• Alejandro Deustua

Isabel II

20 de setiembre de 2022


Lograda la participación norteamericana en la Segunda Guerra, Winston Churchill afirmó que el colapso imperial no sería una consecuencia del gran conflicto. “ No me he convertido en Primer Ministro del Rey para presidir sobre la liquidación del Imperio Británico” sentenció en noviembre de 1942.


Pero lo que ocurrió después de terminada la guerra fue la aceleración del deterioro del Imperio algunas de cuyos grandes dominios (Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica) ya habían declarado su autonomía a principios del siglo XX (reconocida en 1904).


Esa aceleración formó parte del gran y generalizado movimiento descolonizador ocurrido entre 1947 y 1965 cuyos hitos podría encontrarse en la Conferencia de Bandung (1955) que daría lugar al Movimiento de Países No Alineados y en la declaración de la Asamblea General de la ONU sobre concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales (1960). Entre otros patrocinios, esta declaración estableció que la subyugación por dominación extranjera constituye una denegación de los derechos fundamentales de pueblos que tienen derecho a la autodeterminación y a la independencia.


Al inicio de ese movimiento, en 1947, la “joya de la corona británica”-la India- declaró su independencia del Imperio Británico pero se mantuvo dentro de la Mancomunidad (la Commonwealth). Así, en 1949, nació la “moderna” Commonwealth integrada por repúblicas independizadas que no necesariamente debían lealtad a la Corona pero optaban por conformar una comunidad con ella. Hoy está conformada por 56 países.


Mantener esa Mancomunidad fue una de las principales funciones de la Reina Isabel II. Ésta formaba parte del cumplimiento de sus deberes de representación como Jefe de Estado.


Como se sabe, esa tarea fue acompañada de la obligación de aconsejar al Primer Ministro (el jefe de gobierno), aunque sin intervenir directamente en política, y de sus deberes como Jefe de la Nación: mantener la identidad nacional, la unidad, continuidad y sentido de estabilidad del Estado.


Estas labores fueron satisfechas por Isabel II hasta su muerte ocurrida poco después de designar, conforme a su mandato, a la Primer Ministro (en este caso, Liz Truss).


Pero, en ejercicio de sus funciones, la Reina Isabel ha hecho más que eso. Ella ha prestado su consejo continuo a los gobernantes británicos, como nadie en Occidente, a lo largo de dos períodos cruciales para el sistema internacional: casi toda la Guerra Fría y la incierta etapa de la post -guerra en que vivimos.


Esa experiencia la convirtió en testigo excepcional de los últimos 70 años (que no sabemos si aquélla ha sido trasmitida) al tiempo que debía adaptar el rol de la monarquía, excedida de pompa y oropel, a tiempos de fuertes cambios. Otorgar pausa y orientación a las fuerzas centrífugas que la caracterizan ha debido ser una de sus tareas.


En términos de contacto internacional y popular los resultados están a la vista. En efecto, acabamos de ser testigos de la dimensión del “poder suave” que ejerce la monarquía británica internacionalmente (medio centenar de autoridades extranjeras que concurrieron a la ceremonia fúnebre lo certifican).


Sin embargo, ese despliegue de influencia quizás no haya logrado atenuar el descenso del Reino Unido como gran potencia (su rol de superpotencia culminó antes de la Segunda Guerra y se confirmó al fin de ésta).


Pero, a pesar de ello, la presencia histórica de Isabel ha sido inigualable y su rol en la centralidad de Occidente no puede ser discutido. Si ella asumió el trono en plena guerra de Corea bien empezada la Guerra Fría en momentos de precariedad económica de su país, hubo de contemplar el retiro de las tropas británicas del intento anglo-francés de tomar el Canal de Suez en 1956 luego de su nacionalización por Nasser (operación con la que, en apariencia, no estuvo de acuerdo), acompañar el fortalecimiento de la “relación especial” con Estados Unidos o apuntalar el ingreso del Reino Unido a la Comunidad Europea (1973) luego del rechazo francés (sólo para amortiguar después el efecto del Brexit).


Y si bien Isabel no se desasoció (ni podía hacerlo) del rol de la fuerza armada británica en Malvinas, Argentina le ha presentado hoy sus respetos sin atenuar su reivindicación soberana.


Por lo demás, la región no es un gran mercado para el Reino Unido (aunque desempeñó un rol mayor con Argentina y Brasil -pero importando apenas 1.8% del total agrícola en 2018- y, en menor nivel con Chile). Y, de similar manera, los servicios financieros británicos en el área no figuran entre los primeros 20 de ese país. La reina no desempeñó en esta parte del mundo un gran rol promocional.


En la historia británica debemos remontarnos hasta inicios del siglo XIX cuando Lord Canning, siendo Ministro de Relaciones Exteriores, contribuyó con los esfuerzos regionales de independencia, reconoció por razones estratégicas a Argentina, Brasil, México y Colombia y previno los intentos de predominio francés.


En esa medida, el esfuerzo que la región reconoce a Isabel y el respeto que se merece se sustenta esencialmente por su rol en la contribución de la centralidad de Occidente.



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PS.: En el Perú la inversión británica en el período 2006 – 2020, 40 proyectos representan un capital de inversión de USD 2070 mil millones con nuevos proyectos a la espera (Peru Day: Peruvian-British alliance Will generate business opportunities for entrepreneurs from both countries -2021). Pero no sabemos si, bajo las condiciones actuales, esos proyectos se han realizado.

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