• Alejandro Deustua

Brasil: Status de Potencia Emergente

El dinamismo de las "potencias emergentes" en el sistema internacional se manifiesta, en parte, por el reconocimiento de su status. Para ello no basta incorporarse a ciertos foros principales (como China a la OMC sin ser una economía de mercado o Rusia al G8 ). La adjudicación expresa de esa condición (el caso de India y su legitimación como potencia nuclear) es también necesaria. Brasil ha confirmado, recientemente, su pertenencia a esa categoría mediante la relación estratégica establecida con Estados Unidos en materia de seguridad energética y, ahora, a través del reconocimiento que la hecho la Unión Europea en una reunión cumbre excepcional.


En ella, la Comisaria de Relaciones Exteriores de la UE ha definido al Brasil como potencia política y comercial, locomotora del crecimiento regional, pilar de la estabilidad suramericana y campeón de los países en desarrollo en la ONU al proponer al Presidente Lula el inicio de negociaciones de una asociación estratégica. Aunque la Cancillería brasileña quizás hubiera preferido una definición menos ostentosa de la capacidad de su Estado, esperamos que el Presidente Lula haya recibido el mensaje: Occidente no sólo constata la existencia de una potencia suramericana sino que desea que ésta ejerza su rol.


Ese mensaje ha sido subrayado por un par de innovaciones: la Unión Europea ha destacado singularmente a un miembro de un bloque (el MERCOSUR) cuando su política en relación a él implica el trato con el conjunto de esa agrupación. Y el Brasil, a su vez, parece haber quebrado el tabú multilateralista en que hasta ahora había matizado su natural proyección global asentada en la identidad suramericana.


De lo primero debe tomar nota el Perú para el caso en que la negociación de una asociación política que incluya un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea se entorpezca por la disposición autárquica de algún vecino. Lo segundo, en cambio, es una señal de que el bilateralismo es considerado ahora un camino franco por los más celosos guardianes de los fueros colectivos a la luz de las extraordinarias complicaciones de las negociaciones económica multilaterales (la Ronda Doha).


Al respecto, sin embargo, tanto el presidente Lula como los voceros de la Unión Europea han destacado que la relación bilateral que desarrollarán a través del diálogo sectorial (desafíos globales, medio ambiente, biocombustibles, investigación y desarrollo, entre otros) debe servir para destrabar la Ronda Doha y la negociación UE-Mercosur mediante concesiones mutuas. Seguro que es así.


Sin embargo, quizás el trato bilateral que promueve el status del Brasil reporta también el requerimiento de que ese Estado pueda contribuir mejor a organizar la convergencia suramericana hoy seriamente enrarecida por la interferencia venezolana. Éste ya no registra hoy sólo confrontación retórica con Estados Unidos o desafío al orden geopolítico suramericano. Su implicancia estratégica llega ahora al establecimiento de vínculos operativos con Estados que desafían la seguridad de la Unión Europea (Irán) o a entorpecer el desarrollo de la seguridad energética a través de vías alternativas como los biocombustibles.


En ese marco, y luego de agraviar al Congreso brasileño, es que el presidente venezolano ha dado un ultimátum al Brasil para la aprobación del tratado que formaliza su incorporación al MERCOSUR. Las autoridades brasileñas han respondido con sarcasmo pero sin eficacia. Ahora la fortalecida potencia regional tiene la oportunidad de ejercer la responsabilidad de su status: o Venezuela se adecúa o se aisla. De Brasil depende.



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