• Alejandro Deustua

El Papa en Irak

La primera vista de un Papa a Irak tiene razones insondables que hurgan en el origen de tres religiones principales (el cristianismo, el islam y el judaísmo), intereses inmediatos (protección de la minoría cristiana y un nuevo escenario de estabilidad potencial en el Medio Oriente) y reiteraciones ideales (la coexistencia religiosa por la que trabajó el cura Bardoglio desde sus épocas argentinas).


Además de un arduo trabajo previo para asegurar, en lo posible, la vida de Francisco y su séquito, la visita ha requerido de mucho valor del visitante y también de los anfitriones que adquirieron una responsabilidad mayor frente al pueblo musulmán y al Occidente cristiano.


Si Israel había logrado visitas seguras en los casos de Paulo VI (1964), Juan Pablo II (2000) y Benedicto XVI (2009), las capacidades iraquíes para brindar protección a un personaje de tal significación ciertamente no son equivalentes. Con salvaguardar insuficientemente su territorio de amenazas convencionales, prevenir en lo posible el terrorismo islámico remanente y apagar las contiendas faccionales entre sunitas (que gobernaron con Hussein) y chiitas (la mayoría de hoy) ya tenía suficiente.


Pero la seguridad iraquí (probablemente con mucho componente occidental) cumplió y el Papa Francisco pudo explicar piadosamente en Ur, la tierra de Abraham, las razones histórica y las posibilidades de la convivencia religiosa; celebrar en Mosul (el apocalíptico cuartel general de ISIS) una ceremonia religiosa concurrida por cristianos sobrevivientes; y encontrarse, al sur de Bagdad, con el principal ayatola chiita Ali Al Sistani (que sabe cómo dirigir la violencia) para establecer un diálogo de respeto mutuo.


De ello el gobierno iraquí podrá obtener beneficios que agreguen estabilidad a la lograda por los acuerdos Abraham (declaraciones sobre cooperación y entendimiento entre Estados Unidos, Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahrain logrados por cuerdas separadas en el marco de aproximaciones para el establecimiento de relaciones diplomáticas) siempre que las elecciones de octubre próximo no reaviven la fricción interna.


Por lo demás, aún en el marco de la atenuación del conflicto interno y del avance institucional, en Irak (que es objeto de monitoreo por el Consejo de Seguridad de la ONU) la violación de derechos humanos, la ausencia de Estado de Derecho, los ataques de milicias armadas de misiles, drones y explosivos disponibles por terroristas suicidas y remanentes de ISIS son aún parte del ambiente cotidiano (Brookings).


Como lo es también la dependencia de la asistencia económica externa y para la construcción de instituciones suficientes para canalizarla (Idem).


De otro lado, el Vaticano habrá ganado legitimidad y apoyo efectivo para lograr mejor protección de la menguada minoría cristiana que lucha por su sobrevivencia como comunidad luego de que la invasión norteamericana de 2003 fuera pretexto para su exterminio por fuerzas iraquíes desbandadas. La reducción de la población cristiana cayó de 1.4 millones según el censo de 1987 a 200 mil ó 300 mil hoy (DW).


Por otro lado, la presencia vaticana en el área y la empatía que pudiera haberse logrado con el ayatola Al Sistani no es algo que se puede medir (mucho menos si no hubo acuerdos ni declaraciones conjuntas). El escenario de guerras religiosas en el área seguirá siendo poco escrutable. Éste podrá atenuarse permitiendo mayor estabilidad en el corto plazo. Pero en el mediano plazo la esperanza, tan vilipendiada por el realismo, seguirá siendo un factor de poder a evaluar cotidianamente en esa parte de la vieja Mesopotamia.



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