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  • Alejandro Deustua

USA: Confianza (Excesiva) y Fuerza

Confianza y fuerza fueron las características que el presidente Bush atribuyó a su país en el mensaje anual sobre el Estado de la Unión. La certeza de estar ganando la guerra contra el terrorismo y de ser el motor del crecimiento de una economía mundial en expansión (4%) otorgaron al mensaje un tono optimista y épico lejano de la autocrítica y cercano a la contienda electoral que debe celebrarse en noviembre de este año. Si se considera sólo la racionalidad que estructuró el mensaje, algo nuevo pudo encontrarse en él. Si Estados Unidos tiene un sentido de misión expresado en la promoción global de valores liberales antes que una vocación de imperio, la inspiración divina atribuida a aquellos le dio un carácter de teocrática infalibilidad. Con esta filosofía, la primera potencia continúa ubicándose en el escenario que cuenta: el de la guerra abierta. Aquí la amenaza es doble. De un lado, el terrorismo y los regímenes que lo albergan (ya no el "eje del mal") que, aunque disminuidos, permanecen activamente hostiles. Del otro, la sensación interna norteamericana de que el peligro ha pasado es, en tanto ilusoria, falsa y, por tanto, peligrosa. Los escenarios bélicos se ubican en el Medio Oriente, el Africa y el sur del Asia. Al respecto, puede asumirse que el hecho de que América Latina no haya sido citada no la excluye necesariamente de ese campo.


La estrategia para librar esta guerra exitosamente es la misma: la ofensiva militar, una diplomacia bien respaldada en la fuerza que permita que la palabra norteamericana no sólo sea creíble sino que no sea puesta en duda por el enemigo y el apoyo de aliados (34 países cooperando en Irak). Este último argumento, que describe la internacionalización de la guerra, fue esgrimido contra los que piensan que es necesario multilateralizarla aún más. Para sustentar el punto de que Estados Unidos no requerirá permiso para defenderse de la agresión real o potencial, el presidente Bush aseguró que el casus beli respecto a Irak se ha justificado por el descubrimiento de programas vinculados a la producción de armas de destrucción masiva en la tierra de Hussein cuyo desarrollo hubiera hecho aún más peligroso al ex tirano. Llama la atención que el presidente Bush no hiciera referencia, en este caso, a lo evidente: que las resoluciones de la ONU sobre Irak enumeraban, de manera desagregada, las armas de las que Hussein no había dado cuenta pese a las continuas exigencias del Consejo de Seguridad. Dado que este es el punto sobre el que se basa la credibilidad de la acción militar, ésta sigue estando en juego.


Los que apoyamos esa acción in extremis nos basamos en ese hecho -ahora cuestionado-, además de la inédita presencia, en la ONU, del núcleo completo del ejecutivo norteamericano vinculado a los asuntos de seguridad. Esa presencia -además de la argumentación británica y española- sustentó una solicitud de apoyo que fue razonablemente brindada, sigue requiriendo explicación mejor argumentada.


En cuanto a los resultados, la descripción de la liberación de Irak no fue acompañada por una referencia sensata a los inmensos obstáculos encontrados en el proceso de reconstrucción y tampoco por un llamado explícito a la reconciliación con los que discreparon de la posición norteamericana. Sin embargo, fenómenos estabilizadores, como la deposición libia de sus armas de destrucción masiva, fueron subrayados (el caso de Irán, sin embargo, no fue mencionado). A ello contribuyó la reiteración del objetivo estratégico fundamental: lograr la apertura de los regímenes del Medio Oriente para estabilizar la zona (sin embargo, ninguna alusión se hizo al conflicto central: el palestino-israelí). Los vacíos del mensaje, incrementados por la falta de mención al problema del narcoterrorismo en nuestra región, fueron cubiertos apenas por una referencia optimista a la evolución de la economía norteamericana (crecimiento con cambio tecnológico), el arreglo temporal para el problema de las migraciones y alusiones especiales a los temas internos de educación y salud. La confianza del presidente Bush pareció excesiva y, por tanto, poco prudente.

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