• Alejandro Deustua

Estados Unidos: ¿Ajuste con Crecimiento?

Mientras en el último Estado de la Unión el Presidente Obama se refirió al desafío económico fundamental de la única superpotencia (reducir el inmenso déficit y, al mismo tiempo, promover el crecimiento), la apariencia introspectiva del mensaje tendrá un impacto considerable en el sistema internacional.


En efecto, la redistribución del poder mundial estará ligada quizás menos a la reactivación del consumo norteamericano que a la recuperación de los fundamentos económicos de la primera potencia.


Así lo muestra un déficit insostenible de 10.6% del PBI con proyecciones superiores si no se reduce a partir de octubre del 2011 mientras el gobierno contribuye a estimular un crecimiento de 3.8% y a reducir el desempleo de 10% a 9.2% el próximo año fiscal. El presupuesto que deberá ocuparse de estos menesteres será de US$. 3.8 millones de millones (si el Congreso lo aprueba).


En la época de grandes conmociones del mercado antes que de grandes diseños políticos, ese presupuesto es el mayor de la historia norteamericana, el déficit es el mayor desde la Segunda Guerra y la época de la cual proviene ha sido estigmatizada por un lugar común: la “década perdida”.


El modelo de crecimiento referido –que, en el contexto de dos guerras, cortó impuestos, incrementó la segregación de la economía financiera de la real, no generó empleo suficiente y sí una gran crisis- ha sido fustigado por Obama al plantear el desafío de reajustar y progresar aunque sin presentar una gran meta política al respecto.


En lugar de ello, las soluciones del presidente norteamericano tienen la apariencia del pragmatismo cuya imposible carencia ideológica confirma un mayor rol del Estado en apoyo del mercado en el corto y largo plazo.


En el corto plazo, el gobierno se concentrará en ayudar a generar empleo mediante incentivos tributarios y crediticios a las pymes y familias (no a los que ganan más de US$ 250 mil), inversión en infraestructura y programas sociales (reforma de salud y educación).


En el largo plazo, mejorar los fundamentos de la economía real implicará la reforma del sistema financiero (transparencia, mejor evaluación del riesgo y actividad bancaria separada, en lo posible, de la actividad especulativa). Antes que en el mercado bursátil, el complemento oficial será el comercio exterior. El objetivo es duplicar las exportaciones en cinco años.


La agenda incluye la búsqueda agresiva de nuevos mercados mediante posibles acuerdos comerciales ad hoc (TLCs ) y dudosos arreglos globales (Doha). El enfoque tiene un sesgo exportador que reactivará el debate liberalismo-mercantilismo. Pero bien pudiera servirnos si se va a buscar socios afines (como Corea del Sur, Panamá y Colombia) siempre que la demanda no sucumba a la desaceleración.


Por lo demás, el sesgo estratégico se define en el eje Pacífico-Asia del Sur-Golfo Pérsico (un nuevo E-O transpacífico que no rinde honores a la prioridad transatlántica y menos a la interamericana). La rápida enumeración del resto de la agenda global norteamericana destacó la prioridad económica e introspectiva del mensaje.


Si Estados Unidos espera mantenerse como primera potencia en el largo plazo, tendrá que hacer mucho más que lo anunciado. Luego de un año redefinitorio, ha dado un primer gran paso. Por el bien de Occidente y del mundo, esperamos que tenga éxito. Para ello no bastará el “soft power”: el cambio del sistema internacional requiere del concurso de todas las capacidades norteamericanas y de confirmar a sus socios.



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