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  • Alejandro Deustua

Guerra Estancada

28 de febrero de 2024



La afectación del sistema internacional por la guerra entre una gran potencia y otra mediana asistidas por poderosos y antagónicos aliados  en la puerta de Eurasia ha ingresado a su tercer año. Difícilmente ésta pueda ser ésta considerada sólo como una guerra regional menospreciando su clamoroso alcance global. 


La estadística señala un costo de alrededor de medio millón de bajas totales (muertos y heridos) (TG)  y un agregado de unos US$ 216 mil millones (Consilium, NYT) a los que se sumarán US$ 54 mil millones de la Unión Europea (UE)  y US$ 60 mil millones retenidos en el Congreso norteamericano. Agréguese a ello la militarización de la economía rusa y el largo plazo de una guerra de desgaste, que se encuentra en situación de estancamiento, aparece en toda su pestilencia.


A la espera de quién será el primero en caer, como corresponde a ese tipo de guerras, su incierto rumbo ha variado hasta tres veces.


En efecto, si la invasión rusa pretendía el rápido sitio de Kiev,  ésta se topó con una contraofensiva ucraniana que procuró éxitos sustantivos el año pasado y hoy la reacción rusa ha frustrado ese empeño retomado el momentun bélico. El estancamiento resultante ha generado expectativas de consolidación de capacidades y posiciones para el 2024.


En ese trance, el escalamiento es un riesgo mayor. Éste tiene dos componentes. El “horizontal” que va desde la configuración de alianzas regionales y extrarregionales esencialmente proveedores de armamento y financiamiento hasta la acción fuera del campo de batalla (“autorización” que se ha a concedido a Ucrania). Y el “vertical” que va desde la provisión de armamento “convencional” cada vez más sofisticado, una iniciativa francesa de  participación europea en el terreno (opuesta por sus aliados) hasta el empleo de armas de destrucción masiva (el uso del arma nuclear “táctica” no ha sido descartado y su señalización por Rusia se “calibra” según el curso de la guerra.


A ese riesgo se suma la fragmentación del orden global. En el campo estratégico ello implica hoy un nuevo escenario euroasiático de carácter sino-ruso dominado por China, el riesgo de una eventual exacerbación de la “autonomía estratégica” europea y del síndrome Trump (aislacionismo), la intensificación de políticas industriales y de defensa, la fragmentación económica con sanciones y prevalente comercio intrarregional y alineamientos que fracturan regiones periféricas (en América Latina: el caso de Venezuela, Cuba, Nicaragua alineadas con Rusia y China).


Habiendo el Perú condenado la ilegal invasión rusa por razones de principio, el estado no puede ser neutral. Ello implica estar del lado de Occidente, proponer acuerdos concretos sectoriales (tipo graneleros) que pueda llevar a negociaciones finales de paz  y atender el origen del conflicto: el encuentro de fuerzas de expansión contrarias y sobrepotenciadas (la rusa en el intento de consolidar zonas de influencia y amortiguación y las de la OTAN y la UE extendiendo coercitivamente el orden liberal).  Es hora de encarar este problema.


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