• Alejandro Deustua

Excepcionalidad Regresiva

La pérdida de poder relativo por Estados Unidos ha sido una preocupación sistémica desde la quiebra del régimen de Bretton Woods. Pero ningún presidente norteamericano –y menos su más notorio restaurador, el presidente Reagan- apeló a la victimización de la superpotencia como lo ha hecho el presidente Trump.


Haciendo caso omiso de las responsabilidades que corresponden al poder de su Estado el presidente norteamericano se ha quejado de cómo socios y adversarios han abusado de su condición de co-proveedora de bienes públicos internacionales.


En esa perspectiva irracional el señor Trump ha dado a entender que su gobierno calificará a la baja la generación de seguridad, progreso y bienestar en un sistema internacional desequilibrado cuyos miembros compiten pero desean compartir esa responsabilidad comunitaria.


Al hacerlo el señor Trump no se ha percatado que con ello contribuye a la inseguridad de su Estado y renuncia a parte del rol global que hoy ostenta. Arriesgando con su renuencia el vacío de poder y el incremento del conflicto el presidente piensa que puede optar por la primacía mientras omite toda responsabilidad ordenadora.


Así, aligerado de compromisos (salvo el que impone el exterminio del terrorismo islámico) el presidente asume que Estados Unidos volverá a ser “grande”. Con unas cuantas alianzas no priorizadas y quizás no deseadas bastará, según él, para atender el interés nacional norteamericano sin percatarse de que éste (“America first”) no puede definirse en términos singulares si no se refiere a los demás.


Inconsciente de que la atención prioritaria de ese interés es una vieja y generalizada práctica necesaria para el establecimiento de un cierto orden comunitario, el señor Trump la ha planteado como un ejercicio de suma cero. Al respecto y como en si aún estuviera en campaña, ha insistido que su deseo es “volver a ganar” (y que los demás deban perder).


Extraordinariamente, el presidente piensa que ese desenganche contextual (cuyo costo ni siquiera ha evaluado), proveerá a Estados Unidos de nuevo y atractivo “brillo”. Sin otorgar al presidente Obama ningún mérito por similar pero más moderada disposición, el presidente Trump cree que el liderazgo político se puede ejercer sólo con el ejemplo.


En la perspectiva liberal éste será muy poco efectivo porque, además de renunciar a la adecuada promoción de valores universales con el pretexto de no imponerlos, ha llamado al ejercicio del mercantilismo. El recurso a políticas comerciales con el propósito de acumular poder degradando la integración y la mejor distribución de beneficios mediante el libre comercio sólo será ejemplo para las potencias no liberales que hoy compiten con Estados Unidos.


Peor aún, esa disposición regresiva ha sido presentada con un sello de nacionalismo populista y de desinstitucionalización del Estado republicano. Su escenificación en el Capitolio con arenga salvadora y puño en alto confirmó esa disposición autoritaria bien conocida en el siglo XX.


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