• Alejandro Deustua

La Respuesta al Ataque Terrorista Contra Francia

Luego de impedirlo en numerosas oportunidades el gran ataque terrorista esperado por las fuerzas de seguridad occidentales contra alguno de sus Estados se ha consumado sangrientamente en París. Dirigido esta vez no contra alguna infraestructura central o simbólica (p.e. el World Trade Center) sino contra desprevenidos ciudadanos que disfrutaban del inicio del fin de semana en estadios, conciertos y restaurantes, los bárbaros asesinos de Daesh (ISIS) han segado las vidas de alrededor de 132 personas y herido a más de 300 en una de las mayores capitales de Europa.


El gobierno de Francia ha reaccionado con prontitud calificando el atentado como acto de guerra, decretando el estado de emergencia en todo el país y cerrando las fronteras. A pesar de que la información con la que contaba no alcanzó para prevenir la masacre, ese gobierno ha determinado que el atentado se organizó fuera de territorio francés.


Definida la naturaleza de la agresión y su origen externo, la respuesta inmediata ha implicado el uso de la fuerza. Luego de invocar la legítima defensa y de que el Presidente Hollande subrayara que en ello Francia será implacable, el primer ataque francés se ha producido en Racca (Siria) contra centros de comando, control y entrenamiento del Daesh. Esta retaliación precedió a la reiteración del compromiso del Jefe de Estado francés ante el Parlamento de su país de derrotar a esa organización terrorista.


Ello no obstante, Francia no ha recurrido al artículo 5 de la OTAN (que establece que un ataque armado contra un Estado miembro es un ataque a todos y en consecuencia se ejercerá la legítima defensa colectiva). En lugar de ello ha recibido la solidaridad de todos los miembros de esa alianza y de otras potencias además de la de socios extra regionales (como el Perú) y organizaciones internacionales (entre las que se encuentran la OEA y UNASUR).


Al tanto de que el aniquilamiento del Daesh no es posible si no se recupera los territorios de Siria (e Irak) que son controlados hoy por aquella organización terrorista, los implicados en la guerra están apurando una solución política que complemente el uso de la fuerza.


En efecto, los cancilleres de Estados Unidos y Rusia han anunciado un acuerdo del Grupo Internacional de Asistencia a Siria que implica, en principio, un cronograma negociador que culminaría, en año y medio, con elecciones en ese Estado fallido. Aunque persisten las divergencias entre Rusia e Irán, de un lado, y Estados Unidos y Arabia Saudita, del otro, sobre la necesidad de que Bashar Al Asad participe del proceso, el hecho es que los miembros permanentes del Consejo de Seguridad estarían ya de acuerdo para promover un alto al fuego en Siria con verificación de la ONU.


Esa iniciativa ha sido seguida por la cumbre del G20 reunida en Turquía. En ella los presidentes de Estados Unidos y Rusia han reiterado los compromisos de sus cancilleres para lograr una transición política en Siria liderada por ciudadanos de ese Estado y para que la ONU medie entre las partes enfrentadas con el fin de lograr un cese al fuego.


Ello implica la destrucción del Daesh, esfuerzo con que el que los presidentes Obama y Putin se han comprometido. Con menor especificación los miembros del G20, luego de condenar los atentados en París (y el ocurrido en Estambul en 10 de octubre) y de expresar preocupación por la proliferación de organizaciones terroristas y el incremento de sus actividades, han dispuesto mantenerse unidos en la lucha contra el terrorismo.

Si bien estas iniciativas, que combinan la negociación con el uso de la fuerza, pueden no haber alcanzado aún la masa crítica necesaria, el hecho es que el atentado en Paris y la necesaria respuesta francesa han generado una indispensable aproximación ruso-norteamericana para consolidar en Siria un pilar político para la erradicación del Daesh.


Sin duda que Francia participará de ese proceso. Especialmente luego de su renovado despliegue de fuerza aérea. Pero ello será insuficiente sin despliegue un mayor despliegue militar en tierra. Que ello se logre siguiendo los patrones de involucramiento gradual ya probado en Kosovo será complicado por la resistencia interna en cada uno de los Estados implicados.


Por lo demás, es probable que estas medidas intenten ser saboteadas por mayores ataques terroristas en los territorios de los que luchan contra esa amenaza. Para que el incremento de la voluntad occidental de erradicación del Daesh hoy manifiesta no se frustre por los efectos de esa agresión previsible, por las complicaciones internas de esfuerzos singulares o por temores ciudadanos parece indispensable fortalecer su entorno mediante el incremento de la voluntad global respectiva.


En ello, Estados como el peruano ciertamente pueden contribuir más allá de intensificar su esfuerzo nacional en la lucha contra el terrorismo local y de su aliado el narcotráfico. Ese esfuerzo debe incluir, por ejemplo, la expresión del interés nacional a los interlocutores árabes con los que mantienen relación diplomática en que el proceso de solución del conflicto sirio tenga exitosa conclusión y que la condena general al terrorismo (como la que se acaba de reiterar en la 4ª cumbre ASPA en Arabia Saudita) sea más específica y operativa.


Si estos esfuerzos occidentales serán extremadamente complicados en escenarios donde el Estado fallido tiende a ser la norma antes que la excepción, la solidaridad que hoy se expresa a Francia y el propósito antiterrorista que la fundamenta debe expresase de la manera más efectiva posible.


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