• Alejandro Deustua

Venezuela: Una Amenaza Militar En Ciernes

Según algunos, Venezuela no constituye una amenaza militar. El argumento se basa en que su gasto en el sector (1.5% del PBI) es relativamente bajo y sus compras de armamentos el año pasado (US$ 2 mil ó US$ 3 mil millones) no fueron de naturaleza ofensiva "a diferencia de las de Colombia y Chile". Ello es francamente cuestionable.


Para empezar, debe recordarse que Venezuela tiene una doctrina militar en la que la amenaza de un ataque externo prevalece sobre las prioridades de la cooperación con los vecinos.


En efecto, el presidente Chávez insiste, en términos explícitos y agresivos, que Venezuela se prepara intensamente para detener una invasión norteamericana. Aunque la hipótesis del ataque parece improbable en el escenario suramericano (el área del intervencionismo abierto norteamericano se ha limitado históricamente a Centro América y el Caribe), Chávez agita esa bandera belicista de un modo tal que pareciera dirigirse ya no a la primera potencia sino a quien considera como aliados de la misma en la región (quizás Colombia o, extravagantemente, Perú).


Ello genera un activismo militar extraordinario en un país gobernado por un jefe militar que tiene una noción geopolítica y hostilmente ideológica ("socialismo, patria o muerte" es la consigna que deben gritar hoy sus soldados) del destino venezolano. Y que, por lo demás, ésta atado a su aliado fundamental, Cuba, con el que Venezuela ha comprometido tanto su defensa como el cuidado de su herencia política de acuerdo a los pronunciamientos de Chávez.


Al respecto es pertinente recordar que Cuba tiene cualidades estratégicas que han aspirado a un status de potencia mayor empleando también alianzas antisistémicas, expediciones militares extraregionales y promoción activa de la subversión guerrillera en Centroamérica y Suramérica.


En el primer caso, la megalomanía castrista llevó la alianza con la URSS al borde de la guerra nuclear y al compromiso del conjunto hemisférico como primer escenario (la crisis de los misiles de 1962). En el segundo, la fuerza armada cubana se desplegó en África donde conquistó status militar y probó su capacidad extraregional gracias ala capacidad de transporte de la fuerza aérea soviética. Y en el tercero, los latinoamericanos fuimos víctimas del intento militar cubano de establecer el comunismo en la región mediante la sistemática agresión guerrillera. Ello terminó inviabilizando la democracia en nuestro continente y consolidando la dictadura militar escudada en las necesidades de la defensa.


Esa herencia estratégica ofensiva es la que Venezuela desea preservar de su alianza castrista. Su doctrina genérica de proyección es el denominado "socialismo del siglo XXI". Si no lo es, Chávez no ha hecho nada para mostrar algún distanciamiento de Cuba (especialmente para el caso de una transición pacífica hacia la democracia en la isla) ni un menos estridente compromiso ideológico (en lugar de ello, Chávez parece evolucionar hacia el totalitarismo).


Allí está, en cambio, su agresiva asociación con Irán en momentos en que esa potencia desafía a la ONU sin variar un milímetro el curso del proceso de adquisición de poder nuclear. Y también la reciente compra de armas en Rusia.


En la percepción venezolana, ésta adquisición no se realiza sólo a una fuente alternativa por imposibilidad de adquirir armas en Occidente como ocurrió con las fuerzas armadas peruanas en la década de los 70 del siglo pasado. Más allá de la intención rusa, la adquisición de armas en esa fuente tiene el contenido estratégico del contrapeso a Occidente en momento en que se percibe que el orden mundial no sólo está mutando sino que tiende a brindar a Rusia un nuevo e influyente rol que hoy fricciona con Estados Unidos y la Unión Europea.


Esta predisposición estratégica brinda racionalidad sistémica a las compras venezolanas. Los 100 mil Kalshnikovs y la eventual instalación de una fábrica rusa de armamento ligero en Venezuela dice mucho de ello y brinda otra dimensión al peligro del uso de esas armas.


En efecto, éstas podrían ser distribuídas entre fuerzas paramilitares (en tanto el ejército regular venezolano no tiene esa cantidad de efectivos) con el pretexto de la improbable invasión norteamericana. De otro lado, éstas podrían ser destinadas a apoyar a las fuerzas de las FARC en la vecina Colombia si alguna circunstancia lo requiriera.


Por lo pronto la justificación de este último escenario se aclara con la compra de 54 helicópteros de combate rusos que ciertamente no servirán para luchar contra Estados Unidos sino, eventualmente, para la lucha asimétrica y/o anti-tanques en el escenario colombiano.


Ese escenario es alternativo a la disposición a adquirir predominio aéreo en el Caribe. Allí está la compra de 24 aviones SU-30 MK2 de la más alta tecnología y el sistema misilero TOR. A ello se añadiría la adquisición de 8 ó 9 submarinos (más de los que posee el Perú) que consolidarían el predominio marítimo venezolano en el área.


Por lo demás, estas compras ya no ascenderían a los US$ 3 mil millones originalmente estimados sino a US$ 8 mil millones según un citado estudio de Nueva Mayoría.


A mayor abundamiento, debe tenerse en cuenta que, además del escenario no convencional, Venezuela mantiene diferendos territoriales clásicos con Guyana y con Colombia (el petrolero Golfo de Venezuela) además de controversias marítimas con islas del Caribe. Todos ellos pueden ser activados por razones estratégicas.


A la luz de estos hechos, es necesario observar con mucha atención el desarrollo del poder militar venezolano. Especialmente si su gobierno no está empeñando, como sí lo están otros suramericanos, en esfuerzos conjuntos de seguridad colectiva. Por lo pronto, afirmar que Venezuela no constituye una amenaza militar en el área parece impropio porque tiene capacidad militar incrementada y posible intención de hacer uso de ella.



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