• Alejandro Deustua

Medio Oriente Desbordado

Las tendencias anárquicas en el Medio Oriente no dejan de acelerarse violentamente al tiempo que amplían sus escenarios de arraigo y la eficiencia de sus cadenas de transmisión.


Si el reciente asalto de Hamas a los cuarteles de Fatah y a los del gobierno de la Autoridad Palestina en Gaza así lo demuestran, la posibilidad de una guerra asimétrica en los territorios palestinos y su alimentación por otras dinámicas conflictivas en el área (y, eventualmente, por la involucración de Estados que apoyan el terrorismo) apuntan a un escenario todavía peor.


Éste consiste en el traslado efectivo de las fuerzas que combaten en Irak y Afganistán a Líbano y Palestina a través de actores internos vinculados entre sí conformando un núcleo de violencia cada vez más inatajable por quienes procuran establecer el orden en esos tres escenarios. Si ese núcleo beligerante se consolida, el escenario de guerras civiles semiautónomas en Irak, Líbano y Palestina considerado hace algún tiempo por Jordania como el peor podría quedarse corto.


De allí que sea indispensable controlar la arremetida en Hamas en Gaza por la fuerza o por la negociación e incrementar el poder de Fatah y de la Autoridad Palestina como lo vienen haciendo, a través Mahmoud Abbas, Estados Unidos, la Unión Europea e Israel.


Pero de allí a plantear una negociación de paz palestino-israelí separada con una autoridad que muchos palestinos desconocerían, media un trecho grande. Si toda crisis encierra una oportunidad para los involucrados, esta iniciativa publicitada por la Canciller de Israel, Tzipi Livni carece de los fundamentos de una indispensable sostenibilidad política (la noción de un Estado palestino quedaría erosionada) y geopolítica (la división entre Gaza y Cisjordania sería un motivo de adicional y sangriento reivindicacionismo palestino).


Por lo demás, debe recordarse que Hamas está donde está ciertamente por sus métodos y convicción terroristas pero también porque la mayoría de los palestinos votó por sus candidatos de manera mayoritaria para formar el parlamento de esa entidad. La corrupción e ineficacia de la OLP y de Fatah ayudaron intensamente a que así ocurriera.


Cuando ello ocurrió, muchos advertimos en enero del 2006 sobre las consecuencias de esa elección y de la debilidad que mostró la comunidad internacional al reconocer la participación electoral de un grupo terrorista. Más aún cuando éste no sólo no estaba dispuesto a abandonar el terror, sino tampoco a reconocer el derecho a la existencia de Israel, ni a desarmarse ni a imponer el orden en su jurisdicción ni a otorgar su apoyo a los documentos firmados por otros representantes palestinos (específicamente, los del proceso de Oslo en adelante).


En esa oportunidad se señaló el riesgo en que incurría la comunidad internacional al avalar la participación electoral de un grupo que no sólo no creía en la democracia sino que estaba dispuesto a aprovecharse de ella, ilegitimándola y convirtiéndola en un fuente de conflicto posterior. Este peligro se ha materializado ahora y, por tanto, es necesario desactivarlo sobre la marcha.


Ello implica aislar a Hamas geográfica y militarmente en Gaza, realizar los mayores esfuerzos para su desarme sustantivo y lograr el concurso de la Liga Árabe para estos efectos y para los orientados a cortar las fuentes de sus recursos en Irán, Siria y Líbano. Adicionalmente fuerzas de la ONU con un mandato coercitivo debieran desplegarse en Cisjordania para mantener efectivamente la paz y fortalecer la mano de Abbas mientras los recursos económicos, como ocurre hoy, fluyen a ese sector palestino.


Ese esfuerzo podrá ser mejor efectuado si Fatah es limpiada de corrupción mediante medidas extremas si es necesario y si Israel señala oportuna pero decididamente su disposición a abandonar sus puestos más avanzados en Cisjordania sin sacrificar el uso fuerza si ésta llegara a ser necesaria. Esa señal debiera ser a su vez el impostergable ultimátum para lograr el desarme de Hamas y, luego el de Fatah (que siempre será parcial). Luego de un proceso electoral reconstituyente podría ser posible contar con un interlocutror palestino con el que se pudiera lograr un statu quo mejorado primero y reiniciar una negociación seria después.


Complementariamente será necesario presionar a Siria y a Irán para que abandonen o reduzcan sustantivamente el apoyo a Hizbullah en el Líbano. Igual presión internacional debe ejercerse sobre los países de la Liga Árabe para que se involucren en la estabilización de Irak y muestren mayor disposición a luchar contra las fuerzas terroristas que, en última instancia, también los pretenden destruir.


En tanto que esos esfuerzos diplomáticos no podrán ser de corto plazo y requerirán de un creíble poder coercitivo, es necesario que los países de la OTAN y otras potencias mantengan el apoyo a las fuerzas norteamericanas y sus aliados desplegadas en el terreno.


Mientras tanto bien harían los que se creen lejos de la anarquía que irradia el Medio Oriente en cohesionar sus puntos de vista y su influencia. Ello debiera implicar llamar la atención de países como Venezuela y Nicaragua que, a través de sus crecientes contactos con Irán pueden acelerar el traslado del conflicto a Suramérica.



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