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  • Alejandro Deustua

Complejidades del Crecimiento Global

23 de setiembre de 2005



En su último Infome sobre el Comercio y el Desarrollo (1) la UNCTAD destaca un lugar común (la desaceleración del crecimiento global debido a la menor perfomance “temporal” de la economía norteamericana y a la completa falta de respuesta de las economías europea y japonesa), una novedad ausente de sorpresa (la calificación de Asia como nuevo “polo” del crecimiento global) y dos problemas que pueden complicar aún más la pérdida de ritmo de la economía mundial (los altos precios del petróleo y los desequilibrios de balanza corriente globales). Aunque la reconfiguración del comercio mundial mediante la repotenciación del comercio sur-sur y la triangulación de los intercambios interregionales aparecen innovadoramente destacados en el Panorma General que presenta esa organización, nos referiremos en primer lugar a los dos desafíos que amenazan el crecimiento señalados por la UNCTAD. Sobre ellos diremos que el diagnóstico es parcial (en el caso de los precios del petróleo) e insuficiente (en el caso de los desequilibrios globales). En el primer caso, la UNCTAD observa que, si bien el incremento de los precios petroleros constituyen un factor limitante de la perfomance, lo es menos para los países desarrollados que para los países en desarrollo importadores netos del crudo. Al respecto se sostiene, casi con redundancia, que los importadores industrializados son menos dependientes de los requerimientos petroleros en tanto que, en ellos, el sector servicios predomina sobre el industrial, la mayor productividad reclama menos combustible por unidad y las nuevas teconologías ayudan a disminuir el consumo relativo. A ello debe añadirse el tradicional argumento de que el incremento de los precios reales no es aún equivalente a la crisis de los 70. Esta argumentación se complementa con el señalamiento de que los precios se han incrementado esencialmente por un aumento sustancial de la demanda –fuertemente estimulado por economías emergentes como China e India- antes que por un deterioro de la oferta. El shock derivado del extraordinario aumento de precios sería entonces consecuente con el crecimiento y no disfuncial al mismo como sería el caso de un eventual shock de oferta. Por ello, el mayor consumo a precios más altos no se refleja en inflación que deba ser fuertemente castigada por políticas monetarias restrictivas y altas tasas de interés. Todo ello es verdad. Pero falta añadir que ese diagnóstico no incluye el rol de los mercados especulativos en la construcción del precio (según versiones de los importadores japoneses, éste podría ser responsable por lo menos de 15% del incremento, mientras que el Secretario General de la OPEP implica que ese componente es mayor ), la escasísima capacidad ociosa de la industria extractiva (que no da margen para mayor bombeo), la ausencia relativa de inversión en exploración ni el pleno empleo de la industria de refinación (que la hace fuertemente vulnerable a externalidades como los desastres naturales). Este último factor está jugando hoy un rol principalísmo en la formación del precio de los combustibles a la luz de los daños sufridos por la industria en el Golfo de México cuya dimensión de corto plazo se refleja en el nuevo piso que han consolidado los precios para el largo plazo. Este efecto se verá más adelante cuando, entre otras razones, la disminución de los stocks (las reservas norteamericanas y de los países de la AIE), los límites de las propuestas extractivas de la OPEP y el incremento estacional de la demanda vuelvan a estimular los precios. Este conjunto de razones avalan la opinión de que las economías industriailizadas, siendo menos sensibles que las de los países en desarrollo al incremento de los precios del petróleo, ciertamente han incrementado su vulnerabilidad a los mismos en el corto y largo plazo. Y al hacerlo, han multiplicado el grado de exposición “natural” de las economías de los países en desarrollo que son importadores netos. Y si entre éstos se encuentran la China (que ha duplicado su vulnerabilidad) o India (y hasta Brasil, cuya exposición ha aumentado 40% según UNCTAD), entre otros contribuyentes al crecimiento global, pues se infiere que la sensibilidad de estas economías ha incrementado también su nivel de riesgo. Este problema debe ser atajado El segundo desafío al sostenimiento del crecimiento económico mundial señalado por la UNCTAD es el desequilibrio derivado de los fuertes déficits norteamericanos (que, entre el fiscal y el de cuenta corriente, comprometen alrededor del 10% del PBI de la superpotencia) y los excedentes comerciales de la Unión Europea, Japón, China y otros países asiáticos. Si a pesar de su extraordinaria dimensión estas brechas se compensaran (es decir, si los déficits fueran equivalentes a los excedentes), el problema de desbalance, que se traduce en crecimiento fuertemente asimétrico, sería relativamente menor a pesar de que siguen creciendo intensamente. Pero ocurre que, según la UNCTAD, el déficit norteamericano representa sólo dos terceras partes de los excedentes. Ello implica que hay un tercio de esos excedentes que están siendo empleados para fines que no se encuentran en el ámbito de la economía real. Es decir, es probable que ese margen refleje inversión financiera que, como en el caso de China, se orienta a la compra de bonos del Tesoro norteamericano para mantener la competitividad de su moneda frente al dólar. A pesar de que el superávit chino se estima en un tercio de los excedentes asiáticos (US$ 193 mil millones vs los US$ 268 mil millones de Alemania y Japón), es evidente que la balanza de cuenta coriente global queda fuertemente comprometida por los intereses financieros de quienes emplean la brecha para compar bonos. Así, si ellos intentaran redimirlos (por ejemplo, comprando petróleo, como se ha sugerido últimamente), la economía mundial sufriría enormemente. Por lo tanto, la recomendación de la UNCTAD para coordinar políticas económicas con el propósito de corregir los desequilibrios de balanza de cuenta corriente resulta claramente insuficiente frente a sus implicancias financieras. Esa coordinación ciertamente requiere manejar tipos de cambio (es decir, corregir los desequilibrios entre un dólar muy barato pero dominante, un euro muy fuerte y un yuang subvaluado) y tasas de interés (extremadamente altas en la zona del euro) para no herir la perfomance global ni la asiática, como propone UNCTAD. Pero también reclama la regulación del mercado de capitales para prevenir crisis redefiniendo el proceso desregulador de las últimas dos décadas. Especialmente si la interacción de los mercados de papeles (bonos) con los mercados de especulación monetaria puede cambiar la suerte de una economía dependiendo cada vez más de las expectativas de anónimos actores. Pero aun ello no será suficiente para los países en desarrollo si la nueva dependencia de exportaciones de materias primas originadas en el incremento de la demada de estos productos no deviene en una mejor distribución de los nuevos ingresos hacia inversiones diversificadoras. Más aún cuando la vieja estructura “norte-sur” (que define la exportación de materias primas por los países en desarrollo y la importación de manufacturas desde los desarrollados) mantiene aún su vigencia a pesar de la aparición de un doble fenómeno intermediador: de un lado el rol que desempeña China en la compra de productos básicos y la colocación de manufacturas baratas; y del otro la triangulación comercial, especialmente en el Asia, que supone la compra de insumos en un país, el ensamblaje en otro y la venta a un tercero (que generalmente es un país desarrollado). Aunque en el corto plazo esta división del trabajo genera divisas para países en desarrollo como los latinoamericanos, en el largo plazo es altamente inconveniente para ellos porque impide la modernización, erosiona los precios de las manufacturas e inhibe la acumulación de capital y la creación de empleo. La UNCTAD debería ocuparse también de este problema sustantivo.

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