Desnuclearizando a Una Teocracia
- Alejandro Deustua

- hace 4 días
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2 de marzo de 2026
En efecto, Irán no debe acceder a un arma nuclear ni a misiles para su lanzamiento. Una teocracia totalitaria y beligerante, aliada de potencias antisistémicas, desafiante del régimen de no proliferación y patrocinadora principal del terrorismo internacional ciertamente no debe disponer de aquel poder. Si tales disfunciones hubieran impedido una deposición negociada del arma nuclear, el uso eficaz de la fuerza para denegar su adquisición no puede ser condenado.
El costo de no ejercerla puede no reflejarse en una “amenaza inminente” como plantea el presidente Trump. Pero sí en un riesgo creciente que, una vez cruzado el umbral de negociaciones fallidas, se puede concretar catastróficamente.
De alguna manera, éste fue el caso de Corea del Norte cuyo gobierno dictatorial, pretendiendo considerar ofertas occidentales de toda naturaleza durante un par de décadas, desarrolló el arma nuclear y los medios para usarla transcontinentalmente. No confrontar al símil iraní en el Medio Oriente, que es más volátil que el Asia del Este que alberga a Corea del Norte, habría sido una omisión inaceptable.
La acción que se emprende para neutralizarlo merece entonces respaldo. Éste no puede, sin embargo, traducirse en apoyo incondicional. Menos cuando esa acción registra antecedentes de imprudente gestión. En efecto, en junio pasado la operación antinuclear norteamericana, extraordinariamente precisa, fue políticamente reportada como logro general indicando arrasamiento de las capacidades nucleares iraníes y notable postergación de la voluntad de reconstituirlas.
No muchos estados mostraron disposición a cuestionar los resultados presentados pero tampoco confiaron plenamente en el reporte del presidente Trump. Esa divergencia pudo añadir un grano de desconfianza a la que hoy se acumula en Occidente al respecto. Por ello y por necesidades elementales de la seguridad colectiva hoy requerida frente a la escalada del conflicto era necesario informar oportunamente a los aliados norteamericanos de la iniciativa.
Si ello no ocurrió, tampoco se ha producido la indispensable coordinación del Ejecutivo con el Congreso norteamericano. Éste, por requerimientos constitucionales y de consenso interno, es quien declara la guerra. Y, como es evidente, las acciones militares en Irán son actos de guerra, no meras operaciones militares.
Por lo demás, teniendo en cuenta que la economía internacional, ya sensibilizada por el unilateralismo de la política comercial norteamericana, será adicionalmente impactada por las acciones bélicas, era menester que el presidente Trump informara formalmente a su población (y al mundo) sobre la campaña que emprendía en lugar de recurrir a un escueto mensaje de medianoche. Aunque las operaciones no han sido completamente sorpresivas, su anuncio adecuado habría atenuado expectativas irracionales en los mercados y permitido adoptar medidas preventivas de bloqueos marítimos que hoy afectan el valor y volumen de las transacciones internacionales.




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