• Alejandro Deustua

¿El Idealismo de la APEC Contrapesa al Realismo del G20?

Si la última cumbre del G20 (Seúl) protagonizó la confrontación entre intereses económicos divergentes y la necesidad plurilateral de cooperación para fundamentar la recuperación global, la cumbre de APEC (Yokohama) se presentó luego como un escenario comunitariamente ideal donde la convergencia de intereses y la generosidad cooperativa opacó todo disenso.


Esa polaridad de resultados muestra los extremos a que puede llegar la diplomacia de potencias económicas que, con un simple cambio de terno, participan en foros complementarios. Y también señala la complejidad y dualidad del mundo asiático: de un lado es capaz de exaltar la armonía como expresión de política normativa (la de la APEC) y del otro, no tiene problemas para materializar la confrontación práctica (la del G20 considerando sólo a sus miembros asiáticos y afines a la cuenca del Pacífico).


Tal contrapunto no se inquieta con un resultado de aparente frivolidad: en momentos de sistémica incertidumbre económica, la APEC ha cerrado su fiesta plurilateral con una nueva “visión” (1) que, sin sentimiento de culpa, carece de concreciones.


De esta ilusión emerge, sin embargo, un logro político (el respaldo a los planteamientos del G20 más ligados al interés norteamericano de lograr un crecimiento global rebalanceado) y un nuevo concepto de crecimiento (el “crecimiento de alta calidad”).


El primer logro ha sido precedido de un notorio esfuerzo del Presidente Obama orientado a intensificar los vínculos de su país con India, Indonesia, Corea del Sur y Japón. La gira correspondiente, que empezó con importantes acuerdos geopolíticos suscritos con la potencia dominante del Sur de Asia (India) y transitó por el arco de islas que van desde el Océano Índico hasta el Mar de la China, culminó con una agenda de integración liberal en la cuenca del Pacífico que contrapesa, en no escasa medida, los disensos del G20 y la influencia china.


Pero más allá de ello, si la APEC no ha logrado los primeros objetivos de Bogor (la integración de los países desarrollados de la cuenca del Pacífico en el 2010), ha reconfirmado su compromiso con los segundos objetivos Bogor (lograr la integración de todos los miembros en el 2020, el año en el que los países en desarrollo del área se incorporarían a la zona de libre comercio que los desarrollados deberían haber creado). Si ello se realizará idealmente mediante la concreción de principios y normas OMC plus abanderados por Occidente, la realidad de la yuxtaposición de modelos económicos que la crisis ha replanteado legitimando la experiencia económica de Oriente (el mayor rol del Estado en las economías asiáticas y en casi todos los afectados por la crisis) es disimulada con el lenguaje de la más plena economía de mercado.


Así los documentos de la APEC y la agenda consecuente serán un instrumento de política exterior que facilitará, bajo los laxos criterios de ese foro del Pacífico, la gestión del presidente Obama, la de los socios de Estados Unidos y la de los Estados asiáticos menos liberales. Los compromisos consecuentes se lograrían entre los países “like-minded” que se diferenciarían de los que no lo son sin agraviar a nadie en el proceso.


En función de esos instrumentos los 21 miembros de la APEC trabajarán sobre lo avanzado por los “13” (los cinco países desarrollados –Australia, Canadá, Japón, Nueva Zelanda y Estados Unidos- y los ochos países en desarrollo -Perú, Chile, México, China, Hong Kong, la República de Corea, Malasia, Singapur y China Taipei-) que ya se han embarcado en el cumplimiento de los objetivos Bogor para lograr el área de libre comercio del Asia-Pacífico.


Para progresar en la materia esos países se sustentarán en los acuerdos de integración existentes y en proceso de concreción: ASEAN+3 y ASEAN+6 (que agregan a la ASEAN a Japón, Corea del Sur y China en el primer caso y a India, Australia y Nueva Zelanda, en el segundo) además del acuerdo de Asociación Transpacífico (Chile, Nueva Zelanda, Singapur y Brunei a los que se agregarán Perú, Estados Unidos, Australia y Viet Nam luego de las negociaciones correspondientes).


Si este proceso concluye con éxito se constituirá la zona de libre comercio más grande del mundo impulsando los objetivos de la OMC desde una base regional. Esa base ya muestra algunos avances destacables: un crecimiento anual del comercio en el área de 7.1% anual desde 1994, un incremento de 300% del comercio intra- regional en ese período y una reducción del arancel promedio de 10.8% a 6.6% por debajo del promedio mundial.


Pero ese resultado no será una simple agregación de las perfomances nacionales. Su contribución al crecimiento global se realizará en tanto éste sea “fuerte, sostenible y balanceado” según los términos del G20 estimulando la demanda global (cuestión que concierne a todos pero a especialmente a China ) y rebalanceando el peso de los países superavitarios y deficitarios (para lo que, sin embargo, no se ha adoptado ninguna medida).


Este énfasis sería música celestial para los Estados Unidos y sus aliados asiáticos si no fuera porque, en apariencia, sus autoridades fueron sudorosos y ruidosos gestores del mismo. Pero si ése fue un éxito retórico-diplomático para sus gestores (lo que genera “esperanza”), la prueba de ese logro consistirá en realizarlo. Esa implementación será compleja si se tiene en cuenta que las mayores economías asiáticas seguirán siendo fundamentalmente exportadoras y, por tanto, emplearán más el mercado externo que el nacional para crecer. Siendo ésta es una condición estructural, a ello podrá contribuir, sin embargo, el crecimiento del comercio intra-regional en Asia que, según la estadística de la OMC ya bordea el 50%.


Pero más allá de ello, el segundo mayor logro de la cumbre APEC ha sido la alusión a un “crecimiento de alta calidad” que no ha sido destacado por casi nadie. Y ha debido serlo porque ese nuevo tipo de dinamismo calificado cuestiona el mero crecimiento cuantitativo como función del libre juego de la oferta y la demanda. Dada la heterogeneidad de economías y perfomances en la APEC esa función del liberalismo elemental ya no sería suficiente: además de balanceado, el crecimiento en el área deberá ser ahora incluyente, “holístico” e innovador.


Estas calificaciones añaden, en teoría, cambios sustantivos a las economías de la APEC: al incremento de la demanda local deberá agregarse la creación de empleo como medida del crecimiento (una crítica al crecimiento sin empleo que atestiguamos), su dimensión ecológica (que enfatiza la sustentabilidad, inclusión y otras variables intangibles probablemente ligadas a ciertas formas de diversidad) y su condición tecnológica (que debe incluir cooperación e incremento de la absorción necesarias). Estas especificidades no aparecen claramente definidas en la “visión de Yokohama” pero se dejan ver en tanto se asemejan a la variable del “empleo de calidad” que requiere ciertas condiciones de remuneración y generación de calidad de vida.


No estamos seguros que los “visionarios” de Yokohama se hayan propuesto lo que han comprometido (ni mucho menos que lo entiendan según lo hemos descrito). Pero la simple calificación del crecimiento agrega valor y una cierta dimensión de equidad al tipo de perfomance que se desea en la cuenca del Pacífico.


El esfuerzo de integración idealista que promueve la “visión de Yokohama” en la APEC podrá implementarse siempre que la recuperación de la crisis actual y las realidades de la contradicción de intereses en el G20 lo permitan. Y son éstas las que comandan la relación económica en el mundo y en el Pacífico.



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