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  • Alejandro Deustua

El Grupo de los 8 en San Petersburgo

19 de Julio de 2006



En un contexto de creciente inestabilidad regional (especialmente en Asia del Este y en Medio Oriente), incertidumbre económica dentro del crecimiento (nuevo incremento en los precios del petróleo) y de persistente estancamiento multilateral (la Ronda Doha) se ha realizado, en Rusia, una nueva Cumbre del Grupo de los 8.


Si sus resultados no pueden elogiarse en términos de generación efectiva de bienes públicos por un grupo informal responsable del mayor poder global (que en sus orígenes en 1975 sólo se pretendía económico), sí debe reconocerse que el consenso ha primado en él. Aunque funcionar a través de ese medio contractual sea la práctica esperada en el G8, ésta vez debe ser destacado porque la intensificación de condiciones de fragmentación global bien podrían haberlo eludido.


Por lo demás, debe recordarse que el G8 (una ampliación del G6 original al que se unió Canadá primero y Rusia después) ha matizado su condición oligárquica con la presencia cada vez más persistente de potencias emergentes. Reforzando la tendencia, Brasil, México, India, China y Sur África han participado en diálogos preliminares fundamentalmente económicos, ambientales y sociales de carácter global. Ello es bueno aunque no se traduzca aún en mejoramiento efectivo de la gobernabilidad internacional y tienda a oficializar una nueva jerarquía de poder internacional. Esa participación habría sido mejor requerida si la agenda inicial, dominada por los temas de seguridad energética, educación tecnológica y control de pandemias, no hubiera sido complicada por los problemas de seguridad que, de manera tan sistemática como irresponsable, siguen imponiendo potencias asiáticas al mundo. A pesar de las obvias diferencias de interés entre sus miembros (que probablemente ha obligado a redefinir los documentos finales), la respuesta del G8 a los asuntos de seguridad ha sido ostensiblemente homogénea. Así, la reciente resolución 1695 del Consejo de Seguridad que condena los lanzamientos misileros de Corea del Norte, ordena su suspensión, insta a la paralización de toda transferencia externa de componentes para esas armas, obliga a la paralización de los programas nucleares coreanos y estimula con firmeza las conversaciones diplomáticas (el Grupo de los 6), ha sido reafirmada. Sin embargo, no se ha anunciado al respecto ninguna disposición coactiva que no sea las de vigilancia y eventual replanteamiento del tema (Corea del Norte, hostilmente, ha impugnado la resolución de la ONU).


En relación a la nueva crisis palestino-israelí (cuya reiteración sistemática es un chantaje colectivo), el G8 ha replanteado la decisión general de llegar a una solución negociada del asunto de fondo (existencia de dos Estados democráticos, viables y seguros). Pero, en términos del específico enfrentamiento entre Israel, el Hizbullah, el Hamas, la Autoridad Palestina y el Líbano, el Grupo no ha condenado a nadie. Sin embargo, sí ha propuesto casi un programa de acción: devolución de los soldados israelíes secuestrados, cese del ataque misilero por el Hizbullah, fin de las operaciones militares israelíes y liberación de las autoridades palestinas retenidas por Israel.


Aunque se asuma que éste el orden operativo de las acciones planteadas, no se han sugerido indicadores temporales ni asignación de responsabilidades de implementación a ningún Estado u organización. Sin embargo, la luz de las diferencias existentes entre Estados Unidos, países europeos y Rusia en este punto, el consenso es aquí remarcable.


Igualmente interesante resulta el fortalecimiento de la posición conjunta frente a Irán: el G8 volverá a someter al Consejo de Seguridad la decisión iraní de no suspender este Estado sus desarrollos nucleares y de mantener alejada al organismo de la ONU encargado de la vigilancia nuclear (la OIEA). En materia económica, sin embargo, las decisiones del Grupo son menos estimulantes. Si bien se reconoce los buenos fundamentos del crecimiento global, no se han adoptado medidas concretas para resolver sus vulnerabilidades (especialmente los desequilibrios globales y los altos precios del petróleo). Y a pesar del impulso otorgado a la OMC para concluir con éxito la Ronda Doha este año, tampoco se han adoptado concesiones mutuas que achiquen la brecha en materia de recortes de subsidios y aranceles y acceso a los mercados (al respecto sólo se ha publicado una intención general). Rusia, de otro lado, no ha avanzado mucho en su intento de incorporación a la OMC.


Esta falta de decisión es especialmente visible en el acápite central de la seguridad energética. Sin embargo, aquí se ha adoptado una serie de principios de mercado para asegurar la oferta, su infraestructura, transporte y financiamiento. Pero siendo éstos nominales, están lejos de resolver los problemas del mercado (rol de los especuladores, de los Estados, de la Carta Energética Global). Y en lo que toca a los problemas del desarrollo, los compromisos con la educación tecnológica y del control de pandemias se han incluido en las conclusiones con menor intensidad que la preocupación sobre esos temas. Algo, sin embargo, queda claro. El África será el continente al que se prestará más atención al respecto.


Quizás en el futuro, una mayor preocupación latinoamericana sea necesaria para la adquisición de relevancia que Rusia, con la reunión de San Petesburgo, ha logrado.

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