• Alejandro Deustua

Hiperactivismo y la Brecha del Esfuerzo Anticrisis

A pesar de que el FMI anuncia para enero una revisión hacia abajo de sus ya disminuido pronóstico de la perfomance global, el compromiso del G-20 con el empleo todos los recursos para escapar a la recesión global, mantiene su curso hiperactivo. Éste, sin embargo, evidencia también signos de dispersión.


A la cabeza del hiperactivismo económico se mantiene Estados Unidos al punto de agotar ya algunos instrumentos reactivadores. Uno de éstos es la reducción de la tasa de referencia interbancaria que ha sido rebajada por el FED al minúsculo e inédito rango de 0-0.25% superando las expectativas. El impacto de la medida busca ser aún mayor en tanto que la rebaja se ha establecido por un largo tiempo (cualquiera que sea el significado de ese período) y va acompañada del compromiso de relajación cuantitativa de la política monetaria.


Ello implica que, a falta de sitio para mayor reducción del costo del dinero, el FED se orientará a la generación de liquidez mediante la compra de papeles (bonos del tesoro y deudas hipotecarias) y emisión de dinero.

Si ello implica superar lo ya inyectado en el mercado (es difícil referir una cifra aunque algunos la estiman en US$ 2 millones de millones), es evidente que ése se encontrará literalmente inundado de dólares si el esperado efecto en el consumo y la flexibilización del crédito se concreta. El posterior efecto inflacionario (que sería, en este caso, una muestra de éxito) llevará, a su vez, a un incremento considerable de las tasas. La posibilidad de que, entonces, se genere una nueva crisis deudora entre las economías que hubieran salido al mercado a captar financiamiento externo no sería escaso.


Pero al margen de estas consideraciones, el hecho es que la extraordinaria rebaja realizada por el FED, muestra una voluntad política de flexibilización monetaria de una magnitud tal que llega prácticamente al agotamiento de uno de sus instrumentos de mayor impacto. Y sin embargo, ello no satisface aún a los mercados financieros.


En efecto, sus agentes no sólo mantienen la rigidez del crédito sino que reaccionan negativamente en las plazas bursátiles. Probablemente ellos no se han percatado de que el compromiso de la autoridad monetaria norteamericana –y del G-20- no es está orientado a la mera gratificación psicológica (es decir, a la recuperación de la confianza) sino a asegurar supervivencia de la primera potencia económica como tal.


Este objetivo estratégico tampoco ha sido compartido, esta vez, por el Banco Central Europeo que tiene una actitud más conservadora frente al combate de la crisis. Esta reacción no desentona, sin embargo, con los términos generales del compromiso del G-20 que deja libertad de acción a cada economía siempre que se mantenga el objetivo común. Pero quizás sí reitera una innecesaria desincronización al respecto. Y también revela desacuerdos dentro de la Unión Europea.


En efecto, Alemania, la primera economía regional, ha confirmado un comportamiento bastante menos decidido a estimular la demanda interna que Francia y el Reino Unido, por ejemplo. Aunque esta divergencia está lejos de amenazar la unidad del bloque en la lucha contra la recesión, no sólo muestra la fuerte dimensión de la soberanía nacional que existe dentro de la UE sino una preocupante falta de cohesión bajo circunstancias extremas. Si ello se mantuviera, la respuesta de la UE a la crisis se debilitará alterando, quizás, la calidad de la unión económica del bloque.


De ocurrir esa eventualidad lejana, ésta reforzaría la función del nacionalismo económico no sólo en su realidad constructiva (el esfuerzo reactivador) sino en su dimensión distorsionadora (la parálisis de la Ronda Doha que espera por un nuevo esfuerzo en enero). Al hacerlo, estimularía las tendencias abiertamente fragmentadoras como las que proyectan, con creciente libertad de acción, gobiernos como los de Venezuela y Cuba, entre otros, en el ámbito latinoamericano.


Ello subraya la importancia de que el esfuerzo monetario y fiscal europeo sea más convergente con el norteamericano. Especialmente cuando éste se encuentra ad portas de incrementar el impulso fiscal indispensable no sólo para recuperar la economía nacional sino para aliviar la tensión potencial entre sus propios socios.


Ese esfuerzo (que algunos estiman en otros US$ 700 mil millones) será emprendido por la administración Obama a partir del 20 de enero próximo. Si éste logra ser acompañado por la Unión Europea, Asia y las economías emergentes, la recuperación en el 2010 será más creíble. Pero si la brecha entre los esfuerzos de las economías responsables de la debacle muestra una tendencia al incremento, la crisis y sus consecuencias podrían extenderse.


Contribuir a evitar ese escenario es un requerimiento global. Y por tanto, también latinoamericano. Es necesario que ello se entienda, ahora que varios de sus agentes más radicales promueven una aproximación sólo regionalista y aislada a la crisis con el argumento de que la región no es la causante de la misma y como si ésta no la padeciera ya con incremental intensidad.



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