• Alejandro Deustua

Escenarios de Seguridad

Hasta el 11 de setiembre del 2001, el sistema internacional se configuraba en torno a una indefinida post-Guerra Fría salpicada de conflictos remanentes y desafíos imprecisos. Superada la crisis del desmoronamiento soviético y estabilizada la fractura del escenario balcánico, el rol hegemónico de los Estados Unidos sólo era disputado declarativamente, los organismos y alianzas internacionales intentaban una tranquila redefinición de roles y los Estados replanteaban su política exterior en un contexto incierto en el que el uso internacional de la fuerza tendía a decrecer. Mientras tanto, la mayoría de los conflictos relevantes eran principalmente internos y las "nuevas amenazas" reclamaban respuestas extra-militares.


Pero cuando el centro del poder norteamericano fue atacado como no lo había sido desde las guerras de independencia, el escenario global sólo podía esperar un incremento en el uso internacional de la fuerza contra el agresor terrorista y los Estados que lo albergaran. Esa realidad se expresó inicialmente en solidaridad con Estados Unidos. La consolidación del rol del hegemón alcanzó su pico más alto en el conflicto de Afganistán al que Estados Unidos concurrió, en acto considerado como de legítima defensa, con el apoyo de la ONU, la OTAN y del sistema interamericano, entre otros.


La aparente cohesión del sistema internacional, sin embargo, tendió a diluirse con extraordinaria rapidez cuando la afirmación del rol dela única superpotencia fue acompañado de una doctrina de seguridad que hizo de la lucha contra el terrorismo de alcance global, contra la proliferación de armas de destrucción masiva y del señalamiento de "estados criminales" su quid pro quo. El consenso internacional sobre las dos primeras amenazas fue aparejado con el disenso sobre la tercera y sobre los medios para combatirlas lo que despertó un conflicto de intereses sobre el orden internacional que desembalsó antagonismos latentes desde 1991.


Fue probablemente ese espíritu el que envolvió el agrio debate en la ONU sobre la implementación de la resolución 1441 y la naturaleza de la amenaza iraquí. Si nadie se atrevió a desmentir el desafío militar y político que el régimen de Hussein imponía a la comunidad internacional, el disenso sobre los medios para confrontarlo devino en una disputa sobre el rol del hegemón y de sus aliados especialmente cuando el uso de la fuerza era inminente.


El cuestionamiento del rol de los Estados Unidos se incrementó cuando la superpotencia y sus aliados triunfó en Irak rápidamente pero se mostró incapaz de establecer el orden con la misma eficacia. Una vez potenciado el desafío al rol hegemónico, el sistema internacional ingresó en una fase de inestabilidad mayor incrementado por la ineficiencia de las organizaciones y alianzas internacionales, por la proyección sistémica de los conflictos regionales (Corea del Norte, Israel/Palestina, Irak), y la vulnerabilidad creciente de los Estados menores (cuando las demandas de seguridad reclaman Estados más fuertes y viables).


Este incremento de la inseguridad internacional ha ido acompañado de insuficiente reactivación económica global, caída en el flujo de la inversión extranjera por dos años consecutivos (20% en el 2002 según UNCTAD) y crisis de la ronda Doha de negociaciones comerciales multilaterales. Dos viejos fenómenos estructurales que deben ser corregidos enmarcan esta coyuntura: la consolidación de la brecha militar (por ejemplo, entre productores de armas de tecnología de punta de los que no lo son) y la agudización, en la mayoría de casos, relaciones de dependencia antes que de interdependencia.


En este marco de inseguridad, la alternativa de la neutralidad o la pasividad no es una opción para países menores como el Perú que necesitan afirmar su viabilidad, presencia y proyección. Lo nuestro ya no está en la declaración de principios en torno a la unipolaridad o la multipolaridad. Lo nuestro está en la acelerada recuperación del Estado, la redefinición del interés nacional, la participación con nuestros socios en el campo -incluyendo Estados Unidos- y en la reorganización eficiente de los esquemas de seguridad colectiva regionales y globales.



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