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  • Alejandro Deustua

APEC y la Cumbre Coreana

21 de noviembre de 2005



Los 21 Jefes de Estado responsables del 57% del PBI global, de las economías de más rápido crecimiento y de los flujos comerciales más dinámicos declararon, durante la XIII cumbre de la Apec, sus buenas intenciones en relación el sistema de comercio mundial. Sin embargo no dieron cuenta oficial de las vulnerabilidades económicas que sus exitosas prácticas acarrean a la estabilidad global.


En efecto, el documento final de la cumbre de Corea expresa la decisión de sus miembros de mejorar las condiciones del comercio internacional en la siguiente fase de la Ronda Doha (Hong Kong, diciembre 2005). Pero no mencionó cómo ayudarían los países miembros a corregir los extraordinarios desequilibrios económicos derivados del desbalance comercial que caracteriza los flujos en la cuenca del Pacífico ni cómo atajarían la vulnerabilidad de aquéllos a los altos precios del petróleo de la que son, en buena parte, responsables.


Aunque esta problemática sí fue presentada (Apec Economic Outlook 2005) y probablemente discutida, el documento de la reunión no da cuenta de media correctiva alguna. Si los Jefes de Estado deseaban indicar con tal omisión que la preocupación global sobre los extraordinarios déficits de cuenta corriente norteamericanos complementarios de los inmensos superávits comerciales asiáticos expresada en otros foros globales es menos relevante que la necesidad de no perder el paso del crecimiento, no fue ésta la manera más responsable de hacerlo.


Si es verdad que de la perfomance norteamericana y asiática depende el sostenimiento de buena parte de la demanda global (o una “desaceleración saludable” que, en la Cuenca del Pacífico, supondrá una tasa de crecimiento de 3.6% al 2010), no lo es menos la necesidad de corregir esos desequilibrios mediante políticas específicas antes que por la inercia del mercado. Especialmente cuando el intenso dinamismo de las economías norteamericana y asiáticas ya reportan sensitividad a la inflación reflejadas sólo parcialmente por el incremento de las tasas de interés del FED. Es verdad que la omisión puede reflejar el ánimo plurilateral de evitar confrontaciones cuando las altísmas tasas de crecimiento comercial en el área (20.1% para las exportaciones, 20.6% para las importaciones en el 2004) registrarán este año una significativa desaceleración (11.8% y 14.7%, resepectivamente) a pesar del incremento del flujo de la inversión al Asia. Sin embargo, la magnitud de tales tasas de crecimiento comercial no explican tanto celo. Puede ser que, como dice el presidente de México, el progreso que genera el comercio en el ámbito de la Apec reflejado en empleo y bienestar permita, a diferencia de lo que ocurre en ciertos países latinoamericanos, tratar estos temas con menor estridencia. Pero ello no debiera ser óbice para que la cultura del consenso intra-Pacífico reflejara mejor la realidad del riesgo en aras del bienestar global.


Para la autocomplacencia de la Declaración de la cumbre de Corea no llegó al punto de la despreocupación por la estabilidad económica internacional. Como se ha dicho. Al contrario, en ella los Jefes de Estado se empeñaron en destacar su compromiso con el buen desarrollo de Ronda Doha que debiera reflejarse, en diciembre, en una reducción de subsisdios a las exportaciones agrícolas y en un abatimiento correspondiente de aranceles. Ésta disposición global, también orientada a presionar a la Unión Europea, sólo puede ser saludada por los países en desarrollo. Sin embargo, hubiera sido más útil si aquélla hubiera incluido más explícitamente las ayudas internas a la producción agrícola y si las preocupaciones emergentes por la proliferación de los acuerdos bilaterales y plurilaterales de libre comercio presentes en la discusión se hubieran expresado en el documento con igual franqueza. En efecto, si bien a los participantes les fueron presentadas las dificultades que acarrea la complejidad administrativa de dichos acuerdos (que se cobran, probablemente, en desvío de comercio), éstas tampoco se reflejaron en el documento final.


Es más, a pesar de que dicha Declaración tiene un fuerte componente multilateral (que incluye, además, otros temas, como la seguridad y la salud) y hasta podría ser origen de un nuevo renacimiento de este tipo de diplomacia económica, no dio cuenta de la realidad de los más de 50 acuerdos bilaterales firmados por las partes. Por cierto, el entusiasmo latinoamericano por ellos no sólo quedó incólume sino que Chile y Perú agregaron a su bagaje a la China y Tailandia, respectivamente. La magnitud de esta realidad debió merecer por lo menos un acápite sobre el regionalismo abierto.


En este contexto formalmente multilateralista, la oferta norteamericana de reducir 60% de subsidios agrícolas y 90% de las tarifas correspondientes complementada con la exigencia del G20 de una reducción real de 54% en la materia, incrementa la presión sobre la oferta de la Unión Europea de reducir sólo 38% de los subsidios a cambio de aperturas mayores en bienes y servicios.


Al respecto debe decirse que no deja de ser excepcional que de un grupo regional de integración flexible (la Apec) en el que el comercio administrado campea, emerja la posibilidad de avanzar en una negociación de fuerte desmontaje de barreras globales al comercio.

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