Brasil y la Extrema Derecha

6 de octubre de 2026
Contra el pronóstico de las encuestas Flavio Bolsonaro ha ganado la primera vuelta de la contienda presidencial brasileña y podría consolidar el triunfo el próximo 25 de octubre. La dimensión de la victoria es mayor que el pequeño margen estadístico que la registra (47% vs 45%) en tanto los derrotados son el líder y el partido de mayor abolengo de la izquierda suramericana (Lula y el PT).
El triunfo de Bolsonaro, cuyo mayor mérito político es su apellido, no sólo es el de la derecha más extrema del Brasil (que ciertamente no es liberal). También lo es el de una tendencia radical que no sólo gobierna en la primera potencia (MAGA) sino que emerge con fuerza en Europa (Francia y Alemania) retroalimentando una propensión occidental al abandono del centro político y de la derecha tradicional.
Es más, derruida la última dictadura de izquierda en Suramérica (Venezuela) hoy no es improbable que, si el triunfo de Bolsonaro se ratifica, Suramérica ingrese a un ciclo cancelatorio del “progresismo” cuyos únicos remanentes serían hoy los gobiernos de Uruguay, Surinam y Guyana.
Ello se confirmaría si Lula no logra activar el voto del abstencionismo brasileño (20%) y de los pequeños partidos derrotados (que, con 8% del total, representan en general a la derecha más razonable).
Las probabilidades de que Lula tenga éxito no dominan el panorama. Y menos ahora que los mercados han reaccionado favorablemente al triunfo bolsonarista.
Si su derrota se confirma cabría preguntar si Suramérica está ingresando en una nueva etapa semejante a la del consenso de Washington aunque esta vez de carácter populista y enemiga de la social-democracia. O si se trata de una convergencia en torno a un pragmatismo que se define, al margen de ideologías, por el rechazo de los oficialismos y de gobiernos ineficientes (como sugiere Latinobarómetro). O si estamos más bien frente a dinámicas de polarización interna que logran que la representación de uno de los polos triunfe por escasísimo margen apegado a factores irracionales (Colombia, Perú).
Al respecto se puede adelantar que el consenso político en la región no parece tener sustento interpartidario ni da cuenta de una súbita gran cohesión regional. Cerrado el ciclo del consenso de Washington y fracasada la propuesta del socialismo del siglo XXI, los acuerdos más saltantes parecen están signados por requerimientos funcionales más concretos de seguridad (la lucha contra el crimen organizado cuyo baluarte es el Escudo de las Américas) y de acceso ciudadano a oportunidades. La influencia ideológica sobre esos requerimientos sigue siendo importante pero no determinante.
Salvo que se consideren otros factores como el rol de la hegemonía hemisférica, el del primitivismo político, el de las vigencia abrumadora desigualdades y hasta el de las creencias religiosas (como es el caso de los evangélicos en el Brasil).
En ese marco se puede proponer que la convergencia de la derecha en el área tiene un patrocinador externo. Sin embargo, siendo real el esfuerzo del gobierno del presidente Trump en la promoción de candidatos afines a su propósito de dominio hemisférico, éste parece insuficiente para concretar una gran convergencia ideológica que escape a propuestas funcionales (p.e. el “Escudo de las Américas”).
Pero en el caso específico de Bolsonaro (y de Colombia), esa afinidad con el hegemón sí existe. Y se ha expresado de diversas maneras: desde la notoria proximidad entre el ex -presidente Jair Bolsonaro y Trump en el cuestionamiento de elecciones perdidas hasta la vergonzosa gestión de Eduardo Bolsonaro -otro hijo de Jair-, solicitando en Washington la imposición de aranceles punitivos contra su propio país pasando por la apología de la violencia basada en la tenencia de armas.
Por lo demás, no existe hoy en Suramérica líderes regionales o nacionales capaces de encabezar tal movimiento convergente. Habiendo triunfado en sus países, los políticos suramericanos de derecha se debaten más bien en escenarios nacionales fragmentados que complican la unidad de ese sector político (en Argentina el libertario- anarcocapitalista Milei difiere del liberal Macri; en el Perú el humanismo social-cristiano no converge sustancialmente con el pragmatismo de Fujimori; en Chile la ex -candidata Mathei de la UDI, el libertario Kaiser y el presidente Kast mantienen diferencias concretas; en Bolivia la relación entre el presidente demócrata-cristiano Rodrigo Paz y el neo-liberal Jorge Quiroga no es la mejor; y en Colombia el trumpista presidente de la Espriella y el conservador ex -presidente Uribe contienden por el dominio político interno en el marco de una convergencia en asuntos de seguridad).
En este escenario la tensión interna y la escasa credibilidad de las dirigencias domina a los gobiernos y promueve la opción por “un gobierno que (apenas) cumpla” como sostiene Latinobarómetro. Ello contribuye a explicar el distanciamiento ciudadano con la democracia permitiendo que candidatos corruptos, meramente pragmáticos o populistas accedan con mayor facilidad al poder.
A esa actitud se suma, en Brasil, el rol de los movimientos religiosos como sustitutos parciales de los movimientos ideológicos (los numerosos grupos evangélicos de creciente influencia). La mitología encuentra aquí un rol (p.e. la manipulación de diferentes santidades).
Por lo demás, si las diferencias regionales en Brasil otorgaban un sustento económico al elector (el noreste apoyando a Lula y el sur a Bolsonaro), hoy la migración hacia la ciudad urbaniza el voto restando apoyo a la base territorial del candidato del PT. A esa merma el bolsonarismo suma el apoyo de la gran empresa agroexportadora derivado de sus beneficios en el campo.
De cualquier manera, el bolsonarismo ya se ha constituido en la primera fuera política en las cámaras de senadores y diputados en Brasil. Y ha logrado el poder en principales estados federales. A fines de mes sabremos si ocupa el gobierno y si, en consecuencia, intentará una iniciativa de convergencia hegemónica de extrema derecha en la región (p.e. patrocinando la ampliación del “Escudo de las Américas”) o si los gobierno razonables de derecha mantienen su autonomía y sus opciones de inserción externa.




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