• Alejandro Deustua

El Sistema Financiero Se Toma Un Respiro

Luego del terremoto que estrujó el sistema financiero en los últimos días, la tranquilidad con que probablemente transcurrirá el fin de semana se deberá sólo a un compromiso salvador antes que una realidad correctiva: el anuncio por el Ejecutivo norteamericano de un plan de rescate general. La luz al final del túnel está allí pero la tormenta no ha pasado.


Aunque los detalles del plan no han sido aún comunicados, a los mercados les ha bastado saber que éste se propone un alivio sustantivo de los pasivo subrime que sustituya al salvataje ad hoc (lo que limpiará parcialmente los libros de las corporaciones y aliviará el crédito), que se promoverá un respaldo a las familias que no puedan pagar sus hipotecas (lo que reincorporará al ciudadano al mercado) y que se institucionalizará el mecanismo correspondiente con un respaldo bipartidista (lo que restablecerá la confianza en el gobierno). Ello debe contribuir grandemente a superar la extraordinaria desconfianza instalada en el sistema (aunque quizás aún no la incertidumbre) y a destrabar el crédito interbancario (impidiendo, así, una recesión mayor).


A la luz del cambio estructural producido por la crisis financiera en los mercados norteamericanos y globales y del compromiso correctivo que se ha adoptado, es evidente que esta vez la economía ha recurrido a la política con desesperación pocas veces vista y el Estado ha respondido a las necesidades del mercado por una razón: el interés nacional de la potencia que es percibida como el baluarte del capitalismo requiere la urgente recuperación de la estabilidad del mercado de capitales. El presidente Sarkozy ya ha felicitado la medida y le ha dado su propio calificativo: el “patriotismo económico” está vigente.


Cuando, en este marco, la inestabilidad sea superada y las nuevas reglas de juego del mercado financiero estén en marcha, la economía seguirá su curso. Pero, por enésima vez en la historia del capitalismo, se habrá probado que la interacción entre Estado y mercado es una realidad cuyo equilibrio es cambiante. La ideología no debe apartarse mucho de esa evidencia si gobernantes y gobernados, productores y compradores e inversionistas y consumidores desean progresar con la estabilidad que otorga un tránsito menos abrupto entre ciclos económicos. Si ese olvido se produce de manera deliberada y, además, es transformado en política gubernamental, modelo económico y norma básica de gestión empresarial, un gran ciclo expansivo puede terminar con una gran catástrofe sistémica como la que el mundo ha arriesgado una vez más.


Lejos de proponer una impugnación del liberalismo, esta advertencia llama la atención sobre el rescate de una de sus más civilizadas manifestaciones: aquélla que otorga adecuada prioridad al bienestar del ciudadano en el ámbito del libre juego de la oferta y la demanda en lugar de conceder total discrecionalidad al agente económico en la definición y gestión de leyes y normas que deberán gobernar al conjunto social. En tiempos más difíciles, Franklin D. Roosevelt lo entendió bien hasta que Ronald Reagan y Margaret Thatcher (que tuvieron otros méritos) se ampararon en los economistas del pleno laissez faire para decidir olvidarlas mediante mandato de efecto global.


Si un nuevo tipo de gobernabilidad económica es esperable luego de que se supere el clímax destructivo de la semana última (que es culminación de un ciclo tan expansivo como extraordinariamente concentrador de la riqueza), es pertinente tener presente que aquella aspiración se basa hoy sólo en la expectativa de una nueva disposición del Ejecutivo norteamericano, no en la dinámica económica. La fragilidad del mercado sigue allí y la vulnerabilidad de los actores preponderantes no ha sido superada.


Al respecto es conveniente resaltar que hasta ahora esta esperanza sólo ha logrado balancear las expectativas negativas que emergieron devastadoramente la semana que termina. De allí que, entre las medidas consideradas se haya, en apariencia, suspendido la participación de los especuladores que invierten apostando a la caída de los valores que ellos mismos ayudan a colocar para luego hacerse con el saldo de una venta a un precio menor que ellos prefabricaron (éstas son las operaciones “short”).


Es de esperar que éstas y otras actividades especulativas sean mejor reguladas o excluidas por las nuevas reglas que emanaran de las disposiciones que se tomarán esta semana en Washington.


Mientras tanto, los mercados financieros respiran con alivio momentáneo (entre ellos, los latinoamericanos). Pero mientras lo hacen, los gobiernos responsables deberán dedicarse a promover con actores y organismos influyentes regímenes internacionales de garantía contra volatilidades tan extraordinarias como las actuales y normas de supervigilancia efectivas y reales.


Para ello deben tener en cuenta que, desde que la crisis asiática de la década de los 90 redujo considerablemente la credibilidad del FMI y de otros organismos multilaterales económicos, esas normas debieron implementarse. Si éstas entraron en vigencia, su irrelevancia ha sido extraordinaria. No es momento para repetir el plato.



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