• Alejandro Deustua

Estados Unidos: Midterms

11 de noviembre de 2022



Si a lo largo de los últimos 16 años el sistema de libertades ha venido deteriorándose en el mundo (Freedom House) y la cantidad y calidad de democracia ha decaído consistentemente en el escenario global medible (167 países, EIU) la situación de esta característica de Estado en el núcleo del sistema internacional (Estados Unidos) es crucial en el momento electoral por el que transita ese país.


Especialmente si ese núcleo ha dejado de ser una “democracia plena” calificando hoy apenas como una “democracia deteriorada” (EIU) debido a muchas causas pero más recientemente y en particular a la fenomenología autoritaria, polarizante y confrontacional promovida por un presidente en funciones (p.e. la toma del Capitolio del 6 de enero de 2021).


La renovada candidatura incontestada de este ex -presidente, investigado por el Congreso norteamericano, debería haber sido el meta-resultado de las elecciones parlamentarias y de gobernadores de mitad de ciclo (“midterms”) en proceso de conclusión en Estados Unidos según las expectativas del predominante radicalismo republicano. Pero el aplastante triunfo de sus candidatos parlamentarios y estaduales (la “ola roja”) no ha ocurrido.


Aunque lo probable es que ese partido logre mayoría en la Casa de Representantes no es absolutamente claro que podrá obtener el mismo resultado en el Senado. Como van las cosas, en la Cámara Alta el resultado se definirá por apenas un escaño dependiendo de la voluntad electoral de unos pocos Estados pequeños (especialmente Georgia que irá a segunda vuelta a principios de diciembre).


Pero si la erosión de la ventaja republicana (es decir, del trumpismo) es un logro del electorado demócrata y de muchos indecisos, ella no parece suficiente para revertir la extrema polarización, la manipulación política y, en consecuencia, el status de la deteriorada democracia norteamericana. Ello no obstante, la gobernabilidad del país será menos compleja.


En efecto, ahora quizás el Ejecutivo ya no se vea en la necesidad de gobernar a través de “acciones ejecutivas” en tanto será menos improbable que algunas leyes puedan contar con la aprobación del partido republicano. Y en política exterior es posible que se logre algunas coincidencias (política migratoria quizás) aunque bastante alejada del “bipartidismo”.


La ausencia de “bipartidismo” seguirá ofreciendo a los competidores de Estados Unidos grandes ventajas. Por ejemplo, la promoción externa de los valores liberales será menos creíble (Estados Unidos ha empezado a negociar con regímenes como el de Maduro aunque sobre asuntos aún marginales) mientras que si potencias desafiantes del sistema (China, Rusia) aceptan que ciertos valores son universales, ellas afirman que dichos valores no tienen la misma interpretación en diferentes sistemas civilizacionales.


La implementación de esa piedra angular de la política norteamericana será cada vez más difícil por la sencilla razón de que el momento unipolar terminó con la realidad de la transición a un nuevo e incierto sistema multipolar que el poder norteamericano no puede revertir y al que los desafiantes aspiran.


Y no podrá revertirse no sólo por la emergencia de esas nuevas potencias con gran capacidad de desafío y confrontación sino porque el propio Estados Unidos viene cuestionando las normas del orden liberal que ayudó a crear optando sistemáticamente por propuestas nacionalistas de restauración de poder (“America is Back”, “Make America Great Again”), incremento el rol del Estado en el mercado más allá de las emergencias o recurriendo casi mecánicamente a la coerción económica que incrementa la falla de los mercados abiertos.


Cuando algunos internacionalistas sostienen que el resultado electoral norteamericano, mejor que el temido predominio radical trumpista, permitirá sustentar la continuidad de la política exterior (Haas) quizás ellos no estén incluyendo estas consideraciones antisistémicas en su pronóstico. Más bien, ellos parecen referirse a políticas específicas en relación a la contención en el Océano Índico, a la liberalidad con que se ha intervenido con la OTAN en la defensa legítima de Ucrania, al fortalecimiento de alianzas, al incremento de las propias capacidades o la contención del desafiante sistémico (China) y la inmovilización de desafiante inmediato en Europa (Rusia).


De otro lado, en un escenario general de ajuste antinflacionario, perspectivas recesivas (ahora mitigada en Estados Unidos) y de incrementales demandas económicas para afrontar amenazas globales (como las relativas al cambio climático evidenciadas en la COP 27 de Egipto) será difícil que Estados Unidos potencie decisivamente su influencia económica en escenarios que ha abandonado parcialmente haciendo sitio a la creciente presencia del competidor sistémico (el caso de la inversión china en América Latina).


Ese tipo de continuidad no favorece ni a la primera potencia ni a regiones marginales (Asia ni el Medio Oriente son marginales) que no sea, quizás, África. A la luz de estas elecciones las perspectivas de América Latina no parecen haber mejorado en términos de despliegue de recursos. Pero quizás veamos un mayor cooperación norteamericana con Brasil, Colombia y, eventualmente, Venezuela en el marco ecológico, de seguridad, político y de migraciones.


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