• Alejandro Deustua

Brasil: El Viejo Orden

De la inmensa corrupción del PT, del fracaso de los grandes partidos y del hartazgo ciudadano emergió triunfante Jair Bolsonaro quien ha tomando posesión de la presidencia de su país con una popularidad superior a los votos logrados. Los variopintos apoyos aseguran un mandato para iniciar el rescate del Brasil de su peor “crisis moral y ética”. Pero su culminación conservadora es otra historia.


La tarea será intensamente nacionalista, teológica (la patria y Dios son los valores primordiales) y de libre mercado definido como interés nacional en un país de intensa intervención estatal.


El poder duro del nacionalismo será sostenido por la Fuerza Armada que, definiéndose como apolítica e institucional, ha producido no obstante al ex –Capitán y acunado al 22% del gabinete. Su rol se dejará sentir en la defensa vecinal (quizás con atención especial a la frontera venezolana), en la proyección de poder (incremento de capacidades), el apoyo a una Policía con mayor discrecionalidad en el uso de la fuerza (68 mil homicidios el año pasado) y una nueva valoración social del poder militar.


La Iglesia Católica debiera ser mentora de un gobierno confesional como el que presenta Bolsonaro. Pero ésta representa un descendente 65% de la feligresía en pugna con las más conservadoras y ascendentes iglesias evangélicas (alrededor de 23% de la ciudanía y gran poder económico).


Bolsonaro ha salido del paso refiriéndose a la tradición judeo-cristiana, que será pilar central de la restauración, definiendo sólo al marxismo como la ideología que debe extirparse de los sectores institucionales y educativos.


De esa tendencia macartista, debiera excluirse la tarea anticorrupción encomendada al reconocido ex-juez Sergio Moro que puede poder avanzar ecuménicamente. Pero éste puede quedar políticamente complicado en tanto el 45% de los ciudadanos que votaron por el PT no será incluido en el gran “pacto nacional” que propone el presidente.


Es este marco que se plantean las reformas económicas que han incrementado las expectativas de empresariales. Pero si la reforma laboral y previsional son indispensables para una potencia que crece 1.4% (con proyección ascendente) con una deuda pública de 78% del PBI y un atenuado pero considerable déficit fiscal, su viabilidad es proporcional a la tolerancia social. Con el PT en las calles y un desempleo de 11.5% la sensibilidad a la reforma será mayor. ¿Podrá el Sr Guedes, cuya formación en Chicago le hizo decir que el MERCOSUR no será una prioridad porque tiene un indisciplinado origen ideológico, conducir la reforma con un grado de pragmatismo?.


De esas dudas no escapa el nuevo Canciller Ernesto Araujo, militante conservador y cristiano, que ha planteado el antiglobalismo como sustento nacionalista, el cuestionamiento multilateral como fundamento bilateralista, y una reaproximación a Estados Unidos que sería sensata si no fuera porque se funda en la convergencia personal con el Sr. Trump.


La región se podría beneficiar de una renovación panamericana siempre que éste se sustentara en su dimensión democrática y de progreso antes que en un imposible alineamiento conservador muy poco realista.


Bloqueado por el ALBA las posibilidades de ese intento debieran medirse por el desafuero de dictadores como Maduro y la neutralización del juego de poder sino-ruso en ese núcleo, la mayor cooperación con Europa (donde Bolsonaro es visto como otro ultraderechista emergente), una mejor disposición multilateral (en lugar del abandono de regímenes útiles pero debilitados) y de mayor integración regional (que requiere de planificación pragmática antes que mero laissez faire).


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