. Sin embargo, el canciller pakistaní se ha reunido con sus pares fronterizos y de países vecinos de Irán (Turquía, Egipto y Arabia Saudita). El propósito es promover negociaciones directas entre Estados Unidos e Irán para solucionar la crisis. Un cese del fuego antes que un plan de paz (para el que Estados Unidos ha presentado un documento de quince puntos) sería el objetivo inmediato complicado por la eventual fragmentación del comando político iraní.


Ese primer intento pacificador ha sido prologado por el Grupo de los 7 que, incluyendo a la representación norteamericana, ha logrado un pronunciamiento conjunto. En él se ha subrayado la importancia de minimizar el impacto de la guerra en los civiles, la infraestructura y en los países vecinos de Irán; se ha enfatizado la prioridad de lograr un cese de fuego “inmediato”; y se ha apuntalado el esfuerzo de otras agrupaciones regionales para mitigar el schock económico global y abrir el estrecho de Ormuz.


Al respecto, la Unión Europea (UE) y una pluralidad de sus miembros promueven iniciativas orientadas a abrir ese estrecho. Mientras, la UE estudia la posibilidad de aplicar al estrecho de Ormuz el esquema de libre tránsito marítimo procurado por la Operación Aspides en el Mar Rojo, Francia, el Reino Unido y 25 países (europeos, árabes, oceánicos y caribeños -Panamá, Trinidad y Tobago y República Dominicana-) se organizan para abrir esa vía. Simultáneamente, Italia y Francia procuran establecer un canal de diálogo con Irán al respecto. Esas iniciativas de parte de la comunidad internacional presionarán a Irán para lograr una parcial solución al problema del abastecimiento petrolero. No hay razón alguna para que los países suramericanos no se sumen a ella.


Estos esfuerzos, sin embargo, están condicionados por los resultados que puedan lograr las operaciones militares terrestres que emprenderá probablemente, la fuerza armada norteamericana en la zona. Aún bajo circunstancias de dominio militar, el éxito no está asegurado. El riesgo de entrampamiento no es menor.


Especialmente si una contraofensiva iraní escala aún más el conflicto y lo extiende en el tiempo. Esa eventualidad tendría un fuerte impacto en la economía global acercando a la desaceleración del crecimiento una eventualidad recesiva hoy lejana.


Si en términos regionales los países asiáticos y europeos serían, en ese caso, los más impactados, la menor oferta de hidrocarburos afectaría más a los países en desarrollo incrementando la inflación y la incertidumbre con efectos sociales peligrosos derivados de impactos en la alimentación por escasez de fertilizantes. Y en el escenario global, la caída de los mercados bursátiles, la complicación financiera y la desorganización de las cadenas de suministros ya generados por el daño ocasionado a la infraestructura petrolera (FMI), impediría un retorno, en plazo razonable, a la situación ex -ante.


En este escenario, los latinoamericanos deben coordinar esfuerzos defensivos y subsanar su falta de cooperación en relación a la guerra. Si se puede estar en desacuerdo con los orígenes, formas y dimensiones de la intervención norteamericana, la inacción frente a una crisis de esta naturaleza no puede escudarse en la simple apelación al derecho internacional. Lo mínimo esperable en el ámbito regional es una discusión del problema teniendo en cuenta que en América conviven grandes exportadores de petróleo con importadores netos. La agenda de un cambio de matriz energética para el futuro es aquí indispensable.

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