• Alejandro Deustua

La Cumbre de Madrid

Si las reuniones cumbres entre América Latina y Europa han adquirido una infértil inercia burocrática, la crisis por la que atraviesa la UE debía haberla extraído de su modorra institucional. Ello no ha ocurrido en Madrid donde los temas de futuro (la innovación) han sido tratados con indolencia pre-revolución tecnológica y los temas tradicionales (las negociaciones de acuerdos comerciales) han logrado el avance de la rúbrica (no de la suscripción en el caso de Perú y Colombia) o de su indeciso relanzamiento (el caso del MERCOSUR, que mantiene las posiciones que llevaron a su parálisis).


Si, en consecuencia, sólo en momentos de progreso simultáneo, parece esperable mejorar la relación entre dos regiones con tanta divergencia de desarrollo, de organización y de intereses nacionales (que, dentro de América Latina, se expresan de manera desconstructiva), las cumbres ALC-UE deberían esperar momentos adecuados para su realización si no quieren convertirse ellas misma en obstáculo adicional a la relación entre los Estados que sí desean intensificar su relación estratégica.


Éste es el caso de Perú y Colombia cuyo acuerdo de libre comercio con la UE debe aguardar ahora algo más que un proceso de revisión legal y de aprobación multiparlamentaria. En efecto, cuando ello ocurra (quizás en el 2011), el lento crecimiento europeo estará aún complicado por la divergencia entre economías que progresan y las que deberán esforzarse por salir de procesos recesivos derivados del ajuste a que los altos niveles de endeudamiento y déficit las han llevado.


Y mientras el mejor acceso a los mercados logrado por Perú y Colombia seguirá sufriendo el deterioro del consumo europeo y la sensibilidad del sector agropecuario comunitario por mantener sus niveles de protección, los flujos financieros trasatlánticos seguirán batallando para escapar a las necesidades de liquidez del mercado de origen y a la sobeexposición de algunos de sus principales bancos a altos niveles de deuda que, quizás, deberá ser reprogramada.


Como estos asuntos han sido ignorados por la antiestratégica elocuencia de la Declaración de Madrid, lo mejor que podemos hacer es esperar, activamente, por la recuperación europea. Si ésta es indispensable para nuestra adecuada inserción en Occidente, países como Perú y Colombia deben insistir en que la satisfacción de ese requerimiento pasa ahora menos por instituciones de la Unión (como lo muestra la inflexibilidad de la unión monetaria para devolver flexibilidad a sus miembros en problemas) y más por Estados europeos con los que debemos trabajar más intensamente.


Entendemos que la UE, como mentor del mayor espacio de integración regional, desee privilegiar el trato a través de la CAN, Centro América o el MERCOSUR. Pero, en medio de la crisis (y de la experiencia de México, Brasil y Chile), un trato distintivo debe otorgarse a países convergentes como Perú y Colombia en la relación política, económica y de seguridad. Y éstos deben buscarla de manera selectiva.



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