• Alejandro Deustua

Inestabilidad Desatendida Por El Presidente Boric

14 de marzo de 2022


El costo de la inestabilidad política en el Pacífico sur suramericano podría a empezar a encontrar una solución en el Perú, aunque aún de manera muy precaria, con la consideración por el Congreso de la vacancia del inepto Sr. Castillo. Ese camino es muy incierto. Como contrapartida, todos esperamos que en Chile, las expectativas generadas por el Sr. Boric puedan ser adecuadamente canalizadas para evitar que la inestabilidad socio-política se extienda en la región.


En Chile ello depende de factores complementarios al electoral. Si la moderación de las expectativas es uno de esos factores, el profesor de la Universidad de Los Andes, Daniel Mansuy, parece estimar que el proceso constitucional en el vecino es quizás el principal entre aquéllos: “si la Convención (Constitucional) se sigue descarrilando puede terminar arrastrando al Gobierno” ha expresado Mansuy en El Mercurio luego de la toma de posesión del presidente Boric el 11 de marzo.


Es que el producto de esa Convención, la nueva Constitución chilena que deberá aprobarse o desaprobarse vía el “plebiscito de salida” más allá de mediados de año, es en efecto, según comentaristas chilenos, el mayor problema de nuestro vecino. Aunque su texto no se conoce aún, algunos de sus artículos (como los referidos a la naturaleza del Estado, del territorio, a la propiedad privada, a la segmentación de la sociedad en diferentes tipos de autonomías) ya se debaten públicamente. Por su radicalismo en la reconfiguración de la identidad nacional ese debate puede ser extremadamente polarizante y centrífugo.


Sin embargo, el presidente Boric, que contribuyó desde las calles a forjar la institución en que ese documento se elabora, no sólo lo alentó en su discurso de investidura sino que procedió a calificarlo, sin atenuante ni limitaciones, como “motivo de orgullo mundial y único camino para construir, en democracia y con todos, un país mejor”. El llamado a la unidad sobre esa base pareció más bien un deseo partidario basado en las glorificación de las marchas que desembocaron en el estallido social de 2019, antes que un llamado a la prudencia o a la moderación en ese proceso.


Fue en ese marco radical que los límites a la “nueva era” que inicia el joven presidente se fundaron en referencias históricas de carácter esquemático aludiendo a los logros de pasados presidentes. Esa alusión histórica podría no ser suficiente para la convocatoria al orden y a la unidad que desea.


Menos aún, cuando el presidente Boric aludió, de manera imprecisa, a una agenda puntual de sectores y temas que se proponía tratar para lograr ”una mejor vida” (una variante del “vivir bien” de Evo Morales). Entre ellos sobresalieron las referencias a salud, educación (que no deben ser un negocio), sistema de pensiones (que debe ser reformado) y no discriminación (mujeres y homosexuales anunciando la incorporación de la ideología de género, los pueblos originarios (especialmente los mapuches) y clases medias desplazadas.


Para ello, el presidente enfatizó la necesidad de “crecer económicamente” “sin dejar a nadie atrás” convocando a “todos” en el esfuerzo.


El discurso sin embargo, no propuso nada como plan o instrumento operativo para lograr ese conjunto de objetivos generales.


Entendemos que ello pudo ser una cuestión de estilo ampliamente salvado por el hecho de contar con un gabinete de profesionales de muy alta graduación. Y también por el programa de gobierno de Apruebo Dignidad que ha establecido 53 “cambios concretos” basados en cuatro ejes de trabajo (acceso garantizado universal a la salud; pensiones dignas sin AFP; un sistema educativo público, gratuito y de calidad; y el primer gobierno ecologista y feminista de la historia de Chile).


Ello no obstante, hubiéramos preferido como observadores externos, que el presidente afianzara su autoridad de manera más precisa, en términos de procesos y metas, que en llamados generales tan conducentes a la exaltación popular. Especialmente en un contexto externo signado por una crisis sistémica creciente que reclama medidas concretas de confrontación interna y algo más que alusiones al latinoamericanismo y al “sur global” como forma de aproximación al mundo.


Si Chile fue un baluarte del modelo liberal perturbado por el neoliberalismo, ahora requerimos que ese Estado sea eventualmente una fuente de estabilidad basado en políticas sólidas antes que en promesas cuyos medios de satisfacción son inciertos. Éstas pueden ser proclives a un nuevo desborde que se retroalimentaría con las fuerzas que han desatado la inestabilidad en el Perú.


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