• Alejandro Deustua

El Optimismo de la OMC, la UNCTAD y la OECD

En un contexto de persistente incertidumbre económica generada, esta vez, por el temor al desborde de los problemas fiscales y financieros de algunos países de la Unión Europea y de las consecuencias recesivas del ajuste en esa unión económica, la OMC, la UNCTAD y la OECD acaban de emitir un reporte de optimismo moderado sobre la recuperación global. Este reporte, dirigido al G20, se sustenta en la constatación de la resistencia a la tentación proteccionista que se registra, con algunas excepciones, en las medidas anticíclicas que ha demandado la recesión global.


En base a ello (y sin hacer referencia al muevo rol del Estado que el conjunto de esas medidas económicas ha establecido), el reporte proyecta para este año un crecimiento del PBI y del comercio globales de 4.2% y 9.5%, respectivamente (mientras que las estimaciones de comportamiento de la inversión se manifiestan conservadoras pero considerablemente mejores en relación a la caída de -40% el año pasado).


Ese optimismo está calificado, además, por una innovación estructural. En efecto, los tres organismos reconocen que las economías en desarrollo emergentes serán la locomotora del crecimiento y, por tanto, consolidan la percepción del cambio sustantivo que la crisis ha generado en la distribución del poder económico en el sistema internacional. Sin embargo, si se comprueba que las economías emergentes no han desplazado aún a las del G7 (salvo por el caso de China) ese diagnóstico puede estar anticipando una tendencia aún no concretada al tiempo de incorporar un componente de “entusiasmo” (es de decir, de irracionalidad) al diagnóstico. Este factor tiene una explicación: el llamado a estos países a no cambiar el rumbo.


Sobre esta base el reporte sugiere que es momento de considerar el desmontaje de las medidas fiscales y monetarias expansivas en los países desarrollados. Al respecto recomienda que se proceda con prudencia para evitar el incremento de los riesgos remanentes de carácter contractivo en los países industrializados.


Al respecto, sin embargo, el reporte no oculta su razonable prioridad: mantener el sistema abierto y abatir las tendencias proteccionistas que lo acechan generadas, esta vez, menos por una recesión eventual que por el efecto laboral de las medidas de ajuste (es decir, por el desempleo que, declinando poco, se mantendrá en esos países en el orden del 9%).


Por ello, recomienda la conclusión de la Ronda Doha (lo que, por lo menos hasta la próxima reunión del G20 en Toronto a fines de mes, sigue siendo un ejercicio retórico) y olvida lo que otros organismos multilaterales avalan: el desarrollo del mercado interno.


En todo caso, la apreciación laboral del reporte y la recomendación implícita de encontrar una solución al desempleo sólo por la vía del comercio internacional parece optimista frente al lento decrecimiento del paro en Estados Unidos (que este año estará por encima del 9% promedio estimado por el reporte) y por los altos niveles que éste ha alcanzado en países europeos intensamente afectados por la crisis (como, en el caso de España, donde el desempleo alcanza el 20%).


De otro lado, aunque América Latina ha sido alcanzada incuestionablemente por la crisis (especialmente en el caso de las economías más ligadas al mercado norteamericano), la recuperación de buena parte de sus economías no debiera ser afectada por el riesgo mayor que el reporte de la OMC, la UNCTAD y la OECD reconocen en los países desarrollados (el proteccionismo generado por el desempleo).


En efecto, las economías del Pacífico latinoamericano (salvo Ecuador) han contratado un seguro antiproteccionista de carácter jurídico e institucional a través de la negociación de múltiples acuerdos de libre comercio.


Por lo demás, según un informe de la CEPAL y de la OIT, el empleo ha sufrido menos de lo esperado en la región. Mientras ambas instituciones esperaban que el impacto de la crisis se expresara en un nivel superior a -1% de desempleo adicional, éste sólo ha alcanzado -0.8%.


Ello se ha reflejado, en un moderado incremento del empleo informal en países como Perú, Colombia, Ecuador, México, Panamá (un aumento de 37.9% a 38.7%) y en una menor contribución al empleo formal urbano por las empresas (de 57.7% a 56.8%).


Además, si se tiene en cuenta que, según la CEPAL y la OIT, el sector más afectado en la región fue el secundario (especialmente la industria manufacturera y la construcción), el moderado declive laboral ya debe estar en proceso de superación a la luz de la recuperación observable en esos sectores. Ello ciertamente debe haber ocurrido en el Perú donde, en abril, los sectores construcción y manufacturero crecieron 21.9% y 16.35% según el Inei en relación al mismo mes del 2009.


Pero si el riesgo proteccionista impulsado por el desempleo es menor en los países latinoamericanos mencionados, el riesgo que presenta una desaceleración de la recuperación global parece bastante mayor. De allí, que si lo que preocupa a la OMC, la UNCTAD y la OECD es apurar prudentemente el desmontaje de los estímulos a la luz de las tendencias proteccionistas vinculadas al desempleo, el Ministerio de Economía tienen espacio para graduar mejor la reducción de las medidas antirecesivas.


En efecto, dado que el crecimiento de abril ha sido 9.26% y que la proyección del MEF para el año ha sido revisada hacia arriba (de 5.5% a 6%) es bueno preocuparse más bien por la presión inflacionaria pero sin sacrificar el crecimiento (especialmente el de la demanda interna que se requiere como instrumento de desarrollo y de protección frente a una eventual recaída global).


Ello en lo que toca al Perú. Y quizás también en lo que respecta a la comunidad internacional porque si el desmontaje es muy apresurado y el ajuste (especialmente en Europa) es excesivo, la nueva locomotora del crecimiento (los países en desarrollo emergentes) puede perder considerable energía.


Al respecto, el Perú tiene canales para hacer saber su posición en la próxima cumbre del G20 a realizarse a fines de junio en Canadá. Las medidas que eventualmente se adopten allí deben preservar la recuperación global sin olvidar la reforma del sistema financiero (la causa de la crisis sobre lo que los autores del reporte OMC, UNCTAD y OCDE no dicen nada) ni la importancia de los acuerdos de libre comercio para el intercambio de bienes equivalente o superior al de la ronda Doha (que, luego de tanto esfuerzo colectivo en época de vacas gordas no ha ganado en “popularidad” bajo las actuales circunstancias).


De esas preocupaciones no debe estar ausente medidas que favorezcan la inversión y el desarrollo de los mercados nacionales. Si ello ocurre, el optimismo global recibiría un estímulo adicional al que el reporte de la OMC, la UNCTAD y la OCDE registra.



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