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  • Alejandro Deustua

Desarmar Al Hizbullah y Al Hamas

17 de Julio de 2006



Cuando Ariel Sharon inició el “proceso de desenganche” de Gaza y de Cisjordania no se propuso, con el retiro unilateral, una solución unilateral al conflicto palestino-israelí. Del mismo modo, el fin de ese proceso iniciado por la retaliación sobre territorio palestino ordenada por el Primer Ministro Ehud Olmert tampoco sugiere la búsqueda de un arreglo unilateral por la vía de la fuerza. Y menos cuando el proceso ha implicado para Israel la reapertura de otro frente bélico con un Estado vecino: el Líbano.


En consecuencia, quienes piensan que la respuesta israelí sólo busca alterar las reglas de juego para crear un nuevo ambiente que conduzca a un nuevo escenario negociador están equivocados. En todo caso, a ese objetivo de largo plazo se llegará sólo cuando otro objetivo de similar complejidad sea logrado: la desaparición de la amenaza que presenta el grupo terrorista Hizbullah de la frontera libanesa-israelí y, el desarme de Hamas en Gaza. Mientras tanto, el corto plazo reina: las fuerzas israelíes procurarán tanto el retorno de los soldados secuestrados (la fuerza armada israelí no puede darse el lujo de mostrarse vulnerable en este punto una vez que lo han señalado) como la degradación de la capacidad militar del Hizbullah y del Hamas. Ello deberá fortalecer la responsabilidad plena del Líbano sobre su territorio (condición que le será exigida como condición ulterior de cese el fuego) y alguna seña de capacidad de gobierno por la Autoridad Palestina.


La complejidad implícita en este objetivo deriva del intento de poner fin a una constante en la relación de Israel con sus vecinos árabes y palestinos: cada proceso de paz o de distensión iniciado en el área ha sido revertido por la acción terrorista de algún agente fundamentalista singular o grupal.


Hoy éste es el rol que desempeñan el Hizbullah y el Hamas. Éstos han decidido acabar con el propósito de distensión del Kadima (el partido de Olmert) reinstándolo a la acción violenta propia del primer Sharon que actuó en el Líbano en los años 80. Con ello, el Hizbullah quisiera fortalecer su poder (y reposicionarse políticamente en el escenario del Medio Oriente), el Hamas desearía tornar irrelevante al Fatah (Abbas) y minimizar cualquier disposición negociadora de su líder Ismael Hamiya. Y ambos buscan reforzar el rol de sus mentores estatales (Siria e Irán) cuando éstos son cuestionados por diferentes despropósitos (p.e. la decisión iraní de adquirir completo control del ciclo nuclear).


En otras palabras, el Hizbullah está dispuesto a arriesgar una guerra regional con el propósito de relegitimizarse internamente (consiguiendo el apoyo de la población libanesa) y externamente (haciéndose necesario para negociar un cese del fuego contra el mandato colectivo que lo obliga a desarmarse –Res.1559 y 1680 del Consejo de Seguridad-) y postergar, mientras tanto, la decisión multilateral de apoyar la exclusión de Siria del escenario libanés (luego de su retirada, Siria está obligada a colaborar a trazar la frontera con el país que ocupó). El Hamas, con sus especificidades, no está en un camino distinto. Es verdad que, en el contexto de la provocación concreta (el secuestro de soldados y el bombardeo misilero), la respuesta israelí es desproporcionada. Pero si se considera el objetivo estratégico –que, en principio, coincide con el colectivo- de retirar al Hizbullah de su frontera, de inducir la cooperación externa al Líbano para que éste pueda desarmar (o expulsar) al grupo terrorista y de incapacitar a Hamas (para forzar la mano de Abbas, reemplazarlo u obligarlo a gobernar en lugar de agredir), la acción no tiene ese carácter.


Esta dicotomía plantea a la comunidad internacional un requerimiento complejo. En el corto plazo debe procurar, en un frente, neutralizar las causas inmediatas del conflicto (devolución del los soldados israelíes y obligar al Hizbullah a paralizar sus acciones) y forzar la contención de Israel (especialmente teniendo en cuenta la vulnerabilidad del gobierno del Primer Ministro libanés Fouad Siniora y el potencial de escalamiento regional del conflicto). Pero en el mediano plazo, la comunidad internacional debe contribuir al desarme del Hizbullah, ayudar a completar la reconstitución del Líbano como Estado (una vez “liberado” de la presencia inmediata siria) y a “normalizar”, en consecuencia la frontera, de Israel con el Líbano.


En el otro frente del conflicto (el de Gaza), la comunidad internacional está en la obligación de exigir a la Autoridad Palestina (Abbas y Hamiya) el desarme del Hamas cuya facción radical ha inducido la reversión del retiro israelí de Gaza. Como ello es tan importante como reclamar la liberación de las autoridades palestinas apresada por Israel, la controlada, pero eficiente, asistencia militar a esa impotente Autoridad será necesaria. Como siempre en esa zona del mundo, estos objetivos requerirán una combinación de negociaciones y de uso de la fuerza. Como las negociaciones no se pueden llevar a cabo formalmente con las organizaciones terroristas, éstas deberán conducirse directa o indirectamente con Siria e Irán. Para estimular a estos Estados a negociar se requerirá de presión colectiva (la ONU, la Unión Europea) y también de la primera potencia (para lo que se requiere su fortalecimiento en Irak, mayor exigencia sobre la autoridad mayoritariamente chiita y una mayor asociación con los suníes en ese país).


En tanto estos objetivos son indesligables, la reciente declaración del G8 o las sugerencias actuales de UE y del Secretario General de la ONU son insuficientes. En tanto éstas se refieren sólo a la primera parte del problema (interposición de buenos oficios y de fuerzas y cese del fuego para evitar el escalamiento), carecen del ingrediente fundamental: procurar activamente el desarme de Hizbullah y de Hamas.


Para ello se requerirá de una presencia conjunta de fuerzas norteamericanas, europeas y rusas en la zona (unas fuerzas de estabilización de la ONU sin mayor poder son una receta para la repetición del ciclo de violencia), un fuerte empeño en el fortalecimiento del Líbano y en el desarrollo palestino y una decisión concreta para la neutralización de la proyección siria e iraní sobre Líbano y Palestina.


Teniendo en cuenta la complejidad y arraigo del problema, ninguna solución al margen de negociaciones bajo los términos de una fuerza superior y de degradación de fuerzas inferiores pero permanentemente hostiles tendrá posibilidad de sobrevivencia. Y mucho menos si se deja escapar la oportunidad para limpiar de organizaciones terroristas el domino de ciertos Estados en el Medio Oriente.


Cualquier negociación de largo plazo palestino-israelí o prevención de un conflicto regional estimulado por fuerzas no convencionales depende de esa complicadísima condición. América Latina, que sufre el terrorismo y debe prevenir su expansión, debe contribuir a ello.

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