• Alejandro Deustua

La Crisis del Banco Mundial

La tradición que establece que el presidente del Banco Mundial es designado por Estados Unidos mientras que el Director General del Fondo Monetario es propuesto por los países europeos es un arreglo entre los vencedores de la Segunda Guerra mundial. Esa tradición se origina con la creación del sistema de Breton Woods cuando los 44 Estados que lo fundaron establecieron que la paridad fija y la libre convertibilidad del patrón oro era la norma financiera básica y la reconstrucción de Europa, el objetivo inmediato del Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo.


Hoy ambos pilares del sistema económico internacional no sólo han agregado un régimen mundial de comercio (la OMC que reemplazó al GATT) sino que cada uno ha ampliado su representación a cerca de 185 miembros mientras sus normas y reglas han cambiado sustancialmente. Así, desde 1971 el FMI quebró el sistema de patrón oro y tipo de cambio fijo mientras que el objetivo del Banco Mundial ya no es la reconstrucción de Europa sino la reducción de la pobreza mundial y la promoción del desarrollo sostenible.


En consecuencia, la tradición euro-norteamericana de designar a la más alta autoridad ejecutiva en ambas instituciones no sólo ha devenido en anacrónica sino que difícil de mantener. Y si, en lo que respecta al Banco Mundial, ésta se ampara en el privilegio que corresponde al mayor aportante (Estados Unidos con 16% del poder de voto), es evidente que el incremento de la dimensión minoritaria de esa cuota disminuye el sustento económico del privilegio al tiempo que lo asemeja más a una reminiscencia hegemónica que pierde capacidad de ordenamiento.


Si esta es la precaria realidad electoral del Banco Mundial, la selección de su presidente debería merecer la mayor prudencia al considerar las calidades del postor. Especialmente si éste proviene de un sector con pocos contactos con el desarrollo y muchos con la seguridad. Ese origen data de la época en que un ex-Secretario de Defensa, como el brillante señor Robert Mc Namara, que condujo la guerra de Viet Nam bajo las administraciones Kennedy y Jhonson fue electo como presidente del Banco. Luego de esa experiencia de resultados cuestionables, el supuesto de que Estados Unidos había mejorado los criterios de selección de sus candidatos se comprobó progresivamente.


Este progreso, sin embargo, fue desmentido por la designación del señor Paul Wolfowitz, ex- viceSecretario de Defensa al organismo mundial. A diferencia de McNamara, Wolfowitz es un ideólogo, con mal aprovechada experiencia en materias de seguridad, sin experiencia económica alguna (McNamara estuvo a cargo de la Ford) y una sensación de poder hiperdistante de la realidad institucionalidad multilateral. Ello explica el mal uso que el Ejecutivo norteamericano ha hecho de la tradición que llevó a miembros del núcleo duro Departamento de Defensa, al máximo cargo del Banco Mundial. El compromiso adicional de una organización de eficiencia erosionada y el mayor debilitamiento de la capacidad multilateral de Estados Unidos fue el resultado.


En efecto, el cambio de atención contemporánea del Banco Mundial que lo ha llevado a priorizar el combate de la pobreza y a focalizar ciertos problemas del desarrollo sobre su más amplio patrocinio, ha operado en un marco de pérdida de influencia de esa institución. Éste ha sido acompañada de críticas a su capacidad de gestión, a circunstanciales desmanejos financieros y al transvase de los problemas de legitimidad y rol que presenta el pilar el FMI. Ello requería de un manejo institucional profesional y circunspecto.


Pero desatento a estos obstáculos y a la necesidad que el sistema internacional aún tiene del Banco Mundial, el señor Wolfowitz dejó que un problema personal se convirtiera en un gravísimo escándalo burocrático que congregó la atención crítica del staff del Banco, del Comité de Ética y finalmente del Directorio.


A ello se agregó la indisposición de la mayoría de los miembros influyentes a dejar pasar la incapacidad del señor Wolfowitz de solucionar el problema que él había generado empeorando la capacidad de liderazgo de la institución y desprestigiando aún más al Banco.


La solución encontrada -"una renuncia negociada"- complicó aún más la problemática enunciada, fortaleció la equivalencia entre la incapacidad del Ejecutivo norteamericano de gestionar a tiempo el retiro del señor Wolfowitz y la crisis de la hegemonía norteamericana. Ésta se reflejó tanto en la pérdida de capacidad ordenadora del régimen multilateral como en el deterioro de su capacidad de orientación.


Teniendo en cuenta las dificultades por la que atraviesa el liderazgo global norteamericano y la importancia que mantiene el Banco Mundial en el sistema internacional, es necesario que Estados Unidos contribuya a mejorar su rol multilateral empezando por la reforma del Banco y, especialmente, por la selección de su próximo presidente.


En él el criterio del mérito debe imponerse sobre el de la afinidad política y éste sobre el del predominio indiscutido en la próxima elección. Quizás entonces el daño inflingido a una institución del sistema de Naciones Unidas pueda empezar a disminuir. Éste disminuirá más si el Banco procede a una revisión de sus reglas y procedimientos en el ámbito de una reforma mayor del sistema multilateral.



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