• Alejandro Deustua

El Impacto de una Crisis Agravada en el Comercio Regional

En el marco de una alerta recesiva emitida por la OECD y con una proyección de crecimiento de los países desarrollados revisada hacia abajo para esos países (1.9%), ese organismo proyecta un crecimiento del comercio internacional este año del orden de 6.7% seguido de un mayor deterioro a 4.8% en el 2012 (1). Ello contrasta fuertemente con el 14% de crecimiento de los intercambios en el 2010 luego de una gravísima contracción de -12% en el 2009 registrada por la OMC (2). Si, como se sabe, el comercio es una principal vía de transmisión de crecimiento y de desaceleración de la perfomance global, la proyección de la OECD indica que las economías emergentes serán afectadas por la contracción del PBI global. Y lo serán más importantemente si la Unión Europea, la mayor unidad comercial del mundo, cae en la recesión anunciada. Su impacto sistémico sería indiscutible.


Ello afectará más a aquellos países con mayor exposición a la volatilidad del comercio global (amplificación del impacto de las altas y bajas de la perfomace) y, en especial, a aquéllos que evidencian una vulnerabilidad estructural a los precios de de las materias primas. El factor atenuante es, en este rubro, conocido: la menos intensa desaceleración de la demanda asiática permitirá amortiguar el impacto contractivo de los intercambios en regiones como América Latina.


Especialmente si esa desaceleración relativamente benigna ocurre en un mercado que, como el asiático, es el segundo en el mundo (28.4% de participación comercial global). Pero ello no debe ser un incentivo para la desatención.


Mucho menos cuando América Latina comercia con la Unión Europea 18.7% del total. Si bien ese volumen es menor al intercambio con Estados Unidos (23.9%), con la propia región (23.8%) y con el Asia (23.2%), la afectación potencial de un quinto del comercio regional con un territorio aduanero que representa el 39.4% del total de los intercambios globales es un asunto mayor.


Más aún cuando el comercio con esa área es mucho más diversificado que el que Latinoamérica realiza con Asia (esencialmente commodities) y está comprometido con fuentes de financiamiento (los bancos europeos) que, con importante presencia en la región, están expuestos, a su vez, a los serísimos problemas de la deuda europea.


Y aún cuando los intercambios con la Unión Europea no sean uniformes (son muchos más intensos en el sur que en el norte de la región), el proceso de degradación global, reflejado en la intensificación del comercio intra-regional no es una buena noticia si éste no es bien aprovechado o si, en términos comparativos, ese comercio (como sucede en el caso latinoamericano) es mucho menor al que ocurre en Europa, Norteamérica y Asia.


En efecto, mientras que el comercio intra-regional europeo ha sido siempre una fuente sustantiva de bienestar, no sorprende su incremento en el marco del ligero repunte del año pasado. La OMC lo establece en 65% del total (aunque, en el desagregado, lo estima en 71%) proporción que lo identifica con el carácter del primer mercado del mundo.


Norteamérica, de otro lado, ha incrementado sustancialmente el componente intra -regional de sus intercambios hasta 49% mientras que el Suedeste asiático (25%) también lo ha hecho aunque por debajo del más del 40% atribuido por otras fuentes al Asia en general. En cambio, los países del MERCOSUR apenas comerciaron entre sí 16% de su comercio en el 2010 y los de la CAN lograron un minimalista 8% (ambos por debajo de sus récords históricos). Ello implica que el MERCOSUR y la CAN transan con el mundo 84% y 92% de sus intercambios, respectivamente. Si de esos montos se resta el 23.8% atribuido al comercio intralatinoamericano, el comercio extraregional sigue siendo mayoritario y, por tanto expuesto, bajo las actuales circunstancias, a las vulnerabilidades del caso. Especialmente si el componente industrial del comercio de la CAN (50% aproximadamente) es, al revés del MERCOSUR (71.9%), muy poco diversificado. A ello debe agregarse el escasísimo peso que el mercado regional tiene en el mundo (apenas 4% de participación vs. 16.9% de Norteamérica, 28.4% del Asia y 39.4% de la Unión Europea) y el hecho de que sólo México, Brasil y Chile aparezcan entre los primeros 50 exportadores (con 2%, 1.3% y 0.5% en los puestos 15, 22 y 40, respectivamente según la OMC). Si el peso en el mercado implica poder de afectar los precios, la región sigue siendo, en términos generales, tomadora de precios (salvo por algunos commodities).


Ello es una muestra adicional de la imperecedera vulnerabilidad comercial de la región, de su mala inserción global y del estrecho margen que ostenta para adoptar medidas correctivas en un contexto de crisis. Como es evidente, la mejor medida sería el incremento sustantivo del comercio intra-regional. Pero ello sólo ocurrirá en el largo plazo si la integración evita los obstáculos a la diversificación que la ideología ha traído al área.


Mientras tanto, será conveniente adelantar ciertas medidas como fondos de estabilización, promoción hiperactiva de exportaciones, medidas cautelares en el marco de la OMC y ciertas políticas industriales para el futuro. Teniendo en cuenta que la crisis agudizará el carácter primario exportador de las economías de la región, es necesario volver a pensar en políticas que estimulen la diversificación de su oferta exportadora y de su industrialización creadora de comercio.


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