• Alejandro Deustua

Interpretando el Mensaje Cubano-Norteamericano

La decisión del Presidente Obama de aproximarse a Cuba puede comprenderse a partir de una definición de interés nacional desprovista de la particular dimensión valorativa con que Estados Unidos suele revestir ese motivo principal de toda política exterior.


Es más, las negociaciones con Cuba para establecer relaciones diplomáticas (una competencia del Ejecutivo) y de levantar el embargo (un asunto que deberá evaluar un Congreso dominado por republicanos), pueden entenderse mejor desde una aproximación hemisférica antes que estrictamente bilateral.


El punto a destacar aquí es el que concierne al obstáculo que el bloqueo norteamericano a Cuba plantea a sus relaciones con el resto de la región. Más aún cuando parte de la región ha encontrado en esa medida la razón fundamental para oponerse a iniciativas norteamericanas, para esconder en ella una interacción más productiva o para generar cohesión regional a partir de una definición antinorteamericana del latinoamericanismo.


De otro lado, en las circunstancias de cambio sistémico en que vivimos, esa urgencia puede haber parecido ahora mayor al constatarse el interés de potencias extrarregionales de realizar en la región una función de balance de poder y de ejercer desde ella una amenaza a la primera potencia.


Para ponerlo en términos más próximos a nuestra política exterior, el Presidente Obama habría intentado con esa aproximación eliminar la “hipoteca cubana” que complicaba, con el lastre añadido que generan los amigos del castrismo en el área, una mejor relación con América Latina y el Caribe (a pesar de que ello marche a contramano de lo actuado por la administración Obama hasta ahora).


Aunque otros ex–presidentes norteamericanos (como Jimmy Carter) habían intentado desbrozar ya ese camino y el Presidente Obama se había planteado el cambio de curso en la relación con Cuba a principio de su mandato, la extrema complicación del sistema internacional o la simple desatención habría impedido tomar el curso de acción que ahora sorprende a propios y extraños.


Por lo demás, embarcado en la segunda mitad de su segundo mandato, el Presidente demuestra que, como otros Jefes de Estado norteamericanos, puede compensar aún las limitaciones políticas propias de este momento de su trayectoria, con iniciativas de política exterior que marcarán su “legado” (además de aventurarse en otras reformas internas como la de migración).


Cada una de estas razones puede ayudar a comprender la decisión del presidente norteamericano. Lo que no puede hacerse es pretender que ésta, de carácter pragmático y eminentemente realista, sea vista como una especie de caída de un muro de Berlín en el Caribe que termina con un vestigio de la Guerra Fría. Ello no debe ocurrir porque la adopción de este punto de vista está fuertemente tiznado de carga ideológica (como el que atribuye la iniciativa de terminar con el bloqueo a la “persistencia y valentía de Fidel”) y, por tanto, de desajustes perceptivos que pueden tener serias consecuencias políticas.


En efecto, para discutir la decisión en cuestión no puede perderse de vista que el interlocutor caribeño sigue siendo un Estado comunista dirigido por la dictadura del Partido Comunista y por la voluntad dinástica de los hermanos Castro.


En consecuencia, aunque esta decisión pueda facilitar el trato con este tipo de gobierno y quizás ayude a un cambio interno en el largo plazo, debiera quedar claro que aquélla no pretende cambiar per se ni legitimar la dictadura cubana.


Lamentablemente, el punto no es tan diáfano para todos (y es definitivamente oscuro para los republicanos) porque aunque, al respecto, el Presidente Obama haya reiterado que parte del objetivo de esta apertura es empoderar a la ciudadanía y a la sociedad cubanas a través de la promoción de los derechos que corresponden a sus libertades inmanentes con el propósito de que ellos mismos (y no los Estados Unidos) determinen su destino, alguna legitimidad se ha otorgado al gobierno de la dictadura sin haber obtenido a cambio ninguna concesión sustantiva de flexibilización de su orden interno o de buena relación con el sistema hemisférico.


En consecuencia, y tomando en cuenta la dureza de la dirección política cubana aun en circunstancias en que procura una reforma económica mientras mantiene la verticalidad de la autoridad política, el propósito declarado por el presidente norteamericano puede tener resultados opuestos a los que se plantean.


Si bien es cierto que con representantes diplomáticos en La Habana el diálogo puede ser más fluido entre las partes, éste también puede eventualmente estar sujeto a serias confrontaciones (como ocurre cotidianamente en los casos de Venezuela y Bolivia). Por lo demás, el intento norteamericano de empoderar a la sociedad cubana mediante las actividades de su representación diplomática puede ser una buena intención que acompañe su residencia en La Habana pero las actividades consecuentes serán registradas y eventualmente opuestas y reprimidas por la dictadura cubana experta en la materia.


Sin duda que esa presencia diplomática es un paso adelante en la relación bilateral (que facilitará también los tratos de la futura Embajada de Cuba en Washington DC) y que los mecanismos diplomáticos abren vías de comunicación que rebajarán la fricción que hoy existe entre las partes. Pero no se puede esperar de ella, por su mera presencia, un cambio de orden interno en Cuba.


Para que ello ocurra, el gobierno castrista debe tener el convencimiento que sin cambio interno no hay provenir a pesar de que los autoritarismos están reemergiendo en el mundo. No es éste el principal mensaje emitido por el Presidente Obama (aunque sí el secundario). Lo que sí ha hecho la Casa Blanca es dar muestra de que, frente a una Cuba debilitada, la primera potencia no va actuar con violencia impositiva o coerción mayor.


De otro lado, lo que es esperable ahora es un cambio de orden en el sistema interamericano y el consecuente beneficio para las Américas como hemisferio y entidad política. A la luz del progresivo debilitamiento de la OEA, de la rotunda negativa de Cuba a reincorporarse a esa organización luego de que en el 2009 sus miembros votaran por esa alternativa y del activismo latinoamericano en la organización de entidades excluyentes de Estados Unidos y Canadá, el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre la primera potencia y la isla debiera conducir a que su mejor trato se exprese en la recomposición de ese sistema regional.


Si ello ocurre, como debiera, el resultado beneficiaría a todos, tendería a recuperar para el Hemisferio el orden que sus regímenes establecen (la Carta de la OEA y la Carta Democrática, entre ellos) y, aunque fuera de manera parcial, restauraría el status internacional que el Hemisferio alguna vez tuvo.


Ello afronta una trilogía de riesgos, sin embargo. El primero es el que deriva de eventuales demandas cubanas para que ese orden regional sea sustancialmente alterado (en los hechos, el presidente Obama ya ha reconocido la especificidad del orden interno de cada Estado, afirmación que deja de lado la homogeneidad de valores políticos –se entiende que de carácter liberal- que pretende la Carta Democrática).


El segundo consiste en que la relación interamericana vuelva a congregar en torno a la relación cubano-norteamericana, cuya importancia geopolítica ha sido siempre central para Estados Unidos, el centro de gravedad que la región no se merece generando, nuevamente, la postergación de otras subregiones.


Y la tercera deriva de la vocación cubana de convertirse en una potencia extrarregional que tuvo sus orígenes en la asociación con la Unión Soviética alcanzando una capacidad de desafío letal durante la crisis de los misiles de 1962 y que, con una capacidad militar remanente, podría contar, teóricamente, con un grupo de países latinoamericanos y de potencias extrarregionales más dispuestos a acompañarla.


Ese riesgo, sin embargo, podría sería minimizado por las circunstancias que contribuyen a dar sustento a la aproximación bilateral de hoy: una Cuba sin recursos ni socios pudientes ni de extraordinaria agresividad, salvo en el caso parcial de China.


Ese riesgo podría atenuarse aún más si la inversión norteamericana (para la que muchos estadounidenses y cubanos-norteamericanas con ánimo de retorno se preparan) fluye abriendo el abanico a otros actores más allá de algunos agentes europeos o brasileños (algo perfectamente posible debido a las oportunidades que ofrece la isla).


Si esa afluencia de capitales ocurre, la economía cubana estaría forzada a abrirse algo más salvo que la extrema pausa del cambio económico en Cuba encuentre formas de adhesión al poder aún ligado al castrismo. El antídoto contra ello es la juventud y las clases emergentes cubanas que querrán entrar en contacto con el mercado internacional a la brevedad.


Mientras tanto, los latinoamericanos deberemos procurar mitigar la glorificación del denominado “triunfo de Castro” y hacer notar a los integrantes del ALBA que deben restar valor a idealizada revolución y de su líder, Fidel.


Especialmente si tarde o temprano él o sus herederos tendrán que rendir cuentas por el inmenso daño causado a sus compatriotas durante más de medio siglo.


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