• Alejandro Deustua

Inicio de una Saga: Cumbre BRICS

27 de junio de 2022


Con la crisis económica afectando los estándares de vida en el escenario global y la guerra en Ucrania impactando el sistema internacional sin visos de desescalamiento, las cumbres de las principales potencias congregadas en el BRICS, el G7 y la OTAN casi se yuxtaponen en algo menos de una decena de días con propósitos estratégicos mayores.


De momento, la cumbre BRICS ha culminado destacando una realidad sistémica: si esa agrupación nació como la reunión de las economías emergentes más destacadas en 2009 hoy es evidente que se trata de una reunión de potencias desiguales parcialmente mayores, con vocación expansiva y con ánimo de fortalecer un rol en el cambio del sistema.


Convocada virtualmente bajo la presidencia china, esa potencia, con Rusia, India, Brasil y Sudáfrica, procuró fortalecer la cohesión grupal aspirando a la “alta calidad” de la misma y orientar una “nueva era de desarrollo global” como reza el motivo de la convocatoria.


A estos efectos, entre los participantes se reconoce -quizás por primara vez- una jerarquía: si China y Rusia reiteran la importancia potencial de Brasil, India y Suráfrica en el ámbito de Naciones Unidas no es sólo porque aquéllas ya lo ejercen sino porque existe un nuevo ímpetu en la decisión de reforzar el status del conjunto de sus integrantes para escalar en la jerarquía del poder global. Esa distribución de poder no se limitará al ámbito diplomático y multilateral como se sugiere en la Declaración sino que involucra el escenario de redistribución real que ya es evidente para todos orientado a la reconfiguración del sistema internacional.


Esa redistribución puede tener elementos de cooperación con Occidente pero apunta esencialmente al incremento de capacidades multidimensionales entre los miembros de los BRICS con una perspectiva distinta.


Por lo menos, así lo sugiere una agenda orientada al fortalecimiento de la gobernanza global, el combate contra la pandemia, la “salvaguarda” de la paz y la seguridad y la promoción de la recuperación económica. De ella emerge una vocación multilateral que, si incluye a todos los integrantes del sistema, se organiza como contrapunto de la alianza occidental (OTAN) y de cooperación de las principales economías reunidas en el G7 (que no incluye a China).


Sobre el primer acápite, los BRICS recuerdan compromisos de contribuir a una reforma del Consejo de Seguridad, de la Asamblea General de la ONU y del ECOSOC. El propósito es, por tanto, un replanteamiento sustantivo del sistema multilateral en tiempos en que a las potencias de Occidente no se les reconoce predominio (la Declaración, por ejemplo, se ocupa del rol del G20 -que tiene escasa cohesión- y olvida al G7 que esta semana fortalecerá su rol la adopción de medidas coercitivas anti-rusas).


Ese sesgo se reproduce en su apoyo a una economía abierta pero sin mencionar al libre comercio como mecanismo esencial del mercado. En efecto, su referencia a la OMC refuerza su rol como régimen normativo de las reglas de intercambio pero omitiendo sus principios liberales a tono con el rumbo de una economía global en la que el rol del Estado es cada vez más significativo. Es en ese marco en el que se abandera la mayor atención que deben otorgar las instituciones multilaterales a los países en desarrollo (especialmente en el ámbito del FMI donde se destaca su subreprepesentación).


De la misma manera se subraya la importancia de la OMS (cuya reacción fue superada por la pandemia al inicio de la misma) como conductora del combate anti-Covid y se da la bienvenida a la decisión en el ámbito de la OMC de suspender hasta una fecha próxima la propiedad intelectual en la fabricación de vacunas pero no sin proclamar el rol de una iniciativa de investigación original de los BRICS y de ampliar la cooperación al respecto.


En materia de seguridad, los Jefes de Estado que integran esa entidad se pronunciaron sobre los conflictos específicos de mayor riesgo : Afganistán, Irán, MO, África, península coreana y sobre temas como la no proliferación (en la que se propuso la desnuclearización). Pero no tocaron los problemas de Taiwán, ni el centroamericano ni los generados por Cuba, Nicaragua y Venezuela respetando la presencia china, brasileña y la influencia ausente de Estados Unidos.


En relación a la “discusión sobre Ucrania” los BRICS expresaron su preocupación humanitaria y su apoyo a “conversaciones” entre Rusia y ese país agredido. Sin embargo, en este escueto párrafo no hubo calificativos, ni plazos para esas conversaciones ni menos una referencia a negociaciones de paz en contraste, nuevamente, con el apoyo a los esfuerzos del Secretario General de la ONU, las agencias de cooperación de esa entidad y la Cruz Roja. Con la presencia rusa en esas discusiones éste es un avance. Pero es claramente insuficiente.


Esta referencia “sanitizada” al conflicto actual más peligroso fue equivalente al apoyo expresado al reforzamiento de los esfuerzo macroeconómicos de los países y de la coordinación de políticas para lograr la recuperación de la economía global: nada de importancia mayor se dijo. No sólo no hubo alerta sobre la gravedad de la crisis (cuyos riesgos de estanflación ya han sido expuestos por el Banco de Pagos Internacionales) sino que hubo elogio de iniciativas como “compra BRICS” y, especialmente, del rol del Nuevo Banco de Desarrollo (sede en Shanghai), su expansión y sus beneficios para países en desarrollo.


Si no hubo en la Declaración manifestaciones expresamente antioccidentales, es claro que los BRICS están organizando un nuevo rumbo para el sistema internacional e incrementando sus capacidades para liderarlo en un marco en el que el aislamiento ruso, que se incrementará en las reuniones del G7 y de la OTAN, encontró un clima de inclusión normalizada.


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