• Alejandro Deustua

OTAN: Un Nueva Estrategia de Defensa y Seguridad (Con Mucho de Continuidad)

En una reunión cumbre (Lisboa) la OTAN acaba de lanzar el nuevo concepto estratégico “Compromiso Activo, Defensa Moderna” (1) que debe orientar sus tareas de seguridad y defensa durante la próxima década, por lo menos. Sin embargo, a pesar de la expectativa creada, no hay mucha novedad en ese instrumento en relación a la práctica reciente de la mayor alianza militar, mucho de necesaria confirmación de roles y una identificación de desafíos y amenazas rescatados de la ambigüedad.


Sobre la base de un documento preparado por una comisión presidida por la ex - Secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, la estrategia fue aprobada en una sesión “aburrida” (así la definió la prensa con la venia del presidente Obama) por la sencilla razón de que todos estuvieron de acuerdo.


La dimensión de ese consenso dice mucho de la importancia que los miembros otorgan a la relación euro-atlántica a pesar de que Estados Unidos y varios de los aliados europeos se focalizan crecientemente en Asia, de la fricción económica que genera la heterogeneidad de políticas para afrontar la crisis, de una nueva distribución de poder emergente en Europa (la innovadora relación estratégica franco-británica, la reinventada posición antinuclear alemana y el abandono germano de la conscripción obligatoria), de la pérdida de poder relativo de Estados Unidos y de posiciones divergentes sobre la permanencia en Afganistán (donde Estados Unidos estará presente en posición beligerante por lo menos hasta el 2014).


Pero si estas contradicciones encuentran explicación en los niveles de cohesión de la Alianza, no deja de ser sorprendente que estando la OTAN comprometida en una guerra compleja (Afganistán), sus representantes reporten una situación de paz. Ello no corresponde a la realidad y probablemente sea una referencia a que la Alianza no está involucrad en ningún conflicto convencional (cuya probabilidad es, además, baja).


Dicho esto, la estrategia empieza por lo básico: reconfirmar el rol “único y esencial” de la Alianza Atlántica, la vigencia de la comunidad atlántica sustentada en valores liberales de vocación universal (libertad individual, democracia, derechos humanos e imperio de la ley) y la cláusula de solidaridad (el artículo 5 que establece que el ataque a uno es un ataque a todos).


Sobre esta reafirmación de su status fundamental, la OTAN plantea su estrategia de confrontación de desafíos en un escenario incierto y cambiante (a diferencia de la Guerra Fría) y en dominios tradicionales (la defensa y seguridad de la población y territorio de sus miembros), multilaterales (esencialmente funcional al Consejo de Seguridad de la ONU) y en áreas no convencionales (la confrontación de los desafíos y amenazas conocidas como globales).


Y aunque estas últimas amenazas son relativamente nuevas, no lo son tanto como para marcar un punto de inflexión para el ejercicio de la fuerza, los roles correspondientes y la disposición a asociarse con terceros que marcaron la evolución del comportamiento de la OTAN en la inmediata postguerra fría (cuya conceptualización data de 1994).


Así la Alianza seguirá siendo nuclear en tanto subsistan armas y amenazas nucleares, la correspondiente responsabilidad operativa seguirá recayendo en Estados Unidos, el Reino Unido y Francia y la disuasión será su modus operandi. La búsqueda de un mundo sin armas nucleares, que fue uno de los puntos clave del discurso de Praga del presidente Obama, seguirá siendo una aspiración en el marco del tratado de No Proliferación.


En ese marco se desarrollarán políticas de control de armamentos y desarme de manera recíproca y transparente y buscando el nivel de fuerza más bajo posible. De otro lado, la dimensión nuclear de la Alianza mantendrá un aporte convencional basado en capacidades robustas, flexibles y desplegables.


Ello tampoco es nuevo como sí lo es el fin de la polémica sobre un sistema de defensa antimisiles. Este sistema (“barato” en principio) requerirá de bases en tierra cuyo operatividad estará inicialmente vinculada a capacidades misileras en el mar y a cuyo desarrollo y adopción se ha invitado a Rusia. La novedad es que esta vez Rusia sí considerará la propuesta a pesar de que la OTAN insiste en su aspiración a extenderse a “toda” Europa.


Si hasta acá la aproximación a las capacidades no presenta mayores innovaciones, los roles a ejercerse tampoco las muestran en tanto asumen esencialmente prácticas preexistentes: la defensa colectiva (que a la respuesta contra la agresión directa agrega los desafíos de seguridad emergentes que arriesguen la seguridad fundamental de los aliados), la gestión de crisis (en las fases preventiva, de interposición y de estabilización) y la seguridad cooperativa (la asociación con países y organizaciones relevantes).


Estas tres tareas tienen un evidente componente extra-zona cuyo ámbito no está definido pero que se entiende vagamente como radio estratégico. Las tareas consecuentes confirman para la OTAN rol regionales, extra-regionales y, eventualmente, hasta globales.


Estos últimos son determinados por la identificación de amenazas globales específicas que requieren aprestamiento y respuesta: el terrorismo (especialmente el que tiene acceso a la innovación tecnológica y que se asiente en áreas estratégicas), el tráfico ilegal (de armas, de narcóticos y de personas), la amenaza cibernética (que puede alcanzar un umbral extremadamente dañino) y los problemas ambientales.


Una de las pocas sorpresas de la estrategia proviene de esta lista de amenazas. Confundidas con las globales aparece la amenaza sobre rutas vitales que, como se sabe, tiene una dimensión geopolítica tradicional aunque esté ligada, como en este caso, a la dependencia energética.


De otro lado, la disposición a asociarse con terceros relevantes tampoco incluye grandes innovaciones en relación a la práctica establecida. Al respecto la primera prioridad es otorgada, como es evidente, a la Unión Europea (que deberá clarificar el laberinto de la Políticas Exterior y Seguridad Común), la ONU (de cuyo Consejo de Seguridad la OTAN se considera prácticamente un instrumento), Rusia (cuyo vínculo, que data de la década pasada, ha mejorado sustancialmente) y a otras agrupaciones de países (como los del Diálogo Mediterráneo).


Lo importante de este mecanismo es que se presenta como abierto al mundo (aunque la selección correspondiente dependerá probablemente del radio estratégico). Ello abre posibilidades para los socios operacionales de la OTAN que comparten responsabilidades en ciertas áreas (Afganistán, por ejemplo) en tanto éstos podrán intervenir en el planeamiento de tales operaciones.


Nada se dice al respecto de otros socios extra-OTAN (por ejemplo, el caso de Argentina). En tanto ésta parece un área de exploración, países como los latinoamericanos podrían evaluar mejor la coincidencia de intereses con la OTAN para asuntos tan específicos como intercambio de información y transferencia conocimientos y capacidades para la de lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. Este debería ser un asunto de importancia en la agenda de las conferencias hemisféricas de ministros de Defensa como la que hoy se desarrolla en Santa Cruz (Bolivia) y de la inacabada evolución del sistema interamericano de seguridad colectiva.


Pero además de oportunidades, la experiencia de la OTAN ofrece algunas lecciones a nuestros países: la valoración de un régimen regional de seguridad que no se tira por la borda por el paso del tiempo o por la aparición de Estados divergentes y cuya antigüedad encuentra roles en los desafíos de la modernidad.


Y también la persistencia en ciertas reglas básicas de conducta como el desarme: si la OTAN dice no tener un adversario específico, sí considera que de la etapa de transición que vivimos puede emerger más de uno. En consecuencia el desarme no es una práctica que, activa o pasivamente, se realice unilateralmente prefiriéndose más bien laboriosos equilibrios con niveles de fuerza menores que no arriesguen la capacidades de seguridad y defensa básicos del régimen (la protección del territorio y de la población de la que ése es tributario) ni la búsqueda de estabilidad que mejor lo permita.



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