• Alejandro Deustua

Implicancias Complejas del Sencillo Triunfo de la Sra. Merkel

Alemania ha elegido la continuidad al otorgar a la Canciller Angela Merkel un tercer período consecutivo al frente de la primera potencia económica europea y cuarta en el mundo. El abrumador margen de victoria (41.5% vs 25.7% del Partido Social-Demócrata) y la desaparición del Bundestag del Partido Liberal son las notas saltantes de una elección de resultados previsibles en un país sólo en apariencia satisfecho en medio de una situación regional que ha abandonado la recesión pero no la crisis como dice el Jefe de Gobierno español. Esta situación consolida dos hechos: la supremacía de de la coalición demócrata-cristiana dentro de Alemania y de Alemania en Europa. Y también establece una realidad: esa supremacía no es hegemonía. El triunfo de la Sra. Merkel no es hegemónico porque la estabilidad en el gobierno no está garantizada por la coalición CDU-CSU al no haber logrado, por un pelo, la mayoría absoluta en el Bundestag. Si ello implica que la cautelosa Sra. Merkel requerirá de alianzas también indica que sí existen en Alemania unos ciertos contrapesos partidarios derivados menos del número de votos logrados por los opositores que de las circunstancias críticas que presenta la ciudadanía alemana (y también los socios del exterior que desean ver un gobierno que implique el mayor grado de consenso que es, por lo demás, un requerimiento de la política exterior de ese Estado). A pesar del gran abanico del que dispone la Canciller (casi todos los partidos menos los comunistas y el antieuropea Alianza por Alemania), ésta optará aparentemente por los socialdemócratas con quienes ya gobernó entre 2005 y 2009. En el juego de necesidades, el SPD ha dado a entender que no se precipitará a una nueva alianza. Escaldado por la derrota –que complica a la social-democracia en el resto de Europa- pretende ganar influencia a costa de los requerimientos de la paciente Sra Merkel. Ello indica una posible demora de un gobierno plenamente constituido en Alemania. Frente a ello, la Canciller podría optar por los ecologistas del partido Verde que tiene también experiencia de gobierno. En cualquier caso, la Sra. Merkel –y no sólo su partido- tiene peso propio que agrega credibilidad a cualquier decisión inicial. Los alemanes se sientes tranquilos al respecto en tanto perciben que sus intereses han sido adecuadamente gestionados en una coyuntura difícil. De allí que identifiquen a la Sra. Merkel con una figura materna (“Mutti, un diminutivo para madre). Ese imagen doméstica, sin embargo, es bien lejana a la que configuraron para sí los grandes líderes demócrata-cristianos como Konrad Adenuaer y Helmut Kohl. El primero comandó la reconstrucción alemana, gestionó los problemas de su sometida soberanía manteniendo la reunificación del Estado como meta y contribuyó al nacimiento de la Comunidad Europea (los tratados de la CECA y de Roma en 1951 y 1957). El segundo organizó, en medio de una crisis económica –y con gran cooperación externa- , una reunificación (1990) que fue producto de los últimos momentos del colapso soviético (1989) antes que de su propia iniciativa. En lugar de estos problemas de supervivencia y de soberanía, la Canciller Merkel tendrá que asegurar el bienestar de sus ciudadanos y contribuir a mantener unida a la Unión Europea. Para ello cuenta con el apoyo del sector empresarial que esperan que la Canciller emprenda un conjunto de reformas en los sectores tributario (disminución de impuestos), laboral (mayor flexibilidad), de energía (recorte de subsidios) y de facilitación de la inversión. A apurar estas reformas estructurales se ha negado hasta hoy la Canciller Merkel al cabo de su peculiar forma de liderazgo y de la forma de entenderlo por quienes votaron por ellas (unas “manos seguras” no son necesariamente unas demasiados creativas a pesar que el resto de Europa está realizando lo que sus manos no logran). En lugar de ello, la Sra. Merkel ha preferido atender el equilibrio económico y el ajuste financiero. En efecto, el gobierno viene reduciendo su déficit con la perspectiva de tener un presupuesto equilibrado en el 2015 (vs. un déficit de 6200 millones de euros en el 2014) y disminuyendo su deuda pública esperando una relación de 67% en el 2017 (vs 80% hoy) (Política Exterior 155). Ello ha permitido a Alemania mantener moderadas tasas de ahorro e inversión de 23% y de 17%, un crecimiento positivo desde el 2010 (aunque declinante de 4% ese año a 0.3% en el 2013) y una tasa de desempleo de 5.6% para este año según el FMI. Esta relativa holgura contrasta claramente con el resto de Europa y, muy especialmente, con los países del Mediterráneo. Sin embargo, no todo es entusiasmo en la perspectiva alemana. Algunos sostienen que sus principales bancos no han depurado los activos tóxicos propios de la crisis financiera configurando la “alianza entre banqueros y políticos” que ha sacrificado el empleo volviéndolo precario (1.6 millones de empleo a tiempo completo han devenido en 3 millones de empleos a tiempo parcial y con salarios mínimos fuertemente) (Política Exterior, ibídem). Como estos valores no parecen ser tomados en cuenta por el FMI en el estimado del desempleo el contraste con Europa, que tiene 30 millones de desempleados, se incrementa. Ello se refleja en las inseguridades de la política exterior alemana. Si es cierto que ha devenido en la potencia dominante (por ser la primera economía de Europa y la que más aporta a la UE -la mayoría de su déficit se debe hoy a sus contribuciones al Mecanismo Europeo de Estabilidad-) luego de que la relación franco-alemana desequilibrara el fundamento tradicional europeo y que ello permitiera a la Sra. Merkel imponer la austeridad como bandera europea, el hecho es que Alemania no tiene un nuevo orden europeo que imponer que no sea la disciplina del antiguo statu quo. El argumento se sustenta no sólo en su percibida eficiencia sino el del propio esfuerzo alemán realizado desde la época de la reunificación y especialmente durante el gobierno del social-demócrata Gerhard Schroeder desde fines del siglo pasado cuando Alemania llevó a cabo una serie de reformas estructurales que la alejaron del estado de bienestar tradicional. Mientras estas reformas no se lleven a cabo adecuadamente en cada uno de los miembros de la Unión Europea, la Alemania de la Sra. Merkel no favorecerá una integración que requiera mayor cesión de soberanía. Esta decisión no parece provenir de la invocación de un nuevo interés nacional alemán sino de su indisposición a hacerse cargo de las carencias de sus socios. Ello se traduce de la siguiente manera: no habrá unión bancaria mientras no concluya la limpieza y el fortalecimiento del sistema financiero europeo –que incluye a los bancos alemanes- y probablemente tampoco el Banco Central Europeo dispondrá de las competencias que requiere para “hacer todo lo que se necesita” para salvar a Europa (léase, no habrá liberalidad en la emisión de eurobonos). En otras palabras, la Unión Europea puede olvidarse de momento de las grandes ideas como las de federación y confederación que medran en lo que quiso ser su constitución. La coordinación de políticas entre Estados con intensa integración económica será la norma. En este escenario, no hay hegemonía organizadora de una nueva integración europea sino vocación disciplinaria más o menos insensible a los costos. Pero esa hegemonía sí puede existir en un sistema interestatal. Y de hecho la hay. Pero no para realizar nuevos emprendimientos sino para impedir el desmembramiento de la UE e impedir la mayor cesión de poder a Bruselas. Este argumento grueso no se anda con sutilezas. Por ejemplo no considera la salida temporal de la eurozona de un Estado cuando éste no pueda sostenerse en ella. Aunque esta alternativa no implicaría la quiebra del mercado único que ha beneficiado al conjunto, pero más a las exportaciones alemanas, el asunto no está en consideración. Por ello se seguirán prefiriendo los rescates. El más próximo es un tercer salvavidas a Grecia. La posición alemana implica también que la política exterior de los integrantes de la Unión Europea seguirá siendo nacional. La PESC queda así disminuida o postergada. Ello no es malo para una Unión Europea menos ambiciosa pero con suficiente poder interestatal como para seguir configurando –junto a Estados Unidos- el centro de Occidente y el principal mercado regional del mundo (cuyo potencial se ampliará con el acuerdo comercial transatlántico). Aunque ésta cualidad no debe ser vista sólo en términos económicos, es pertinente recordar que la principal fuente de inversión en el Perú es europea (España y el Reino Unido) y que, aún con una UE disminuida, Europa es, con el 15% del total, el segundo destino de nuestras exportaciones superado sólo por APEC. Y aunque la relación bilateral con Alemania no es la mayor (y, por tanto, tiene un techo alto para mejorar), la relación con esa potencia (y con una Unión Europea no alemana) es un primerísimo interés nacional que debemos atender mejor.


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