• Alejandro Deustua

La Primera Visita de un Canciller Ruso

La reciente visita del Canciller de la Federación Rusa, Sergei Lavrov, es una muestra del dinamismo que ha adquirido la política exterior peruana de reinserción global iniciada hace cuatro años. Pero también es señal de que ésta padece aún de serios anacronismos.


En efecto, la visita del Canciller Lavrov, aunque gestionada hace tiempo, se plantea en el marco de la plural toma de contactos facilitada por foros como la Apec (donde el Presidente García pudo entrevistarse informalmente con el Presidente Putin) y como producto de las oportunidades logísticas que ofrecen los largos viajes de Estado (el Canciller ruso, camino a Moscú, visitó también Asunción y Montevideo).


Esa coyuntura, sin embargo, se enmarca en el interés nacional de densificar sustantivamente nuestras relaciones con las potencias mayores. Luego de lograr avances en la consolidación del vínculo con las potencias occidentales (el acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, el inicio de la negociación de acuerdo de asociación política y comercial con la Unión Europea y el vínculo económico que se está estableciendo con EFTA), resulta ahora indispensable reorganizar la relación con la potencia euroasiática por excelencia: Rusia.


Especialmente a la luz de la importancia que va adquiriendo la relación económica con China (a la que se le ha reconocido, sin serlo o merecerlo, el status de economía de mercado al influjo del peso específico de esa potencia, de su incidencia en la cuenca del Pacífico y de la importancia de su poder de compra -China es el segundo destino de nuestras exportaciones-).

Pero la visita del Canciller Lavrov muestra también la necesidad de superar la situación anacrónica de la relación con Rusia. Si ésta ha sido la primera visita de un Canciller de ese Estado desde que en 1874 se establecieron los primeros vínculos diplomáticos con esa potencia, aquélla se parece mucho al restablecimiento de relaciones en 1969 quebradas por las vicisitudes de la Guerra Fría.


Aunque desprovista del oropel diplomático y el ruido estratégico de esa ocasión luego de superados los requerimientos hemisféricos de alineamiento con Estados Unidos, esta visita refleja el intento de dejar atrás un decaimiento parecido generado, esta vez, por el colapso de la Unión Soviética y de sus extraordinarias secuelas. Como se ve, el escenario sistémico es, en muy buena cuenta, también condicionante de este reencuentro con vocación de relanzamiento.


Sin embargo, esta intención deriva hoy de la inaceptable situación en que se encuentra la relación con uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU: una inversión en el Perú que no llega a los US$ 5 millones, un promedio de exportaciones anuales a Rusia del orden de US$ 25 millones, una vinculación militar que requiere de revisiones minimalistas para reparación de aeronaves y una relación política intrascendente no es a lo que puede aspirar un Estado como el peruano que se encuentra en pleno esfuerzo de reinserción global.


Y mucho menos luego de que Rusia fuera un principalísimo, aunque muy cuestionado, socio comercial y estratégico. En efecto, durante el gobierno militar la Unión Soviética devino, a no bajo costo, en el principal proveedor de armamentos del Estado peruano y se convirtió en uno de nuestros principales compradores en los tiempos del comercio dirigido por el Estado.


Desaparecida esa época, Rusia no debe seguir siendo nuestra principal fuente de armamentos y tampoco un socio con el que el que se interactúa a través del trueque y del endeudamiento crítico. Pero ciertamente sí debe ser un interlocutor con el que la calidad de socio (contractualmente reconocida) coincida, a pesar de las diferencias estratégicas e ideológicas, con la intensidad de los intercambios.


En el ámbito comercial, esa tarea, sin embargo, se encuentra aún en su fase prospectiva (la instalación de un consejo empresarial peruano-ruso que debe auscultar las respectivas oportunidades de mercado), mientras que en el ámbito militar no ha superado su fase burocrática (la instalación de una comisión intergubernamental para implementar el convenio de cooperación del 2004).


Cuando esas etapas queden atrás, el Perú quisiera ver un esfuerzo más decidido en el fomento de inversiones en áreas de especialización rusa y de necesidad peruana (p.e., el de la energía) y en la adquisición de tecnología que supere el ámbito militar (especialmente en los campos de las ingenierías y de ciertas industrias concretas como la metalmecánica o la agricultura).

Por lo demás, si el Perú comparte con Rusia su preocupación por ciertas amenazas globales (especialmente la del terrorismo y el narcotráfico), no vería con buenos ojos una relación estratégica de esa potencia con Venezuela (sugerida por la reciente compra de armamentos por el gobierno bolivariano) que subordine a la nuestra. Y ciertamente puede discrepar con Rusia, en tanto país que adhiere a la defensa de la democracia representativa, de las bondades del tipo orden interno que va apareciendo de esa potencia reemergente. A mayor abundamiento, el empleo de la energía como medio instrumento de presión a países amigos tampoco puede parecernos digno de omisión o silencio.


De otro lado, sería más conveniente para el Estado peruano la discusión bilateral de la implicancia estratégica de la reemergencia de Rusia en el sistema internacional. Lo que no parece útil a la luz de los problemas que genera la fragmentación latinoamericana actual es la discusión de ese y otros temas exclusivamente en los foros regionales. Un enfoque más operativo es quizás hoy el que brinda el marco de países que integran el arco del Pacífico latinoamericano que tienen en común una forma de organización interna y el escenario de una cuenca marítima que Rusia comparte. Ese desarrollo deberá emprenderse en el futuro.



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