• Alejandro Deustua

Obama y el Viaje a Cuba

Antes que inaugurar una nueva era en la relación de Estados Unidos con América Latina, el Presidente Obama acaba de rescatar la relación cubano-norteamericana de una hostilidad histórica y la ha reorientado hacia la modernidad. Ésta ha sido expresada en esperanza de progreso para la isla, estímulo de la familiaridad cubano-norteamericana y expectativas de menor animosidad estratégica en el Caribe.


Aunque, al respecto, el hito fundamental se materializó con el restablecimiento de relaciones diplomáticas el 20 de julio del año pasado, la visita del Presidente Obama a La Habana ha logrado la redefinición del fundamento emocional con la que fue principal potencia revisionista en el Caribe y en América Latina. El cambio en la relación estratégica, sin embargo, está aún por verse (cartas como las del bloqueo económico y Guantánamo deben aún ser jugadas e imponderables como el impacto que tendrá la desaparición natural de los Castro o la tendencia de la nueva generación que lo reemplazará deben ser aún evaluadas).


Por lo demás, la prioridad emocional en la redefinición de la relación cubano-norteamericana se sustenta hoy además en un hecho concreto: con el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991 el vínculo bilateral perdió la calidad estratégica que la Guerra Fría le otorgó y volvió a poner en evidencia la rivalidad ideológica y el antagonismo nacionalista que la ha caracterizado. Los factores subjetivos volvieron a superar a los estructurales.


En consecuencia lo más apropiado en el discurso de Obama hubiera sido afirmar que el pasado que se enterraba con ese viaje era más el del antagonismo subjetivo entre ambos Estados y que el futuro que se buscaba dependía del abandono por Cuba del rol perverso y divisionista que ha desempeñado en la región hasta hace poco.


Ese marco era más apropiado el planteamiento de intereses coincidentes entre las partes que en el marco estratégico propuesto por el Presidente norteamericano: acabar con el último rezago de la Guerra Fría en América Latina. Ese planteamiento pareció más concordante con la situación parroquial cubana (y las intenciones de sus gobernantes en un mundo más complejo) que con la actual realidad material y estratégica de la isla.


En efecto, en el marco del desmoronamiento del ALBA y del colapso de la Venezuela chavista que reflotó el rol de Cuba con abundante filiación ideológica y provisión petrolera, la asignación de ese rol estratégico a Cuba ha sido un exceso. Y también un mal mensaje a la región.


Y lo ha sido porque, si por largos años Cuba fue un centro de agresión a los países que deseaban enrumbar su destino en democracia y en el mejor uso del libre mercado en el área, hoy el gobierno castrista ha perdido esa característica nuclear aunque sea capaz aún de infringir daño hemisférico.


Es en ese contexto que muchos de latinoamericanos no reconocemos hoy en Cuba una referencia estratégica predominante (y tampoco le otorgamos ya la simpatía que genera la causa rebelde en nuestro continente -menos aun cuando, levantada la suspensión de su participación en la OEA, el gobierno castrista decidió no reincorporarse minimizando el heterogéneo pero híper-sensibilizado esfuerzo latinoamericano-).


Sería muy lamentable que Estados Unidos creyera que la normalización de la relación diplomática con Cuba y la franca mejoría de la relación personal con sus gobernantes hace la diferencia en la relación de la primera potencia con el resto de la región.


Menos aún cuando la realidad de la nueva era en la relación entre Estados Unidos y Cuba es la del vínculo entre la primera potencia de Occidente y una de las más crueles dictaduras vigentes (cuyo prontuario de abuso, agresión y muerte a lo largo de medio siglo no puede ser condonado) y cuya eventual hostilidad futura debe ser adecuadamente prevenida y atajada.


Por ello hace bien el Presidente Obama en darse una vuelta por una Argentina renovada luego de concluir su viaje caribeño. Pero en la región que recibe el 25% de las exportaciones norteamericanas, parte de la cual ha luchado por establecer una comunidad hemisférica afirmada en principios compartidos y que ve que el pluralismo político es reconocido a propósito de Cuba, esperamos mucho más.


El Presidente Obama no puede sellar su herencia política con la reanudación de relaciones con Cuba sin plantear una relación de mayor perfil y especificidad con en el resto de América Latina.


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