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Cuba: Cambio o Muerte

  • Foto del escritor: Alejandro Deustua
    Alejandro Deustua
  • hace 3 días
  • 3 min de lectura

18 de agosto de 2026



Cuba atraviesa una renovada crisis existencial. Ésta es más grave que la que padeciera durante el “período especial” después del quiebre del aliado fundamental: la Unión Soviética. A la catástrofe económica expresada en pobreza generalizada se agrega hoy la decadencia demográfica, el colapso de los servicios básicos y la impotencia de una dictadura en la oferta de soluciones eficaces contrastando, escandalosamente, con su capacidad de reprimir para perdurar.


Sin embargo, a pesar de esa palpable dimensión expresada en masivas protestas, la crisis no puede medirse con exactitud debido a la carencia de estadística fiable. La privación de la misma es otra manifestación del poder totalitario cuyo único sustento es la férrea estructura del partido comunista, las fuerzas armadas y el núcleo castrista que sobrevive al déspota que gobernó durante medio siglo.


A estos efectos hay que guiarse por estimaciones de las fuentes más serias. Éstas, concordando en la magnitud de la catástrofe, divergen entre sí en la evaluación de su métrica. En ese marco, se considera que la contracción de la economía cubana sería del orden de -14.2% en los últimos 4 años si las estimaciones de la CEPAL y del EIU pudiesen complementarse (CEPAL estima la contracción de este año es -6-5%). Esa magnitud contractiva sólo es comparable con la del “período especial” entre 1989-1993 cuando, sólo en ese último año, el producto cayó -14.9% según cifras del Banco Mundial. En contraste, se registraron en Cuba tasas positivas en el período intermedio 1994-2018 (entre 0.7% en 2000 y 2.2% en 2018 con un pico de 12.1% en 2006).


Si los ciclos de perfomance de esa economía evidencian fuerte inestabilidad de largo plazo, hoy en medio de la peor crisis en un cuarto de siglo, el ciclo contractivo no tiene repunte a la vista. En efecto, el comercio exterior está casi ha detenido (algunos lo miden observando el tránsito de buques), la producción de cemento y azúcar (principales productos) se ha derrumbado, el turismo y servicios anexos es ínfimo y la crisis energética (petróleo y electricidad) se refleja en desabastecimiento y apagones a constantes (algunos a nivel nacional).


En tanto el “orgullo del gobierno” impide que éste reconozca oficialmente la dimensión de los hechos según algún periodista cubano, las medidas de mitigación efectiva no se adoptan, la apertura es sectorial e insuficiente y la administración de las empresas cubanas siguen a cargo de una entidad de la fuerza armada (GAESA). Como resultado, el PBI per cápita en el estado comunista es menor que el de Haití.


Tal naturaleza de estado se estableció en la isla a partir de 1961cuando el nacionalista Castro se declaró “socialista”. Desde esa fecha la megalomanía castrista y su traducción geopolítica atada a la Unión Soviética llevó a su país a cobijar la crisis más peligrosa de la Guerra Fría: en 1962 los misiles soviéticos instalados en la isla llevaron al mundo al borde de la guerra nuclear, inminencia felizmente detenida por Kennedy y Kruschev a pesar de Castro.


Sin embargo el mesianismo castrista encontró solaz en la promoción de la guerra de guerrillas en Suramérica (glorificada en la épica guevarista), en el intento de lograr status de potencia con expediciones militares al África (especialmente a Angola), en la interferencia de gobiernos afines (la visita de casi un mes al socialista Allende), en la manipulación agresiva de la emigración cubana (la invasión de la embajada del Perú en La Habana que, en 1980, antecedió al éxodo de Mariel cuando125 mil cubanos escaparon a Estados Unidos) o en el recurso al clamoroso intervencionismo del servicio de inteligencia cubano.


Y cuando la Unión Soviética se desintegró, Castro encontró en Chávez al aliado desestabilizador funcional a su apetencia regional mientras mantenía el vínculo estratégico con Moscú. Si Cuba nunca fue un factor de cohesión en el Caribe del que es pieza central, con Castro devino en violento desestabilizador hemisférico.


Sin embargo, el presidente Trump no ha recurrido a ese historial para intensificar las sanciones económicas sobre el gobierno cubano. En lugar de ello ha apelado a los presuntos vínculos de éste con organizaciones terroristas (Hamás, Hezbolá) y del narcotráfico (además de violaciones a los derechos humanos) para declarar a Cuba como “amenaza inusual y extraordinaria” a la seguridad nacional y a la política exterior norteamericana estableciendo al respecto una “emergencia nacional”.


Al desconocer la historia y recurrir a una errada declaración de emergencia (que ya ha sido pretexto para la imposición de aranceles a la totalidad de sus socios) Trump brinda argumentos a quienes sostienen, equivocadamente, que Estados Unidos es el responsable determinante de la crisis cubana. Los ciudadanos cubanos se merecen una solución distinta que, por presión popular, negociación, mayor coerción o iluminación súbita permita transitar hacia un gobierno legítimo y un mercado abierto. Para ello requerirá asistencia colectiva.


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