• Alejandro Deustua

Factores Sociales y Geopolíticos de la “Primavera Árabe”

Si las causas determinantes de la mal llamada “primavera árabe” se encuentran en la compleja problemática social de los países de Norte de África, Medio Oriente y Golfo Pérsico, éstas deben ser resueltas o adecuadamente canalizadas. De no serlo, como parece ser el caso en el corto y mediano plazo, las posibilidades de que esas sociedades devengan en Estados democráticos se complicarán. Y si la erosión social continúa, los debilitados Estados del área pueden generar aún mayor inestabilidad de lo que la revolución y la guerra ya han producido en esa región.


Lamentablemente, hoy los mecanismos de solución de esa problemática (en la que se interrelacionan la tensión demográfica, la ausencia de empleo, la presión generacional de los jóvenes, la aglomeración urbana, la escasa movilidad social, la ausencia de liderazgos creíbles, la escasez de agua, entre otros factores) están a la vista pero no al alcance de la mano.


Las tensiones acumuladas, por tanto, pueden seguir incrementándose si los gobiernos que reemplacen a las fracasadas satrapías no encuentran real legitimidad ni ofrecen un horizonte de vida que congregue la energía de su población hacia los esfuerzos del desarrollo antes que hacia la beligerante anarquía.


A ello no ayudará suficientemente, en el Norte de África, el recurso más abundante del Medio Oriente –el petróleo- porque aquella región tiene reservas comparativamente menores. Ello indica que esa parte de las costas del Mediterráneo continuará sometida, en el mediano plazo, a una inestabilidad estructuralmente determinada. Y en tanto el área no tolera más dictaduras ordenadoras, la ayuda al desarrollo y la inversión concurrente deberá fortalecer los cimientos de los gobiernos protodemocráticos en esa parte del mundo.


Ello requerirá de políticas económicas acertadas que superen la calidad de las que ejercían los gobiernos del viejo régimen (que merecieron la aprobación de los organismos multilaterales). En efecto, éstas no serán eficaces sin una mayor propensión social de las mismas, lo que implica mayor un mayor rol de la inversión pública. Lamentablemente, en tiempos de crisis, ésta no podrá ser mucho mayor que la que ya venía realizándose en la versión asistencialista.


Y aún si la participación estatal logra redefinirse en políticas mejor focalizadas y con una mayor participación ciudadana, la asistencia externa será requerida. Es decir, la contribución europea deberá incrementarse. Sin embargo, bajo las actuales condiciones actuales ello no ocurrirá en la medida adecuada. Salvo que provenga de las viejas monarquías árabes. Si ello no ocurre se reconfirmará el pronóstico de que la inestabilidad será el escenario en que deberá fundar su gobernabilidad la “primavera árabe”.


Y, en tanto, de momento la norma en el Norte de África será la de los Estados débiles, ello puede agregar debilidad estratégica a Estados de importancia fundamental en el Medio Oriente y en la Península Arábiga. Este es el caso de Egipto, Arabia Saudita,Yemen e Irak.


De todos ello sólo Arabia Saudita mantiene, circunstancialmente, condiciones de gobierno de aparente vigor aunque fuertemente condicionado por su insustentable condición de monarquía feudal. De otro lado, como es evidente, el tránsito democrático en Irak debe aún consolidarse mientras que en Egipto la evolución política presenta aún atraso considerable.


Ello implica potenciales problemas adicionales para la economía global en tanto el control de los estrechos y vías de transporte de petróleo puede estar en cuestión. Si el Medio Oriente controla el 31% de la producción de petróleo y 62% de las reservas, se comprenderá que la vulnerabilidad de los Estados que tutelan las vías de transporte de crudo supone un problema geopolítico real.


En ese marco se ubica Egipto como Estado contralor del canal de Suez que debe interactuar con Estados donde la guerra civil forma parte del escenario de la “primavera árabe” (como el caso de Yemen) y con Estados fallidos (como Somalia, cuya población padece una hambruna catastrófica) para mantener fluido el acceso al mar Rojo.


Y también es el caso de Irak, cuya frágil democracia debe cooperar con las monarquías feudales que hoy resisten el impulso de la “primavera árabe” (aunque sin seguridad futura), si desea mantener fluido el tráfico marítimo en el Golfo Pérsico. Allí el Estrecho de Hormuz, de gran influencia iraní, presenta una vulnerabilidad de magnitud tal que requiere de la presencia, en Bahrein, de una flota norteamericana.


En un contexto internacional en que es vital la estabilidad del precio del petróleo en un rango razonable, la dimensión geopolítica de la “primavera árabe” incrementa los riesgos y vulnerabilidades globales. De allí que la constitución de regímenes estables en el área, aunque fueran de carácter protodemocrático, es una necesidad colectiva y requiere de la activa cooperación de la comunidad internacional. Si el conflicto de intereses propios del área no asegura ese concurso, el proceso de cambios en el área rendirá sus frutos sólo luego de que el sistema pague por ello.


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